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Violencia sonora

Viernes 30 de septiembre de 2016
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La ausencia de una cultura de respeto a los derechos de los otros es uno de los rasgos más sobresalientes de quienes vivimos en la ciudad de Buenos Aires. Eso explica por qué la vida cotidiana en la ciudad es bastante dura y a veces agobiante, también en lo que hace al ruido. Entre bocinazos y ruidos de los autos, el bullicio, los gritos, las sirenas, los circuitos gastronómicos, locales de esparcimiento, discotecas y zonas muy transitadas, los porteños muchas veces quedamos expuestos a niveles de ruido que superan lo tolerable.

Casi nadie acata las normas mínimas de convivencia, que van desde las regulaciones de tránsito hasta las que reglan el ruido, y muy pocos se toman el trabajo de pensar en el daño que les pueden causar a los demás al violar esos preceptos.

Esa conducta generalizada se ve favorecida por la poca efectividad de las autoridades cuando de hacer cumplir las normas de convivencia se trata. Por eso, las infracciones quedan impunes y se repiten.

Los ruidos molestos son una de las principales contravenciones denunciadas en la ciudad de Buenos Aires, superando en el primer trimestre más de tres mil casos. Una problemática que los especialistas y las autoridades judiciales vinculan con una falta de asimilación de las reglas pertinentes por parte de quienes causan ruidos a volúmenes exorbitantes.

El registro de la Fiscalía General de la ciudad cuenta con un total de 3085 denuncias por ruidos molestos en el primer semestre de 2016. Desde el barrio porteño de Palermo, el organismo recibió 551 alertas, seguido muy por debajo por Recoleta, con 224, y Caballito, con 193. Al respecto, el fiscal Martín Lapadú manifestó que "el ruido molesto es una de las contravenciones de la ciudad de Buenos Aires más denunciadas".

Según la Organización Mundial de la Salud, lo máximo que soporta un ser humano son 70 decibeles. A partir de los 70 y hasta los 80, se pueden producir daños físicos y emocionales. Por ejemplo, 90 es el sonido de las sirenas de las ambulancias; 100 decibeles produce el motor de un colectivo en mal estado al frenar, y también el martillo mecánico; 110 soporta quien baila en un boliche; 120 generan los parlantes traseros de un automóvil a volúmenes altos; 130 produce un trueno, en 600 metros a la redonda, y 140, un jet inmediatamente antes del despegue.

El ruido puede, entre otros trastornos de salud, producir cefalea, dificultad para la comunicación oral, disminución de la capacidad auditiva, perturbación del sueño y el descanso, estrés, neurosis, depresión y molestias como zumbidos en forma continua o intermitente.

El primer estudio sobre el nivel de ruido y el medio ambiente en la Argentina, realizado por GAES Centros Auditivos, demostró que más de la mitad de la población encuestada (61%) se siente perturbada por ruidos molestos en sus casas o barrios, y un 49% en sus lugares de trabajo. Entre los ruidos más odiados se encuentran el del tráfico, con el 57%; las obras en construcción, con el 46%, y los ladridos, en un 37% de los casos.

Las claves para erradicar, disminuir y controlar este tipo de contaminación sonora pasan por la educación, el respeto a las normas de convivencia y la efectiva aplicación de los controles adecuados y de las sanciones en caso de incumplimiento. Y, aunque ya nadie podría suscribir aquello de que el silencio es salud, lo cierto es que, a medida que suben los decibeles, las grandes ciudades parecen verificar aquello que una vez escribió Sartre: el infierno son los otros.

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