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La felicidad es una caja de galletitas

Viernes 23 de septiembre de 2016 • 20:10
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Creo saber por qué desde siempre el sábado es el mejor día de la semana. De chicos, pese a que mamá nos levantaba temprano para ayudar en la casa -pasar el blem a los muebles, lustrar los zapatos, hacer algún mandado- la recompensa llegaba a la tarde cuando nos invitaba a acompañarla a la masitería. El lugar que recuerdo es luminoso, con paredes cubiertas de estantes donde se apoyaban esas cajas mágicas. Con mi hermano nos focalizábamos en el centro vidriado que dejaba ver las galletitas: sonrisas, obleas, variedades, rumba, panchitas, vainillas, de miel. Como nunca terminábamos de decidirnos por una, llevábamos un cuarto de kilo de varias. No había que olvidarse las de café, que a los chicos no nos gustaban, pero a los grandes sí.

La felicidad era completa cuando mamá decidía comprar una caja. ¡Una caja de galletitas de chocolate! Sí, pero no era cuestión de ir a servirse: quedaba guardada en la pieza del patio y sólo un mayor podía buscar algunas para la merienda. Aunque a la siesta, horas en las que estábamos conminados a dormir pero eso no ocurría nunca, nos escapábamos para el patio a comer furtivamente de la caja prohibida. Luego, con los dientes manchados de chocolate, nos sentábamos con almohadones en el suelo a mirar alguna telenovela de las que tampoco teníamos permiso para ver (Dos para una mentira, con Horacio Ranieri y Marco Estell, es una de las que más recuerdo).

Esa masitería de mediados de los 80 que había en mi pueblo, en Córdoba, cerró unos años después. La variedad de productos empaquetados expuestos estratégicamente en las góndolas pudo más que la placentera excursión infantil de sábados por la tarde. Y eso pasó no sólo en mi pueblo: casi se borraron los locales de comida por peso en el país. Ahora parece avizorarse un retorno de este tipo de negocios.

En estos días, cuando mi mamá me da la noticia de que en el pueblo reabrió la masitería -El viejo almacén, se llama- dice que se acuerda de aquellas excursiones con nosotros. "Para ustedes era un encanto ir, el mejor paseo". Pero dice, también, que rememora su propia niñez. En su época, la mayoría de los almacenes usaba ese sistema. Y empieza a describir las despensas de entonces, con cajones de madera encastrados en las paredes: ahí había yerba suelta, azúcar, fideos, polenta, arroz, frutas secas, pan. Y las latas de galletitas (esas mismas que ahora se venden en más de 500 pesos en las casas de decoración más top de Buenos Aires). Recuerda que algunos clientes le pedían al despensero esas latas ya vacías para tenerlas en casa y usarlas para guardar distintas cosas (en la suya hubo muchos años una como costurero).

¿Cómo es que esos recuerdos de algo tan cotidiano ocurrido hace tanto están intactos? Converso con la psicoanalista Andrea Aghazarian sobre los recuerdos infantiles y ella dice que "cuando una vivencia del presente como adultos nos trae un recuerdo de la infancia, no es sólo un dato o una historia a modo de relato la que adviene a nuestra conciencia sino, también, la carga afectiva que tuvo esa experiencia infantil". Dice, también, que los recuerdos que permanecen desde la infancia son aquellos que nos marcaron cuando niños, que significaron una vivencia afectiva fuerte

Rememorar un sábado de tarde dedicada a la placentera tarea de elegir galletitas puede parecer nimio a los ojos de un adulto, pero nada más lejos de eso: nos traen todo un mundo vivido en la infancia. Y cuando recreo, vívido, el gesto de aquella vendedora de galletas vuelvo a ser (de algún modo) la niña que fui.

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