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La intuición de Wagner para el arte del siglo XXI

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Domingo 18 de septiembre de 2016
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La prefiguración no es algo que pueda enseñarse; sobreviene siempre después de los hechos, y cuando, con un golpe de intuición (o de suerte), se descubre la afinidad entre acontecimientos que no mostraban hasta entonces una conexión evidente, ni siquiera verosímil. La prefiguración consiste sobre todo en la detección tardía de aquello que prefigura lo prefigurado.

El arte contemporáneo tiene una historia, una prehistoria incluso, y también sus prefiguraciones ocultas. Cada tanto alguien consigue sacar a la luz alguna. Es lo que hizo Boris Groys en uno de los capítulos de Introducción a la antifilosofía (Eterna Cadencia). Para decirlo en pocas palabras: Groys imagina que las tendencias participativas y colaborativas ("relacionales", diría Nicolas Bourriaud) del arte contemporáneo tienen su acta de nacimiento en las ideas de Richard Wagner sobre la Gesamtkunstwerk, "la obra de arte total". Las fuentes para sostener esta especulación son los escritos de un período apretado del pensamiento wagneriano, el que va de 1848 a 1850, es decir, el momento de mayor compromiso del compositor con la izquierda revolucionaria. La de Groys es una intuición formidable, pero no va al fondo.

Esos escritos de Wagner -pretenciosos, selváticos- tienen más tela para cortar. Dos detalles nada más tomados del ensayo "El arte del futuro" que Groys pasa por alto. El primero: "Danza. Música. Poesía. Su indisolubilidad. Cada una crece de las otras". Esta frase importa porque, en su sencillez, da a entender que la obra de arte total no es acumulativa sino disolvente: es la posición de un músico que quiere disolver los límites de la música con las demás artes.

El segundo: "El auténtico inventor fue desde siempre sólo el pueblo, los distintos individuos llamados inventores no hicieron sino aplicar la esencia del invento ya conseguido a otros objetos similares; los inventores no son sino seductores. El individuo no puede crear sino únicamente apoderarse de lo creado". A la unificación de las artes, su disolución de unas con otras, le sigue la unificación popular, comunitaria (o comunista) de las artes bajo la forma de una recuperación del ritual. Después de todo, ¿no fueron rituales las aventuras de Fluxus? ¿No lo fueron los happenings?

Tal vez no fuera eso lo que Wagner tenía en mente (hay que imaginarse ese ritual más bien en Parsifal, a la que llamó, no nos olvidemos, "festival sacro"), pero de todos modos ayudó a crearlo. Fue ése, más que sus dramas, su verdadero mensaje en la botella. Esta construcción, imposible de advertir en el siglo XIX, nos permite ver que la música, que suele retrasarse respecto de las artes visuales, llegó una vez temprano, y dispuesta a sacrificarse a sí misma.

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