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Carlos Bulgheroni, un empresario que apostó al límite para hacer negocios

Era el motor de los negocios petroleros de Bridas; tenía un enorme capacidad de lobby y negociación, una agenda internacional que incluía empresarios y políticos de todo el mundo

Sábado 03 de septiembre de 2016 • 13:46
Bulgheroni tenía tres secretarias, una en Buenos Aires, otra en Madrid y otra en Milán, que cubrían una franja horaria de 24 horas
Bulgheroni tenía tres secretarias, una en Buenos Aires, otra en Madrid y otra en Milán, que cubrían una franja horaria de 24 horas.

Las bridas son anillos que se usan para unir dos caños en un sistema de tuberías mediante el montaje de pernos que atraviesan ambos lados a través de una circunferencia con agujeros. En esos elementos pensó Alejandro Ángel Bulgheroni cuando le puso nombre a la empresa que creó en 1948. La llamó Bridas.

Era una continuación de Casa Bulgheroni, el negocio que el abuelo de Carlos y Alejandro Bulgheroni -también se llamaba Ángel-, había fundado en Santa Fe poco después del principio del siglo.

Carlos Bulgheroni era el motor de los negocios petroleros de Bridas. Tenía un enorme capacidad de lobby y negociación, una agenda internacional que incluía empresarios y políticos de todo el mundo y una avidez por los negocios que lo llevaron a traspasar fronteras que nunca antes había cruzado ningún empresario occidental.

Quienes conocían a Bulgheroni en profundidad sostienen que desde siempre tuvo un temperamento fuerte, pero aclaran que su enfermedad le cambió la vida. En 1973, cuando tenía 28 años, le diagnosticaron cáncer en los ganglios. Su hermano y su padre se empecinaron en que Carlos se atendiera en un centro médico de Stanford, en Estados Unidos.

Los mejores especialistas del mundo le dieron la peor noticia: de acuerdo con sus cálculos, sólo le quedaban cinco meses de vida. Bulgheroni decidió someterse a un intenso tratamiento. Volvió a la Argentina para las fiestas de fin de año. Sus médicos creyeron que era la última vez que lo verían. A él, esa idea ni se le cruzó por la cabeza y prometió estar de vuelta para continuar con el tratamiento.

Como en los negocios, Carlos fue hasta ahora implacable con la enfermedad. No le dejó casi resquicio. En 2013 se cumplieron 40 años desde que le diagnosticaron que sólo iba a vivir por cinco meses más. Uno de sus más íntimos allegados ironizó: "El que le dijo que iba a estar muerto hace tiempo que murió". Bulgheroni seguía visitando la clínica Mayo, en Estados Unidos, para hacerse chequeos periódicos.

Carlos era un apasionado de la información. Solía invitar a ejecutivos de otras empresas para ver qué piensan con respecto a la marcha de la industria petrolera o del país en general. Les ofrecía té, café, medialunas o tostados que pudiera alcanzarles él mismo. "Era una esponja que absorbe información y no se sabe, al final del camino, qué conclusión sacará con eso", sostuvo un hombre de negocios que participó en varios de esos encuentros.

Bulgheroni tenía 71 años y era un apasionado de la información
Bulgheroni tenía 71 años y era un apasionado de la información.

Bulgheroni tenía un aura de omnipresencia. Contaba con tres secretarias, una en Buenos Aires, otra en Madrid y otra en Milán, que cubrían una franja horaria de 24 horas y compartían una única dirección de correo electrónico en nombre de su jefe. Así, el ejecutivo era ubicable en todo momento.

Ningún éxito empresario de Carlos Bulgheroni podrá llamar tanto la atención de sus colegas como la negociación que llevó a cabo a partir de mediados de los 90 con líderes fundamentalistas de Asia Central para exportar el gas de Turkmenistán. En ese país, un resabio de la ex Unión Soviética que limitaba con Kazajistan, con Uzbekistán, con Irán y con Afganistán, Bridas había encontrado enormes reservas de gas. Las discusiones para montar un gran negocio en base a ese recurso fracasaron, pero convirtieron al empresario en el primer hombre de negocios occidental capaz de entablar una ofensiva comercial en esas tierras.

Desde mediados de 1994, Bulgheroni negoció con los talibanes y con sus enemigos de la Alianza del Norte para construir un gasoducto a través de Afganistán, uno de los países más riesgosos del planeta a la hora de definir una inversión. El empresario quería que un consorcio liderado por Bridas conectara por un caño de 1400 kilómetros las reservas de gas de Turkmenistán con Pakistán y la India. Luego, el objetivo sería llegar hasta la frontera con China.

Bulgheroni había apostado algunas de sus mejores fichas a una licitación que abrió Turkmenistán en 1991, casi un disparate empresario de acuerdo con la mirada de los grandes jugadores de la industria. Al año siguiente, Bridas, la única oferente extranjera, ganó la concesión del campo de Yashlar, cerca de la frontera oriental con Afganistán, y luego sumó Keimir, otro campo en el oeste del país.

La empresa invirtió 400 millones de dólares y comenzó a exportar petróleo. En 1995 descubrió un gigantesco yacimiento gasífero emplazado en el desierto de Karakum.

Hay un lema entre los petroleros: una vez que está el gas, un insumo mucho menos conocido que el petróleo, hay que crearle un mercado.[1] Eso es lo que intentó hacer Bulgheroni a través del ducto.

El empresario santafesino convenció a Saparmurat Niyazov, el presidente turkmeno, de crear un grupo para estudiar la posibilidad de tender un gasoducto desde Turkmenistán que atravesara Afganistán y llegara a Pakistán. Luego hizo lo mismo con Benazir Bhutto, la primera ministro paquistaní. El 16 de marzo de 1995, Pakistán y Turkmenistán firmaron un memorándum que permitía a Bridas preparar un estudio de factibilidad del gasoducto.

Bulgheroni convenció incluso a los señores de la guerra que tenían el dominio territorial de la zona que debía atravesar el gasoducto. "Me reuní con todos los líderes, con Ismael Khan en Herat, con Burhanuddin Rabbani y con Masud en Kabul, con Dostum en Mazar y con los talibanes en Kandahar. Me recibieron muy bien en todos lados porque los afganos entendieron que tenían que reconstruir su país y para eso necesitaban inversiones extranjeras", sostuvo.

Hay una regla que está al tope del manual de Carlos Bulgheroni a la hora de hacer negocios. Él mismo se lo dijo a uno de los economistas que consulta en una de las tantas charlas informativas que mantiene con especialistas de diversos rubros. Su interlocutor le preguntó: "¿Cuál es la clave para hacer buenos negocios?". El empresario le respondió sin rodeos. "El trabajo mejor pago tiene que ser el de los abogados, en especial el de los que redactan contratos. Si yo firmo algo, tengo que terminar ganando ocurra o no lo que dice ese documento", respondió.

En línea con su manual, cinco meses después del episodio en Nueva York, Bulgheroni les inició juicio en las cortes de Texas a Unocal y Delta. Les exigió 15.000 millones de dólares por "interferencias tortuosas en relaciones de negocios".

Quizás la negociación más difícil que debieron encarar los Bulgheroni no fue por negocios. En 1974, Carlos y Alejandro acordaron la liberación de su padre, que había sido secuestrado por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Hacía un tiempo que los hermanos habían abandonado la casa paterna. Alejandro padre había adoptado a un primo de ellos casi como si fuera su hijo. Según la versión familiar, él fue quien lo entregó. Un grupo entró en su casa de Buenos Aires, le dio un golpe a Angélica, la cocinera, y se llevó a Bulgheroni.

Durante aproximadamente un mes ambos hermanos estuvieron negociando con los raptores de su padre. No se lo comentaron prácticamente a nadie por miedo a poner en peligro la seguridad de Alejandro. Durante el día iban a trabajar a la empresa, les decían a los empleados que el más grande de los Bulgheroni había tenido un problema cardíaco que lo obligaba a guardar reposo. Por la noche, hablaban con los raptores.

El día que murió Juan Perón, el 1 de julio de 1974, Alejandro estaba todavía secuestrado. Los hermanos temieron por su padre más que nunca. No sabían cuál sería la reacción del ERP tras la muerte del líder político.

Un mes después del secuestro, un íntimo amigo del padre entregó el dinero a los captores, que liberaron a Alejandro.

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