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La CGT unida no es sinónimo de confrontación

Así como Cristina apostó a dividir a los gremios, a Macri podría convenirle su reciente reunificación, más aún ahora que el Gobierno procura concertar políticas; con una sola central enfrente, podrían prevalecer criterios moderados con los que acordar

Marcos Novaro

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PARA LA NACION
Miércoles 31 de agosto de 2016
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La recomposición acelerada del sistema político tras el fin del kirchnerismo tuvo días pasados una contundente expresión sindical: se reunificaron las tres CGT, tras cuatro años de divisiones y disputas.

Empecemos por recordar que esas divisiones fueron en gran medida impulsadas por un gobierno que, tras el triunfo electoral de 2011, que interpretó muy mal, se dedicó a meter mano en todos los terrenos donde todavía no había logrado un control total, como la Justicia, la vida de las empresas y la de los gremios. Destronar a Moyano fue parte de esa operación, que se frustró a medias porque aunque Cristina sometió a buena parte de los sindicalistas a sus dictados no pudo evitar que el camionero siguiera controlando un sector minoritario pero gravitante ni que otros engrosaran el caudal de la tercera CGT, liderada por Barrionuevo.

Ya había pasado tiempo antes algo parecido con la CTA: en su afán de someterla a su absoluto control, el kirchnerismo la había partido en dos. “Dividir cuando no se puede reinar” parecía ser el lema de ese proyecto hegemónico, que aplicaba con insistencia, aunque no con mucha suerte.

Macri y Cambiemos piensan distinto sobre este asunto. Y apuestan manifiestamente a que la unidad cegetista no sea una mala noticia, sino una buena, para ellos y para su “normalización económica e institucional”: en vez de ver allí la señal de un peligroso endurecimiento opositor, imaginan que con una sola central enfrente tendrán más chances de que imperen criterios moderados con los que acordar. Y es que conocen bien la experiencia de centrales en competencia que se disputan el rol de “abanderados de los trabajadores” y maximizan sus reclamos, sobre todo contra gobiernos que no les son mucho de fiar.

Así como a Cristina dividir a los gremios le resultó, si no lo mejor, lo menos malo para sus planes, a Macri podría convenirle su reunificación. Más todavía en momentos en que se habla de dejar atrás el estilo unilateral de imposición del cambio que caracterizó los primeros meses de gestión y de buscar salidas concertadas a las que en verdad están bastante obligados en el oficialismo, tanto por el fallo de la Corte sobre las tarifas como por la demora en que lleguen las famosas inversiones.

El diálogo con gremios más unidos y coordinados puede cumplir también otra función positiva para el Gobierno: aislar lo más posible a los ultras de la “resistencia”.

Cuando en abril los gremios hicieron su masiva concentración en defensa del empleo y del proyecto de ley al respecto, que Macri vetaría, se insinuó un escenario mucho más complicado: uno del que podría surgir un nuevo Ubaldini, para cumplir una función relegitimadora de la “oposición popular” frente a un gobierno no peronista y “antipopular”, condenado al acoso de paros generales y marchas para demostrar que la “democracia real”, como decía el líder cervecero en los años 80, estaba en la calle y no en la Rosada.

Pero esa convergencia entre peronistas nuevos y viejos, K y no K, sindicales y territoriales, no prosperó. Entre otras cosas porque quien estaba ahí listo para encarnar la resistencia no se parecía en nada a Ubaldini, sino más bien a Isabel: fue Cristina Kirchner la que hizo en los meses siguientes más que nadie para que esa escena de fines de abril ya no se repitiera.

También hizo lo suyo el Gobierno, timoneando bien la relación con los gremios, cediéndoles recursos y abriendo vías de negociación que desalentaron más marchas.

Y actuaron en el mismo sentido factores llamémoslos estructurales del actual contexto, que seguirán operando aunque al Gobierno no le vaya del todo bien y a Cristina le vaya tan mal que su involuntario estímulo a la moderación se extinga.

¿Es que los peronistas han aprendido finalmente a respetar la alternancia?, ¿será cierto, como dicen, que “queremos que le vaya bien a Macri porque sabemos que como estamos no podemos gobernar”? En esto de un peronismo republicano puede que haya una cuota de ensoñación. Tal vez sea más correcto decir que su módica benevolencia ante el Gobierno resulta de una mezcla de aprendizajes, resignaciones y errores.

Por un lado, el diagnóstico sobre lo que hay que hacer es mucho más compartido hoy que en los años 80. Buena parte de los hoy opositores, incluso en los gremios, hizo campaña hace pocos meses a favor de una normalización de la economía y las políticas públicas no muy distinta de la que está gestionando Macri. Nada semejante a esa divergencia irremediable que en la transición democrática enfrentó la ilusión de “regresar a los años dorados del primer peronismo” y el cada vez más crudo realismo estabilizador al que estuvo condenado Alfonsín. Que además era mucho más parecido a un descenso a los infiernos que lo que hoy está obligado a hacer Cambiemos.

También influye el hecho de que casi todo el peronismo es consciente de que la moderación paga y la polarización no. Y eso porque el grueso de la opinión pública advierte lo complicado de la situación y las responsabilidades que a cada uno le caben. Y por tanto no toleraría una seguidilla de huelgas generales. No hay, como en los 80, un desastre militar que disipe lo que había aportado el desastre previo peronista. Aunque, igual que Alfonsín, Macri tiene que administrar una crisis que todavía no tocó fondo e imponer costos preventivos, que se justifican “por lo que sucedería si eso no se hiciera”, lo que siempre es complicado. Pero tiene bastante más margen que aquél para hacerlo.

Los gremios hasta aquí lo advierten con realismo. Eso no significa que vayan a ayudar demasiado. Pero necesitan que Macri haga el trabajo que saben necesario. En eso coinciden con Massa, a quien –no es casual– responden dos de los nuevos secretarios cegetistas: “Nosotros lo haríamos mejor”, dicen a coro con el tigrense, “porque tenemos más sensibilidad social que los CEO”. Pero hay un mensaje implícito más sugerente: “Es mejor que lo hagan de cualquier modo a que fracasen, así después nosotros tomamos la posta con el camino despejado”.

De todo esto podría resultar una novedad en la conciencia histórica peronista. Cuando celebren en estos días a Cafiero, al cumplirse un aniversario del primer éxito de su renovación, políticos y sindicalistas del movimiento tendrán la ocasión de recordar también las razones por las que él no llegó a presidente: su colaboración con Alfonsín no rindió frutos electorales porque a éste le terminó yendo mucho peor de lo que aquél necesitaba, ya no para ganarle las elecciones, sino para imponerse en la interna del PJ transitando “la vía media”, como diría Massa.

Respecto de los pronósticos electorales influye también otro factor, en el que se puede identificar tal vez más un error o subestimación que un signo republicano: los peronistas siguen dudando de que el macrismo tenga alguna chance de perdurar.

Con Alfonsín se asustaron: fue la primera vez que les ganaban y hacía poco que habían perdido a su líder histórico; temían que aquél los dejara en el pasado; así que se desesperaron por desmentirlo. Nada ayudaba, en suma, a que creyeran de su interés que a ese gobierno le fuera bien.

Al macrismo, en cambio, le dan como mucho la sobrevivencia de un mandato. Y uno en el que tendrá que consumir sus energías desarmando el desbarajuste que ellos dejaron. Nada serio de temer podrá resultar de allí, estiman.

Macri lo ha dicho: que lo subestimen es el mayor favor que le hicieron siempre sus adversarios. Aunque también hay que considerar la posibilidad de que en ese bajarle el precio haya una dosis de acierto.

Marzo será seguramente la fecha en que estas incógnitas –quién y en qué medida se equivoca, cuánto progresa la cooperación– se irán despejando. Entonces empezarán a definirse las listas y alianzas peronistas, dentro y fuera del PJ, y las segundas paritarias de Cambiemos, seguramente mucho más complicadas que las de este año para un ya no tan nuevo gobierno porque contendrán un balance de lo que se hizo, incluyendo lo que resulte del entuerto tarifario y una prospectiva –y también una eventual carga– para el avance de la estabilización.

Sociólogo, doctor en Filosofía

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