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Demoliendo algunos malentendidos de la infancia

PARA LA NACION
Domingo 11 de septiembre de 2016
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La vida no alcanza para sanar los estragos cerebrales de la niñez y sus axiomas aprendidos de memoria. Dos ejemplos:

I. "La música es el arte de combinar los sonidos de forma agradable." Falso. Lo de "agradable" es un asunto privado. O policial: pregúntenle a mi vecino. Y lo de "arte", una pavada. El 99% de la música es entretenimiento y eso, en sí, no la desvaloriza ante el autodenominado arte. Decir que la música se trata de sonidos es tan aberrante como decir que la danza es un asunto de piernas y brazos plegados. Cada arte se ocupa de sublimar una abstracción física, es decir, poetizarla, superar su límite material. La danza sublima la fuerza de gravedad; las artes visuales subliman el espacio. La que se ocupa de sublimar el sonido es la literatura, ya que la palabra es sonido que se vuelve imagen o idea y de esto la música es incapaz, y cuando es capaz es porque está contaminada de literatura. El asunto principal de la música es el tiempo. El sonido es su herramienta exploratoria; lo invisible acentúa lo invisible. Si la definición hubiera sido mejor formulada, los últimos años habrían sido menos materialistas, nadie hablaría de "materia sonora", ese absurdo frígido. La música es inmaterial. Simplificando bastante, la música podría resumirse en una variación (desmesurada) del tic-tac del reloj. Es capaz, como todas las artes, de evocar estados de ánimo, espacio, color, pero sólo después de ocuparse del tiempo. Conlon Nancarrow es el único que entendió precisamente el sentido último de la música. Compuso estudios sin especificación de instrumento (su plataforma era la pianola, es decir, lo incoloro). Elevó el tiempo musical a lo inimaginable. Es uno de los compositores más originales del siglo XX, además de latinoamericano por adopción. Recomiendo empezar por su Boogie-Woogie Suite. Es tan vertiginoso que provoca mareo.

II. "La música es el único lenguaje universal." Otra estafa. Nada es menos universal que la música, nada, ni siquiera las lenguas. Prueben de juntar en una confitería a una señora wagneriana con un muchacho heavy-metal, un ardoroso del gagaku, un cumbio-bolivariano, un sensiblo-sciarriniano, un gaitero con minifalda, un pimpinelo, un narcocorrido-tex-mex, un pigmeo, un tanguero, un nonista-utópico-new-age, un niño cantando en loop "Manuelita la tortuga". Sería la guerra acústica. Imposible entenderse si cada uno se aferra a su pureza estilística. Y no quiero ni imaginar la Pax demagógica, fresco dantesco, híper-novela mahleriana, porno-Aleph, siniestro iTunes en función random.

No. La música es un carnet de identidad.

Hace unos meses encontré a mi mujer sollozando en la cocina. "Murió Bowie; se acaba de morir mi juventud", logré descifrar en su suabo lacrimoso. Quedé petrificado. Su juventud, berlinesa y festiva, no era la mía, parisina y estudiosa. Fingí idiotamente no recordar quién era Bowie. Susi me acusó, con razón, de no tener corazón. No era momento para discutir. Acepté acompañarla (encapuchado) al domicilio del cantor, a unas cuadras de casa, y depositar una flor. Era de noche, creo que nadie me reconoció.

El autor es compositor

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