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Brillantes partes de un todo

Sobre Interestatal, de Stephen Dixon

Domingo 28 de agosto de 2016
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PARA LA NACION
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Algunos años atrás, una película española llamada El fulgor mostraba el proceso de cristalización de una canción; es decir, el modo en que iba creciendo y tomando forma, a la manera de una pieza de arcilla que de a poco iba encontrándose con aquello que en el fondo siempre había sido. El director no perdía el tiempo; no había trastienda, ni convertía a sus actores en personajes, no había pasado ni contexto: era apenas la canción desnuda, infinidad de veces, tomando al espectador como testigo de esa construcción que acaso se mostrara siempre imperfecta. Una premisa similar articula Interestatal, esta desmesurada novela de Stephen Dixon (Nueva York, 1936) -un descubrimiento reciente para el lector argentino-, sólo que las imperfecciones aquí provienen de la realidad, de eso que es apenas una versión posible de las cosas. En lugar de construir, Dixon deconstruye, como si se preguntara incansablemente, de la mano de su protagonista, cómo fue posible que algo así de ridículo y trágico sucediera.

El núcleo de la novela gira alrededor de un episodio que representa la suma de todos los miedos: la muerte de un hijo. Una hija, en este caso, una de las dos pequeñas hijas de un tal Nathan Frey, quien las lleva tranquilamente a casa luego de un fin de semana en Nueva York en casa de sus suegros, visita que su esposa ha decidido prorrogar en solitario. Frey maneja por la autopista sin tropiezos, hasta que un auto se le pone a la par. Dentro de él hay dos hombres que gesticulan confusamente, luego ríen a carcajadas, hasta que uno de ellos saca un arma y le apunta. Frey enloquece, hace lo posible por perderlos, frena; cuando cree que ya son parte del pasado, descubre que la menor de sus hijas, en el asiento de atrás, recibió uno de los disparos y ya no respira. En adelante, desde una distancia engañosa, la novela recorre el resto de la vida de Frey, su ruina, las huellas de un hecho del que no logra escapar ni un solo día.

Pero ése es el primero de los relatos: la maravilla de esta novela, la apuesta extrema de ese poeta sin artificio que es Dixon, consiste en cómo los siete relatos siguientes, que en esencia narran una y otra vez la escena del asesinato de Julie, se introducen en los pliegues de esa historia, cómo la versionan pero también cómo le dan sentido o vida a esa familia que, al comienzo, sólo es otra familia más, norteamericana, víctima de toda la carga de lugares comunes con que cada manifestación de su cultura nos ha abrumado. Si hay una verdad concreta en literatura, es aquella idea de que -como describía Hemingway- un arquetipo puede funcionar como lugar de partida, pero jamás de llegada. De eso se trata: pasan las páginas, y esa familia, con toda su imprescindible trivialidad, está lejos de convertirse en un cuerpo extraño, y sin embargo se vuelve única. La acumulación de conversaciones entre Frey y sus hijas se traduce en una materialidad que resulta cada vez más real, más singular, y por lo tanto más dolorosa.

No es posible mencionar determinados procedimientos, ni asimismo ciertas derivaciones del argumento, sin revelar demasiado, pero hay que decir que ese universo en el que Frey y sus hijas se entreveran en la catástrofe, ese episodio medular, es la plataforma para innumerables especulaciones, para que la verdad se muestre y se esconda constantemente. Para ello Dixon utiliza una multiplicidad de recursos que en buena medida habían aparecido en los dos volúmenes de cuentos que se tradujeron aquí con anterioridad -y que en lo primordial derivan de la subjetividad y de las ambigüedades de la percepción-, pero que en este texto de 1995, de casi quinientas páginas, se combinan magistralmente, produciendo un efecto de saturación que, con todo, también contiene el peligro del hartazgo. Aun así, la secuencia de treinta páginas en la que Frey -por mencionar una de las más notables- toma valor para darle la noticia a su mujer e imagina una y mil veces cómo será ese llamado es en sí misma una pequeña obra maestra, y ejemplifica aquello que Malcolm Lowry sostuvo con vehemencia ante su editor cuando éste intentó podar unas cuantas líneas de Bajo el volcán: la obra funciona como un todo. En este caso, la pesadilla de Frey es igual a la suma de sus partes. Y ni una frase menos.

INTERESTATAL

Por Stephen Dixon

Eterna Cadencia. Trad.: Ariel Dilon. 478 páginas, $ 350

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