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Centro Cultural Recoleta: recuerdos del futuro

Nueva programación. Hasta noviembre se puede apreciar la variedad de muestras del CCR: homenajes, archivos compartidos, intimidad, ciencia ficción y sensuales fantasías animadas

En primer plano, dos esculturas mitológicas de Renata Schussheim en Sala Cronopios
En primer plano, dos esculturas mitológicas de Renata Schussheim en Sala Cronopios. Foto: LA NACION / Leo Vaca/AFV
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LA NACION
Domingo 28 de agosto de 2016
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Tres tiempos conviven en la nueva programación de artes visuales presentada por el Centro Cultural Recoleta: pasado, presente y futuro. Hay continuidades, bucles, pasajes de uno a otro, además de homenajes y clausuras de poéticas personales, colectivas e institucionales.

CRONOPIOS

Formas e historia del Centro Cultural Recoleta, la gran muestra por partida triple en la Sala Cronopios y las J y C, fue curada por Rafael Cippolini. Las exposiciones laterales, con material de archivo audiovisual, gráfico y documental, rinden homenaje al CCR y al Espacio Historieta. La central está integrada por 80 obras de artistas que expusieron allí desde 1983.

"Todos son parte de la historia del Centro, y la mayoría de las obras que se exhiben pasaron por sus salas; incluso muchas de ellas se mostraron por primera vez allí", dice Cippolini, para quien la clave del CCR fue la mezcla de estilos a lo largo de las décadas. "La única salvedad quizá sea que, a partir del segundo lustro de los años noventa, exponer en el CCR resultó prestigioso, y eso atrajo a muchos artistas que no habían expuesto antes en la institución, lo cual acentuó aún más la disparidad", agrega.

Curador invitado por la gestión de Jimena Soria, Cippolini destaca que el Recoleta fue una suerte de escuela para espectadores de arte: "Lo inconciliable se manifestaba simultáneamente, mes a mes; nada más había que recorrer sus salas para constatarlo". Para él y para otros que fueron jóvenes en los años 90, el CCR siempre fue "una suerte de sismógrafo, un indicador inexcusable, puro presente".

En Cronopios se agrupan obras heterogéneas: están las de Marcia Schvartz, Liliana Porter y Federico Klemm, una pintura monocromática de Juan José Cambre y otras de Alfredo Prior; varios collages calendarios de Nora Iniesta se cruzan con fotos de Nora Lezano, y esculturas de Pablo Suárez (como la audaz El pibe Bazooka) conviven con el díptico de sillas de Luis Benedit y León Ferrari.

Las dos muestras contiguas exhiben entrevistas filmadas a artistas, ex directores y trabajadores de los equipos de las distintas gestiones (ocho desde 1983), una línea de tiempo, videos musicales, afiches y vitrinas con producciones gráficas. Es deseable que la capacidad de producir catálogos y afiches del CCR no se pierda en aras de la no tan revolucionaria revolución digital. Los catálogos construyen identidad y memoria cultural.

Vista del escenario de Stellarator, de Mariano Giraud, antes de que comience la función de realidad virtual
Vista del escenario de Stellarator, de Mariano Giraud, antes de que comience la función de realidad virtual. Foto: LA NACION / Leo Vaca/AFV

SIN PICAPORTE

Las nuevas líneas de programación del CCR son explícitas: aumentar los espacios de promoción de artistas jóvenes, sumar disciplinas e impulsar una mayor apertura en la definición de contenidos, con curadores invitados rotativos. Sin picaporte, el conjunto de muestras curadas por Laura Spivak, se acerca de manera ideal a esas premisas.

"Sin picaporte refiere a la idea de puertas abiertas, de invitación a entrar sin golpear ni pedir permiso", dice Spivak, que convocó a artistas de edad intermedia, provenientes de artes visuales y escénicas: Gabriel Baggio, Daniel Basso, Mariano Giraud, Luciana Lamothe, Gonzalo Córdova, Fernando Rubio, Juliana Iriart y Matías Umpierrez, que participa con una serie de videoinstalaciones cuya huella se puede rastrear en www.proyectoconstrucciones.com.

"Nos interesaba conformar un grupo de artistas ecléctico, que trabajaran diferentes formatos, que presentaran universos disímiles y que involucraran al público a través de diversos mecanismos", cuenta Spivak. Varias propuestas lo consiguen. En especial las de Giraud, Basso y Baggio.

Stellarator, de Giraud, propone una obra-viaje de realidad virtual. En la sala no hay picaporte, aunque sí un organizador de fila que dispone el paso de una persona por vez. Desde el umbral, el espacio parece un escenario incongruente de carpas y banderas con insignias. Una vez abierto el paso, el espectador es guiado por una joven vestida como la princesa Leia de Star Wars. Al sentarse en un sillón, equipado con un casco visor, el visitante asiste a una transformación increíble. Giraud narra una historia interestelar en la cual las carpas se han convertido en bases espaciales y naves abandonadas entre íconos del arte occidental; las banderas se ven ahora quemadas. Giraud, que apoya su proyecto en presupuestos científicos (algo muy de moda hoy), crea una obra de ciencia ficción poética.

"Elijo los materiales en función del concepto blando, soft -cuenta Basso, creador de Tour blando-. Decidí anular las ventanas de la sala y poner en su lugar esculturas que le den continuidad." Alfombras, módulos curvos y tapizados, una escultura incorpórea y monturas acolchonadas de cuero, mármol y madera configuran un itinerario de cabaret, de confort inquietante y sensualidad, en el que las superficies amortiguan el sonido y expanden las potencias de lo táctil.

La instalación de Gabriel Baggio en la sala vecina al Patio de los Naranjos
La instalación de Gabriel Baggio en la sala vecina al Patio de los Naranjos. Foto: LA NACION / Leo Vaca/AFV

Con La mano inteligente, Baggio lleva su poética doméstica y artesanal a un plano espacial. Ocupa la sala con una instalación que incluye vitrinas repletas de herramientas, libros y tejidos; un juego de sillones con mesita ratona y obras enmarcadas con esmero. Cerámicas esmaltadas decoran el salón con vistas al Patio de los Naranjos, a la vez que permiten reflexionar sobre las estrategias del artista e incluso preguntarse si esas estrategias no deberían ser renovadas.

La intervención de Lamothe en el Patio de la Fuente, donde un géiser choca contra un techo de chapa, provee energía a un conjunto definido por una interacción discreta, que admite segundas y terceras visitas. Los espectadores miran, tocan y escuchan, se sacan fotos y las incluyen en un mapa (como en la obra de Rubio) o deben mover cuerdas para cambiar sombras, como en la de Iriart.

"Lo particular de Sin picaporte radica en los encuentros inesperados -agrega Spivak-. Las obras se nutren entre sí y conforman un grupo que se caracteriza por tener una extraña naturalidad."

En la Sala 4 del Recoleta, el espacio se halla bajo el dominio creativo del cómic, la ilustración y el relato gráfico
En la Sala 4 del Recoleta, el espacio se halla bajo el dominio creativo del cómic, la ilustración y el relato gráfico. Foto: LA NACION / Leo Vaca/AFV

LOS ACCIDENTES

En el espacio Radar, que convoca a creadores sub-30, José Sainz (compilador de Informe-Historieta del siglo XXI) reunió a varios dibujantes e historietistas argentinos. Los accidentes rinde tributo a la labor que el CCR desarrolló por la historieta nacional.

"Intenté elegir a los autores emergentes que tienen propuestas gráficas y narrativas más arriesgadas, sólidas, originales o todo eso al mismo tiempo -dice Sainz-. Estética y temáticamente se puede organizar una lista de coincidencias entre varios integrantes, pero al mismo tiempo hay una diversidad amplia de registros." En las paredes de la sala, la historieta evoca el espacio de los sueños, "una arquitectura mutante capaz de conseguir cualquier forma", dice Sainz.

Su seleccionado incluye a Lucila Adano, Jo Murúa, Rip Gordon, Maia Debowicz, Fran López, El Waibe y Pablo Guaymasi, entre otros. La sala se asemeja a una revista diseñada con entusiasmo, creatividad y desparpajo. "Lo que propone visiblizar la muestra no es tanto el futuro de los jóvenes, que por suerte no sabemos dónde queda y cómo es -agrega el curador, editor y poeta-, sino distintas variaciones del ahora."

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