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Los 15 años del Malba: Un sueño que maduró y seguirá creciendo

Anoche, en la gala aniversario, se anunció la ampliación del museo que, como principal celebración, replantea su muestra permanente

Viernes 16 de septiembre de 2016
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PARA LA NACION
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Agustín Pérez Rubio, director artístico de Malba, da los últimos cambios al montaje
Agustín Pérez Rubio, director artístico de Malba, da los últimos cambios al montaje. Foto: Maximiliano Amena

El Malba cumple quince años y no sólo brilla por la semana festiva que comienza hoy. El aniversario coincide con dos grandes pasos que van en una dirección de madurez, hacia la historia del arte que cuenta y respecto del contexto en que lo hace. Por un lado, el nuevo planteo de su exposición permanente es más que un formidable conjunto con los mejores artistas del continente latinoamericano: el modo en que lo muestra parte de las características propias de esta región y en forma independiente de las miradas europeizantes. Y, por otro, piensa ampliar su misión social con una nueva sede del museo en el barrio Saldías, como anunció anoche durante la gala Eduardo Costantini.

Quizás el principal regalo que el museo se da a sí mismo es la nueva exposición que le cambió la cara al primer piso. Tras un mes de tirar paredes, mover luces y cambiar de lugar el ingreso, justo donde desemboca la escalera mecánica, Verboamérica propone otro viaje en 170 pinturas, dibujos, fotografías, videos, documentos históricos e instalaciones. Setenta más que en la muestra anterior.

El orden ya no se rige por estilos ni cronologías, sino por ejes temáticos que agrupan artistas de distintos tiempos y lugares, y mayor variedad de disciplinas, con un mismo objetivo: hablar de América latina desde una perspectiva descolonizada. "Tratamos de captar cómo el continente fue vivido más que cómo fue clasificado. Más los verbos que los sustantivos", señala Andrea Giunta, curadora junto con el director artístico, Agustín Pérez Rubio.

Claro que siguen estando los tesoros de la colección: Tarsila do Amaral, Roberto Matta, Frida Kahlo, Joaquín Torres García y David Alfaro Siqueiros, pero ya no todos juntos, sino que hay que ir descubriéndolos en diferentes salas, en diálogo con obras históricas y contemporáneas incorporadas en los últimos años. Tampoco hay paredes celestes ni luces tenues y el mural indigenista de Berni no tiene una sala aparte sino que está integrado a la exposición. "Ha subido mucho el porcentaje de mujeres y el de países representados", dice Pérez Rubio. Las obras que balconeaban al hall central tampoco están más ahí; hay un collage de citas y videos para ir poniéndose en clima. "El mundo cambia en un instante y nacemos en un día", dice Gabriela Mistral, entre otros pasajes de Borges, Arlt, Walsh, el Popol Vuh y Clarice Lispector.

Los ocho núcleos temáticos se suceden sin un orden necesario. La sala central está regida por el Hongo Nuclear de León Ferrari, que parece crecer en medio de la sala. El tema es "el principio", y las formas circulares se repiten en la pared y el espacio. El origen, la creación, la destrucción y la innovación se repiten en obras Los desastres del misticismo, de Roberto Matta, y Vida, muerte y resurrección, de Víctor Grippo.

A la derecha, las piezas de Joaquín Torres García coronan la sala de Mapas, geopolítica y poder, donde el verde del Manifiesto de Nicolás García Uriburu se refleja en el lingote de oro de Mathías Goeritz, Mensaje dorado. Hay mapas como Orden global, de Guillermo Kuitca, es una de las tres piezas que no es de propiedad de Malba ni de la colección privada de Costantini, sino un préstamo del artista (las otras dos son un De la Vega y un Kemble). El pequeño dibujo de Siqueiros, Accidente en la mina, es uno de los ingresos más preciados (boceto de un mural que está en el Museo Nacional de Arte de México).

La Ciudad Abstracta se refleja en el mapa calado de Buenos Aires de Jorge Macchi, que se expone rodeado por fotos de Horacio Coppola. Hay una pieza de Lidy Prati que fue restaurada y en una vitrina, la famosa Revista Arturo (1944) con la tapa ilustrada por Tomás Maldonado. Ahí quedó un pequeño Le Parc: los niños extrañarán, por ahora, sus obras cinéticas. Pero la idea es que la muestra no permanezca estática, que las piezas roten.

En marzo de 2017 llegará el Diego Rivera que fue récord (Baile en Tehuantepec, adquirida en mayo por US$ 15.7 millones). Pero en la muestra está Retrato de Ramón Gómez de la Serna, que da paso a la Ciudad Letrada (antes estaba entre el retrato de Frida Kahlo y el Abaporu, por lo que quizá a muchos les parecerá la primera vez que lo ven). "Nos hemos arriesgado a mostrar obras de otra manera", dice Pérez Rubio. Arruga, de Liliana Porter, una serie de diez fotos que van desde una hoja de papel hasta un bollo, se muestra apilada en una columna, con permiso de la artista. Jerusalén y Laberinto de Jerusalén, de Goeritz, son nuevas adquisiciones que estaban exhibidas en el Reina Sofía.

Trabajo, multitud y resistencia va de Manifestación, de Berni (que ya no tiene marco dorado sino uno de lapacho similar al original) a La familia obrera, de Oscar Bony, pasando por la obra para escuchar desde dos parlantes de Ana Gallardo, Currículum laboral. Campo y periferia pasa del bucólico paisaje de José Cúneo, Luna y enramada, al conurbano marginal retratado por Berni en La gran tentación (dando unos pasos hacia atrás, las dos grandes obras del maestro rosarino se ven simultáneo). Hay también contemporáneos como el fotógrafo Eduardo Gil y Francis Alÿs, con un video de una ruta patagónica y su eterno espejismo.

Ahí termina el recorrido y hay que volver a la sala principal para llegar a las salas que se abren a la izquierda (o viceversa). Del Abaporu de Tarsila do Amaral, estrella de la colección, sale hacia un lado el núcleo referido a cuestiones de género y cuerpos insubordinados: la parodia de Las dos Fridas de las Yeguas del Apocalipsis, los bordados de Feliciano Centurión, el Batato de Marcia Schvartz, el rompecabezas de cuerpos de Jorge de la Vega y una de las piezas donadas por Garabito. Y hacia el otro, América negra, América indígena, donde están los Figari y el Autorretrato con chango y loro, Frida como india tehuana, en diálogo con Cuatro Cholas de Xul Solar y con Silueta de fuego de Ana Mendieta. Hay también una obra de Orozco, piezas prehispánicas y quince pósters "pop achorados" sobre la reforma agraria de Jesús Ruiz Durand.

En estos quince años, el acervo se triplicó (hoy llega a 590 piezas), y ésta es la vigésima versión de la muestra permanente, resultado de una investigación de dos años que implicó una catalogación exhaustiva del acervo, aún en curso. Ya participaron más de 90 especialistas de doce países en la redacción de 255 fichas de obra. Haciendo ese trabajo, el investigador Gonzalo Aguilar descubrió un error en la catalogación de una obra de Hélio Oiticia: la pieza antes conocida como Bólide es en realidad B29 Bólide-caixa 16 (variação do Bólide-caixa 1), y no estaba pensada para exhibirse acostada sino de forma vertical, como se ve ahora.

"Esto no es sólo una exposición; es el final de un proceso", dice Pérez Rubio. Parte de él es un glosario que incluye términos relacionados con procesos culturales y políticos de América latina, al que en el sitio web de Malba se pueden sumar nuevas entradas.

Otra sede, con misión social

Tras ver un video que repasó los mejor de los 15 años, con música en vivo de la Orquesta Juvenil de Villa Lugano, Eduardo Costantini anunció anoche en una gala para Amigos, que Malba abrirá un nuevo museo. Estará a la misma altura, por Salguero, pero al este de las vías del ferrocarril Belgrano, con la idea de tender un puente cultural con los barrios Saldías, 31 y 31 bis.

Aún no están claras las características del edificio ni qué se podrá ver allí, pero tras anunciar la novedad el fundador del museo invitó a contribuyentes, empresarios y coleccionistas a participar en esta obra que será sede de programas sociales, educativos y culturales, además de un espacio inclusivo y accesible a todos los vecinos. Además, Pág 20, Urbanizarán el barrio Saldías.

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