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Las cartas secretas: Kahlo y Rivera, por fin al desnudo

Epístolas y notas recién halladas arrojan luz sobre la relación extrema entre los artistas

Domingo 25 de septiembre de 2016
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PARA LA NACION
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Autógrafo de Frida en una foto de infancia de Rivera
Autógrafo de Frida en una foto de infancia de Rivera.

CIUDAD DE MÉXICO.- Fueron escritas hace más de medio siglo, pero algo de la cursiva alargada todavía revela los dobleces de la intemperie; las trampas de la mente a los amantes desesperados, los tormentos del cuerpo dolorido e insatisfecho. La cartas de Frida Kahlo a Diego Rivera regresan a la luz los pliegues de una mujer apasionada, pero también recuerdan una verdad dramática: sin entrega absoluta, no existe el amor verdadero. ¿Cómo alcanzarlo si no se arriesga todo el ser? El problema se presenta cuando la entrega es de un solo lado, y del otro la pasión es alternada con otras.

Se trata de un número impreciso de cartas que la pintora mexicana escribió a lo largo de su vida. Algunas fueron halladas en la Casa Estudio de Frida y Diego, en colonia San Angel de CDMX, y en el Museo Casa Azul, en Coyoacán, que suman desvelo por aquellas que, se sabe, se encuentran desperdigadas en otras partes del mundo. Muchas de ellas las intercambió con el muralista entre fines de los años 20 del siglo pasado y la década del 40, durante la alternancia de sus estadías en México, Nueva York o París. Una parte de ellas fue expuesta en la muestra Correspondencias en la Casa Estudio semanas atrás, tras un minucioso análisis de más de 200 documentos custodiados por el Centro Nacional de Documentación e Investigación de Artes Plásticas (Cenidiap), que depende del Instituto Nacional de Bellas Artes.La muestra incluyó las respuestas de su gran amor y mentor, Diego Rivera, así como las misivas que éste enviaba contemporáneamente a otras musas, como Dolores del Río o María Félix.

El contenido agónico de Frida, su imagen emergiendo desde el corsé que la atrapaba a su cama, los colores oaxaqueños traspasando las fotografías en blanco y negro, se filtra en las cartas y genera empatía con el espectador. Las más llamativas acaso sean las posteriores a su divorcio en 1939. "Te quiero más que a mí misma y no sé ni qué hacer sin tí [...], hasta que no ahueque el ala te querré", le escribe a comienzos de 1940. Ese mismo año, el 3 de junio, Diego la trata de "muy señora mía" en una carta poder en la que le indica: "Queda usted autorizada para sacar de mi casa los objetos que juzgue usted necesario y para depositarlos en donde le parezca más conveniente".

Nueve días después, Rivera le escribe desde el hotel Californian de San Francisco a la actriz Dolores del Río. Le recuerda a su "maravillosa Lolita" que es "admirador de la muchacha más preciosa" que ha visto en su vida ("y que eres tú") y le pide que le envíe saludos "al más afortunado de los hombres que es Orson Welles", con quien la actriz mexicana estaba en pareja. Meses después, en un telegrama a París a María Félix, Rivera le dice: "Te extraño mucho y te adoro vivo solo para verte dime cuándo iré por tí".

Aunque revolucionaria y liberal, Frida había decidido ser la sombra guardiana de su marido, como lo sugiere una carta del viernes 27 de mayo de 1947, en la que lo llama "niño de mis ojos, mi amor", donde le pide "las llaves de San Angel", donde está la Casa Estudio de ambos, "para que se haga una buena limpieza".

Quizás porque la fama no estaba en su horizonte, es que no trabajó para la posteridad: ninguna instrucción dejó para el destino de sus cartas, de acuerdo al INBA, encargado de la custodia de ese acervo. "No era la Frida que hoy conocemos, entonces se estaba abriendo camino. Jamás imaginó a lo que llegó", explicó el investigador Eduardo Espinosa, que trabajó en la curaduría de la muestra, tras revisar esos "tesoros", que hoy yacen en la torre de investigación del Cenidiap, en un área reservada con control de temperatura, aisladas en cajas libres de ácido. Su correspondencia, sellada con labial colorado las dirigidas a su esposo, sugieren el aire de la intemperie, su cuerpo traicionero cortándole el aire como un cuchillo.

El hecho de que no se conozcan instrucciones para sus cartas confirma que fueron escritas para un solo destinatario. Cuando esto ocurre, el remitente no piensa en la posteridad. A diferencia de un diario, vinculado al futuro, las cartas están atadas al presente. El presente de Frida era su urgencia por vivir, la de moldear un yo que se creaba a medida que desgastaba sus heridas sobre el papel.

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