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Lo que siente una madre cuando su hijo está en el viaje de egresados

Más de 10 mil chicos viajan a Bariloche por semana mientras 20 mil padres esperan que no pase nada malo. Una madre de un egresado de ORT reflexiona sobre la experiencia y confiesa cómo consigue administrar sus ansiedades

Viernes 26 de agosto de 2016 • 11:53
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PARA LA NACION
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Foto: Archivo

Apostaría sin miedo a equivocarme que a todos los padres de los egresados que están por estos días en Bariloche en algún momento se nos cruzó la misma idea: ¿Y si lo dejo sin viaje? ¿Y si no le permito que se suba a ese micro?

Porque aunque lo digamos entre risas y bromas, por más que intentemos convencernos de que el viaje de egresados es una experiencia única en la vida de nuestros hijos, que no se nos ocurriría ser capaces de privarlos de ese momento imperdible de su adolescencia, lo cierto es que sentimos una gran ambivalencia en torno a esta costumbre.

Una costumbre que no por instalada, debiera ser incuestionable.

Tal vez, por estos días, en virtud de las últimas noticias, comiencen a darse las condiciones para que el tema de los viajes egresados y sus riesgos pueda empezar a tratarse a fondo.

Este año me toca vivirlo a mí en persona, como madre de un inminente egresado de ORT que está en Bariloche hace una semana. A puro rezo para que el chico esté regulando la cantidad de alcohol, pendiente del WhatsApp y de las mínima noticias que cada madre va consiguiendo y compartiendo a cuentagotas, voy piloteando mis ansiedades.

Pasar el mal trago, esperar que los chicos no se metan en líos, que esto pase pronto. Así estamos. Sin reconocer que lo que tenemos, en el fondo, es miedo.

O lo reconocemos, como dice Marina Tasat, mamá de uno de los egresados 2016: "Los excesos están al alcance de todos y es preocupante. Uno como padre puede hablar pero no prohibir porque cuando los chicos están solos no se sabe lo que pasa. Criar hijos libres es un riesgo que hay que tomar. Yo no voy a estar toda la vida para decirle qué hacer y qué no".

Quedamos en nuestras casas, en estado de impotencia y atentos a cada mínima información que podamos conseguir. Rezando para que cada mediodía nuestros chicos nos devuelvan el mensajito "quedate tranquila, está todo bien, la estamos pasando genial". Compartimos reflexiones, nos alentamos entre nosotros y rogamos que nuestros consejos y recomendaciones logren activar algún mecanismo de autoconservación en la mente de nuestros egresados.

"Ustedes se van con fantasías de vivir lo mejor que les pasará en sus vidas, mientras nosotros quedamos pendientes de que vuelvan sanos y salvos"
"Ustedes se van con fantasías de vivir lo mejor que les pasará en sus vidas, mientras nosotros quedamos pendientes de que vuelvan sanos y salvos". Foto: LA NACION / Alfredo Leiva

Entre el temor y la nostalgia

Algunos rezamos en silencio, otros en cadena de WhatsApp, resignados, buscamos ponerle humor, oramos a "San Chandón". O soñamos con vacaciones, como nos consuela Patricia Baredes, en el WhatsApp: "Relajen. Después nos vamos de viaje a un spa para relajarnos de estos días de calvario. ¿Qué tal la idea?". Aunque como psicopedagoga está atenta a la importancia de nuestro rol de madres y padres: "Uno le da las herramientas a los chicos, pero pareciera que ante el alcohol y la drogas, nada de lo que podamos hacer los padres alcanza. En Bariloche los chicos sienten que no están bajo la mirada de los padres y que pueden hacer todo lo quieran. La información que podamos compartir entre los padres, es todo lo que podemos hacer durante estos once días".

Otros más nostálgicos, nos acordamos de nuestra propia adolescencia y nos preguntamos: ¿en qué momento de los años que pasaron desde que fuimos de tirabolas, cuando la gran fiesta pasaba por ir a Cerebro, a Grisú, y jugar guerras de cantitos contra chicos de otros colegios, cambió tanto la historia?

¿Cuándo pasó que Bariloche se convirtió en sinónimo de canilla libre, perdón, de previas ilimitadas, en un lugar peligroso? Aclaro lo de las previas por si esto lo lee algún adolescente y, con todo el corazón, espero que alguno me haga el honor.

Porque, chicos, ustedes se van con las valijas llenas de botellas y fantasías de vivir lo mejor que les pasará en sus vidas, mientras nosotros nos quedamos pendientes de que vuelvan sanos y salvos. Y no la estamos pasando tan bomba. Por supuesto nos alegra que crezcan, que hayan llegado casi al final del camino, que sabemos que terminar la secundaria es un logro que merece ser celebrado.

Y cada día que pasa, rogamos: que esto pase pronto, que no tome mucho, que no llegue al coma etílico, que no chupe frío, que sus compañeros -porque el mío es un santo - no destruyan la habitación del hotel, que no se agarre a trompadas con los chicos de otro colegio.

Aunque esto último, tal vez sea lo de menos. Porque la peor fantasía que puede tener un padre que manda a su chico al viaje de egresados no es que se agarre a las piñas con un grupo de chicos disfrazados de nazis, aunque esto después ocurra y ocupe el tema del día de los medios, ni aunque tu hijo sea alumno de ORT y haya estado esa noche en Cerebro.

Salir de la burbuja

La escuela ORT en Núñez
La escuela ORT en Núñez. Foto: Vista de street View

Corresponde, en este punto, que confiese mi primera reacción al enterarme de la noticia en el grupo de WhatsApp y antes de cobrara estado público: les dije bueno chicas, no se preocupen, bienvenidos al mundo real, nuestros hijos al fin están saliendo de la burbuja.

Después de todo, en algún momento nuestros hijos van a tener que salir del microclima del colegio privado para vivir en el mundo, y el mundo de afuera es un mundo violento. Por eso, sin justificar los agravios, este tipo de situaciones -como también la de Cordera o la de Muscari - que fueron atajadas a tiempo, abren oportunidades para que los más jóvenes y quienes tenemos la responsabilidad de acompañarlos en su crecimiento, nos pongamos a hablar, nos animemos a poner las cartas sobre la mesa y podamos pensar cómo será la sociedad que queremos construir.

Créanme, lo de los chicos disfrazados de nazis, no es lo que debería alertarnos. El verdadero problema es invisible, silencioso y se sostiene a lo largo del año. No pasa sólo en agosto cuando empieza la temporada de viajes estudiantiles. El de los viajes de egresados siempre fue un tema controvertido. Pero cada vez pareciera que se pone peor.

Porque mientras la autoridad asegura que el gobierno hace todos los controles necesarios, cuando el intendente de Bariloche, incluso los organizadores de viajes estudiantiles, nos quieren hacer creer que deberíamos ser las familias las responsables de desalentar el consumo, quiero decirle que no, que el hecho de que viaje de egresados se haya convertido en sinónimo de alcohol no es responsabilidad nuestra. Es nuestro padecimiento.

Que la tierra liberada para la circulación de alcohol entre menores de edad no la manejamos nosotros. La permiten ustedes. Que los boliches vendan alcohol a menores de edad o que los chicos tomen a la vista de los coordinadores, gerentes de hotel y de empresas de turismo, conserjes, personal de limpieza, comerciantes y adultos que los están rodeando cuando no están cerca de sus padres, lo permiten ustedes. Que esa red de contención que debería ofrecer la industria de los viajes estudiantiles y la sociedad en su conjunto, está fallando.

Y no, no queremos que se prohíban los viajes. Queremos la solución.

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