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Penderecki, director de lujo para la Sinfónica Nacional

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PARA LA NACION
Lunes 05 de septiembre de 2016
El músico polaco, en La Ballena Azul
El músico polaco, en La Ballena Azul. Foto: LA NACION / Federico Kaplun/CCK
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Orquesta Sinfónica Nacional / Director: Krzysztof Penderecki / Solistas: Eduardo Vassallo, Jorge Pérez Tedesco y José Araujo, chelos / Programa: obras de Penderecki: "Adagio" de la Sinfonía N°3 (versión para cuerdas), Concerto grosso N°1 para tres chelos y orquesta y Sinfonía N°4, "Adagio" / Sala: La Ballena Azul, CCK.

Nuestra opinión: Muy buena

Más allá de las cuestiones estrictamente técnicas e interpretativas -que, ciertamente, fueron muy buenas-, lo acontecido en la Sala Sinfónica del CCK cuando Krzysztof Penderecki dirigió tres obras propias con la Sinfónica Nacional fue un verdadero acontecimiento. Posiblemente ningún compositor vivo tenga la celebridad y el nombre de este eminente músico polaco. Para que ello aconteciera, Penderecki, en sus comienzos, deslumbró con propuestas sumamente originales en un tiempo en el cual la vanguardia no dejaba de sorprender con experimentaciones más que radicales. Y después, hacia 1980, porque aquel ícono del rupturismo se fue transformando en un fantástico compositor neorromántico que iba sembrando sinfonías y conciertos que cosechaban admiraciones y una muy buena recepción.

Tres de esas obras fueron las que el propio Penderecki dirigió en la Ballena Azul, ante un público que le tributó una inmensa ovación en su ingreso y más sonora aún cuando todo había concluido.

Si bien aquellas experimentaciones de los años 50 y 60 quedaron en el pasado, la música neorromántica de Penderecki no es nada sencilla ni rutinaria. Por lo tanto, había intriga y, por qué no, algún recelo en cuanto al nivel que podrían demostrar los músicos de la Sinfónica. Para resumirlo de una manera abreviada, digamos que pasó maravillosamente bien la versión para cuerdas del "Adagio" de la Sinfonía N°3, se ofreció una interpretación memorable del Concerto grosso para tres chelos y orquesta y fue muy destacada la interpretación de la ardua, dificultosa y demandante Sinfonía N°4, aunque no en el mismo nivel de excelencia de las otras dos.

Tal vez con la no confesada intención de que este "Adagio" sea el equivalente del "Adagietto" de la quinta sinfonía de Mahler, Penderecki redujo el orgánico del movimiento de su Sinfonía N°3 a un ensamble de cuerdas. Al despojar a la obra de los condimentos y colores que aporta una orquestación virtuosa, el "Adagio" adquiere una intimidad envolvente muy sugerente, además, magníficamente interpretada por las cuerdas de la Sinfónica. Con todo, relativamente breve, las bellezas de este movimiento quedaron rápidamente en el recuerdo cuando, a continuación, arrancó poderoso, intenso, atractivo e impactante el concierto con sus tres chelos solistas, un extenso momento de bella música y muy bien interpretada.

Los tres chelistas se pasearon con suficiencia por sobre las tremendas dificultades que Penderecki escribió tanto para sus lucimientos como para enhebrar una obra fantástica. Si bien los tres solistas estuvieron a sus anchas y demostrando todas sus virtudes, conmovió verlo a Eduardo Vassallo junto a una orquesta argentina. Cabe recordar que este formidable músico que, desde hace varias décadas vive en Europa, es el chelo solista de la Orquesta de Birmingham, la misma que, bajo el comando de Simon Rattle, asombró al planeta con interpretaciones paradigmáticas y superlativas. Al mismo tiempo, menester es señalar que Penderecki, con sus ochenta y tres, supo armonizar el todo con suficiencia y conocimiento para lo cual fue imprescindible la mejor disposición y todos las virtudes de los músicos de la orquesta.

No todo anduvo tan bien con la Sinfonía N°4. Estructurada en cinco movimientos continuados, en ella coexisten en sana convivencia el melodismo y los climas pesarosos de los tres movimientos lentos, los impares, junto a los contrastes impetuosos, cierta aridez y las texturas heterodoxas de los dos movimientos pares. Así como los solos extensos del corno inglés y el fagot del tercer movimiento tuvieron una realización impecable, en los fugados del segundo y cuarto se entremezclaron algunos desajustes, algunas afinaciones dudosas y algunas altisonancias de empastamientos innecesarios. Sin embargo, el virtuosismo orquestal requerido también tuvo su lugar. Tras el largo periplo, todo se fue disolviendo en un final oscuro, grave y silencioso que se fue apagando de modo inquietante. Después sí, estalló la merecida ovación para un compositor y director que es una leyenda viviente y una orquesta que, de a poco y de manera sostenida, cada día viene sonando mejor, superando desafíos y escollos que, hace algunos años, hubieran sido insalvables.

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