Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

El corresponsal del país de las ideas

LA NACION
SEGUIR
Pablo Gianera
Jueves 15 de septiembre de 2016
0

Conocí a Oscar Strasnoy en algún momento de hace diez años. Me refiero a que conocí al individuo Strasnoy; ya conocía su música porque varias de sus piezas se habían estrenado en Buenos Aires. Strasnoy, que vive hace más de veinte años en Europa, es como a él mismo le gusta definirse, un habitante de la vigésima cuarta provincia argentina: el extranjero. Pero esa definición territorial es bastante escasa. Strasnoy tiene un instinto teatral infalible, y además ideas, ideas musicales y de las otras, aunque no sea del todo justo separarlas.

Cuando ganó el premio Orpheus -que recibió de manos de Luciano Berio- fue justamente por una ópera: Midea. Mucho más adelante, en 2012, cuando fue el invitado de honor de la 22» edición de Présences, el Festival de Création Musicale de Radio France celebrado en el Théâtre du Châtelet, muchas de las obras programadas fueron óperas, entre ellas Geschichte (2004), opereta a capella sobre textos de Witold Gombrowicz, que fue lo primero que conocí de él, Fabula, para contratenor y viola y L'Instant. En 2014, estrenó en la Sala Principal de Teatro Colón Réquiem, una ópera a partir de la novela de Faulkner Requiem for a nun, que resultó de un encargo del propio teatro. Esto sin contar Cachafaz y La boîte, un "proyecto" de ópera en colaboración con el poeta Hans Magnus Enzensberger que no llegó a concluir. Es una pena: las inteligencias de Enzensberger y Strasnoy son realmente gemelas. Para los dos el arte es una variedad intelectual privilegiada, una variedad del pensamiento. El 30 de este mes, la Staatsoper de Berlín pondrá en el Schiller Theater Comeback la primera de una trilogía realista sobre Alemania. Ésta es sobre los actores Tilla Durieux y Emil Jannings; la segunda será sobre Lutero y la siguiente, sobre Marx. Un detalle: el libretista es otro escritor, Christoph Hein. Pero basta de datos.

Como decía al principio, Strasnoy está afuera. Terminó de estudiar en Francia y vive en Berlín. Eso explica la corresponsalía y la conversación a la distancia. Nunca lo vi en Europa. La última vez que estuve en París, él ya no vivía allí, y en cuanto a Berlín... prefiero el sur de Alemania. Pero cada tanto viene de visita. Una de esas veces fue, digamos, en 2009. Poco antes había estrenado Un Retour, ópera de cámara con libreto de Alberto Manguel. Además de ser amigos, Manguel tuvo una intervención un poco providencial en la música de Strasnoy. En 2005, le mandó la novela El baile, de Irène Némirovsky. Entre las páginas del libro había una notita: "¿Por qué no escribís una ópera sobre esto?" Oscar la escribió y la estrenó en Hamburgo en un programa triple que se llamó Trilogía de las mujeres, que incluía también Erwartung, de Arnold Schönberg y Das Gehege, de Wolfgang Rihm. Bien, el caso es que, tal vez en 2009, yo dictaba un seminario en el conservatorio en el que doy clases y se me ocurrió pedirle a Oscar que viniera a conversar sobre teatro musical. "Alberto está en Buenos Aires, ¿lo invito también a él?" Así, los dos, Manguel y Strasnoy, hablaron casi dos horas, en una charla pública que se convirtió en un diálogo entre ellos con espectadores. Fue esa misma mañana cuando Oscar dio una definición de la ópera que no me canso de citar: "Ópera es todo lo que el compositor diga que los es. Si el compositor dice que es una ópera, es una ópera". La frase suena a broma, pero da en el blanco de esa condición inapresable del género, que se resiste a cualquier definición que sirva para todas sus épocas.

Aunque pueda parecerlo a veces, Strasnoy no es nunca ocurrente. En comparación con la inteligencia, la ocurrencia es espuma, la simulación de una idea. Pero como la idea no está, la ocurrencia dura poco, y deja después mal parado a su responsable. Por eso la ocurrencia es tan frecuente, y tan rara la inteligencia. Si, como dije antes, Strasnoy puede parecer ocurrente es sólo porque viste a veces la idea con ese ropaje para que llame la atención, pero el verdadero foco de su atención está detrás, más allá, en otra parte. Esto pasa cuando escribe música, cuando escribe en palabras, cuando habla. No siempre estoy de acuerdo con él. Pero no tiene ninguna importancia. Inteligencias como la suya, que están siempre en movimiento, lo fuerzan a uno a no quedarse nunca quieto. Sus rélicas son las menos esperadas, las justas.

Esa inteligencia inquieta se pone en juego también en las columnas que Strasnoy escribe mensualmente en LA NACION. Espero cada una de esas entregas con ansiedad folletinesca. A veces me cuenta antes el "tema", entonces imagino una resolución y llega después algo distinto. Siempre se sale del tablero. Con lo que escribe sobre música (y acerca de lo demás que no es la música y a lo que la música implica) pasa lo mismo que él dijo de la crítica musical: "Un poder inmaterial sobre una actividad inmaterial. El colmo del refinamiento".

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas