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Es una máquina, tiene que andar

Hay personas que entablan con las máquinas una relación más intensa que el promedio. No es mala intención, pero las computadoras les tienen terror

LA NACION
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Ariel Torres
Sábado 03 de septiembre de 2016 • 15:25
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En mi imaginación, cuando ella entra en la casa, todos los dispositivos electrónicos caen en un estado que está a medio camino entre la alarma y el pánico. "¡Ahí llegó, pónganse en suspensión, hagan como que están colgados, apaguen todas las pantallas!" El router Wi-Fi es tal vez el primero en espantarse. Por su función, no puede pasar inadvertido (aunque la analogía no sea del todo adecuada, su alcance funciona como el de la luz de una lamparita). Así que está bien a la vista. Y es uno de los que se lleva la peor parte. Tengo para mí que, hablando en binario, intenta darse ánimos, justo cuando detecta que esa notebook infernal se pone en línea: "¡Fuerza, que todo día tiene un final!"

Unos segundos después, se encenderá la VPN y empezarán a salir los mails; cientos de ellos. Luego arrancará una videoconferencia y, ¡ay!, el desquiciado WhatsApp. La tempestad IP arreciará enseguida con docenas de pestañas Web, Facebook, Twitter, Maps (tiene una reunión en un rato), Spotify, actualizaciones, telefonía IP y (¿lo dije?) ríos de WhatsApp.

Las estribaciones de esta frenética actividad, estoy seguro, han de llegar hasta el proveedor de Internet, donde los técnicos deben haber creado un equipo especial para estudiar el caso; ninguno de sus otros clientes emplea la red con fruición tan desmedida.

Todo normal

Estaba una vez en su casa y le dije a un familiar:

-Che, ¿puede ser que salga humo de ese router?

-Sí, debe estar mirando Netflix.

-¿Y eso qué tiene de raro?

-Con la VPN encendida.

-Ah.

-Mientras actualiza Windows en dos notebooks.

-Apa.

-Y baja el nuevo Android en su celular.

-Entiendo.

-A la vez que hace backup de todo en la nube.

Nadie es perfecto, ya se sabe. Está el que pierde todo, por ejemplo. O el que, de tan desorientado que vino al mundo, se extravía hasta dentro de un ascensor. Anótenme en esa lista, que lo del ascensor no es una hipérbole. Anótenme también en la categoría de los torpes, esos en cuyos botiquines la provisión de apósitos, vendas, desinfectantes y analgésicos tiene escala hospitalaria. Si además les gusta cocinar -y ése es también mi caso-, la actividad gastronómica se transforma con incomprensible frecuencia en una de Tarantino; no obstante, las situaciones de emergencia nunca llegan a alterar del todo la paz familiar, por la sencilla razón de que los torpes estamos tan habituados a agarrarnos los dedos con la puerta, a propinarnos el proverbial martillazo, a confundir la falange con el cebollín y a sacar la bandeja del horno con la mano desnuda, es para nosotros tan habitual el moretón, la contusión insustancial, el tajito baladí y las torceduras, laceraciones y magulladuras triviales, que lo que en otro hogar sería recibido con desasosiego es, en el nuestro, objeto de una consulta rutinaria: "Bueno, ¿qué te hiciste ahora?"

Pues bien, así como hay despistados y torpes, hay personas que establecen con las máquinas una relación, ¿cómo decirlo?, muy especial. Intensa, pongamos.

De hecho, no se trata de algo nuevo. Antes de la revolución digital, eran los que dejaban que las capas de hielo del freezer crecieran hasta tocarse mutuamente, y luego se enfurecían porque el motor del pobre aparato se había quemado. Qué digo quemado. Derretido.

Ahora, esa particular forma de relacionarse con las máquinas escaló al ritmo de los bits y los chips. Ojo, que no es maldad. Como le ocurre al torpe, que andaría menos cascoteado si prestara atención a las leyes de la física, es sólo una suerte de ceguera para con lo que en la jerga se conoce como límites operacionales.

Una selfie

Por ejemplo, una vez, durante un viaje, la cámara de fotos de uno de mis amigos empezó a hacer cosas raras y, unos minutos más tarde, vino la apesadumbrada conclusión:

-Me parece que mi cámara se rompió.

-No, no se rompió.

-Pero no saca fotos.

-No te preocupes, no se rompió.

-Batería tiene. Algo le pasa.

-Sí, le pasa que hacen 10 grados bajo cero.

En sus mentes, los límites operacionales que figuran en el manual del usuario son una tonta fantasía propia de espíritus débiles, como la fecha de vencimiento del yogur o las advertencias que figuran en el manual de la caldera. Una de sus frases favoritas explica este particular punto de vista: "Es una máquina, tiene que andar". Una pala mecánica se sentiría intimidada ante el tono con que expresan esta afirmación. Me quedo corto. Terminator se sentiría intimidado.

Pero así, sin la menor animosidad, convencidos de que son máquinas y por lo tanto tienen que andar, confieren a la calificación de heavy duty una significación que la industria jamás siquiera soñó. Por ejemplo, un disco heavy duty sería aquél al que nunca se le acaba el espacio libre y que resiste caídas desde 300 metros de altura, disparos de artillería antiaérea, descargas eléctricas y el campo magnético de una estrella de neutrones. Por añadidura, su sistema de archivos debería ser 100% inmune a fallas lógicas. O sea, se te podría cortar la luz sesenta veces en dos horas y Windows volvería a cargar sin problemas.

El browser bien afilado

Me atrevo a asegurar que todos conocemos a alguien que lleva la cosa informática al extremo, y un poco más también. Que no sólo tiene muchas pestañas abiertas en el navegador -eso es para tibios-, sino que ese número es tan abrumador que los títulos de cada pestaña han quedado ocultos hace meses (¿cerrar programas?, ¡por favor!) y la parte superior del browser tiene la amenazante apariencia de un serrucho. Y, un momentito, aquello de optar por Firefox, Chrome o Internet Explorer es cosa de pusilánimes. Ellos usan todos esos a la vez, y también Edge, Vivaldi, Opera y cuatro browsers experimentales en etapa alfa. Porque en la vida todo es beta.

Un viaje

La revolución móvil les otorga a estas personas nuevos campos para someter la electrónica al suplicio. Dejar una notebook o un smartphone cargándose durante todo un día sin supervisión no los perturba en absoluto. Tampoco el seguir empleando el celular cuando les queda 5% de batería. Es una máquina, tiene que andar. Para ellos es de lo más normal hablar por teléfono al tiempo que se lo emplea como GPS, colocado en un soporte contra el parabrisas del auto, bien expuesto al sol, mientras se lo carga "porque si no se me queda enseguida sin batería". No es menos inusual, añadiré, que cuando se bajan del coche observen, con cierta incredulidad, lo caliente que está el pobre smartphone. Sí, claro, rarísimo.

Unboxing

Verlos cambiar de teléfono es una delicia. ¿Qué haría uno, que es un cobarde y un blandengue? Esperaría a que se sincronicen contactos y aplicaciones, y sólo entonces empezaría a configurar y personalizar. Oh, qué lejos está esa bucólica escena digital del modo de proceder de algunos de mis amigos. Uno de ellos, por ejemplo, no termina de sacar el dispositivo de su caja, todavía con los plásticos pegados, y ya lo ha enchufado al cargador, lo ha puesto en marcha y tres minutos después del setup inicial rezonga indignado porque no tiene todos los contactos listos.

-Te salteaste la conexión a Wi-Fi.

-Tengo 4G.

-En ese caso, estaría bueno que le pongas el SIM.

-Tenés razón -concede, mientras quita la tapa trasera o abre el slot con un clip que nadie sabe de donde sacó, pero que parece haber sobrevivido a una detonación termonuclear, y mientras coloca el SIM, pregunta:

-¿Cómo era la clave del Wi-Fi?

Y así, con el teléfono cargándose, cuando lo más civilizado sería dejar ahí esa pobre máquina para que conduzca en paz por el ajetreado primer arranque, mi amigo se pone a cifrar el equipo, configura el correo corporativo y tres mails personales, calibra el GPS, cambia los ringtones y abre sesión en Facebook, Twitter, Linkedin y WhatsApp. Una hora después, es cierto, ha conseguido lo que al resto de los mortales nos llevaría toda una mañana. También es cierto que el teléfono podría usarse ahora como anafe. La batería, bien, gracias: ya ha perdido parte de su autonomía, cortesía del exceso de temperatura.

Al borde

Pero qué importa eso. Siempre hay un cable USB a mano y, por otro lado, ¿cuánto le dura un smartphone a estas personas? Bueno, en realidad, esa no es la pregunta. Sería mejor algo como: ¿por qué les duran tan poco los teléfonos? Es la médula de la cuestión y por eso me he dedicado a observarlos.

Una de las claves está en el lugar donde dejan sus celulares. Cuando el resto de nosotros se cuida de ponerlos a buen resguardo, en el centro de la mesa ratona o en un estante lejos del mundanal ruido, ellos optan por el borde de la mesada, al lado del secaplatos, sobre la silla donde el gato tiene la costumbre de aterrizar tras esas parábolas graciosas, pero tan llenas de energía cinética, se lo olvidan toda la tarde en la mesa del jardín, al sol o a la lluvia, sobre el radiador del living o en el sofá, donde luego se arrojarán bufando porque no encuentran el teléfono.

Foto: SHUTTERSTOCK

Una de protesta

Sus hábitos los ponen en evidencia. Para desenchufar cualquier cosa tiran del cable en lugar de jalar la ficha. Al teclado lo castigan, como si a una cosa binaria el porrazo le importara algo. Si la pantalla no responde tras un cuarto de segundo, suponen que todo se colgó y reinician. No, no con un atajo de teclado. Apagan y vuelven a encender. Y, por último, el rasgo que mejor los pinta: el refunfuño perpetuo. No es que odien la tecnología. Por el contrario. Muchos son bien geek, pero su relación con las máquinas es tormentosa o, al menos, sufrida. Tan pronto se sientan ante la pantalla o con el smartphone empiezan los bufidos, el resoplar, los gruñidos.

-Algo pasa con Internet.

-Internet está bien, acabo de medir la conexión.

-No se conecta. Ah. Ahí está.

-Hay que darle tiempo.

-No anda el Outlook.

-Decime algo que no sepa.

-Encima me cargás. Siempre está colgado este Outlook.

-Por ahí es que tu bandeja de entrada ocupa 25 giga.

-Ay, qué pasa ahora.

-Con qué.

-La VPN no engancha.

-Dale tiemp...

-Ahí está. Pero otra vez se me colgó el Outlook.

-Reiniciá.

-¿El Outlook?

-No, todo.

-OK. Ahí vamos. Ahora parece que anda.

-Qué bien.

-Ay, no.

-Qué pasa ahora.

-Que me olvidé lo que vine a hacer a la compu.

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