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El dilema de ser anciano en el siglo XXI.

Frente a la soledad sufrida a una soledad ganada

Viernes 30 de septiembre de 2016 • 14:37
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Por la Mag. Mari´a Dolores Dimier de Vicente- Doctoranda en Humanidades, directora de la carrera en Orientación Familiar del Instituto de Ciencias para la Familia. Universidad Austral

Hablar de ancianidad, ma´s alla´ de lo inevitable de la vida, invita a reflexionar con profundidad el misterio de la propia finitud, de la propia vejez y de la propia muerte. Trascenderlo permitiría conservar un interés activo por lo que la vida espera del anciano. En este logro de integridad personal se plasma el sentido de la propia vida.

Una etapa vital en la que prima una crisis de la propia identidad debido a la pérdida de algunas capacidades, habilidades y oportunidades, que condicionan al adulto mayor en el despliegue de su autonomía, y que reclama la aceptación de la pérdida, de lo que "ya no es", del paso de los an~os.

El desafío que enfrenta el adulto mayor en una sociedad como la actual, exige aprender a "saber vivir" con la realidad del momento; sabiduría que ofrece la serenidad necesaria que alivia frente a la exigencia cultural del "descarte" que intenta imponerse. Formas etnocéntricas de vida que llevan al individualismo y a la pérdida de lazos solidarios, reflejan una sociedad más preparada para recibir que para aportar. Posicionarse frente a ella, no implica conservar una visión sesgada de una realidad vital, sino que por el contrario, se trata de descubrir y afirmar su insustituible contribución para el futuro de las próximas generaciones.

Las familias actualmente distan del modelo predominante de la primera mitad del siglo XX, prolifera una estructura más estrecha y extendida, co-existiendo temporalmente tres y hasta cuatro generaciones. Esta predominancia del "eje vertical familiar", reclama un mayor compromiso entre los vínculos de las distintas generaciones a favor del mantenimiento de la vida cotidiana, convirtiéndose el adulto mayor de este modo, en una pieza esencial de las redes familiares, por su capacidad de ayuda y asistencia a la familia, en muchos casos por exigencias laborales o económicas de los hijos. Antes, eran los descendientes el cobijo de los padres en la vejez, pero en la actualidad esta ayuda se ve reducida o invertida, cuando los mayores adquieren (debe adquirir) un rol activo en la asistencia a la familia de sus hijos. Por otro lado, el aumento de la esperanza de vida, demanda de los abuelos el cuidado de sus propios padres seguramente ya incapacitados.

El papel relevante que tiene el adulto mayor o el anciano como aporte ineludible en los vínculos intergeneracionales, plantea un nuevo desafío, ya que sin desconocer los nuevos estilos de vida del adulto mayor, que intenta conservar su autonomía personal y su protagonismo, se enfrenta a las demandas provenientes de las familias de sus propios hijos y en el cuidado de los ancianos, mientras debe asumir la pérdida de sus seres queridos como una realidad biográfica.

Según el Observatorio de la UCA , 1 de cada 3 ancianos carece de amigos íntimos; 7 de cada 10 personas mayores no se reúnen habitualmente para desarrollar actividades recreativas o lúdicas. Y sólo 1 de cada 10 personas mayores participa en clubes sociales o deportivos y/o centros de jubilados.

Saber vivir implica responder adecuadamente a las cuestiones que proyecta la propia existencia; la pregunta por la vida personal se impone y lo enfrenta al anciano a una única respuesta: su propia vida. Es una etapa vital que permite gozar de una soledad deseada y ganada en la riqueza de la interioridad que brinda la satisfacción de expectativas cumplidas y los vínculos que supo enlazar; así enfrenta la ausencia de tantos seres queridos, trasciende el aislamiento o los sentimientos de soledad, porque no es lo mismo sentirse solo que estar solo.

El adulto mayor atesora un enorme potencial fecundo de valores incalculables para la vida de los demás, que puede transmitir en cada palabra impregnada de calor humano y de esperanza cuando siente que, lo vivido, "ha valido la pena". Valores que permiten humanizar la sociedad distinguiendo la gratuidad frente a la competencia; el sosiego frente al apuro cotidiano.

La familia continúa siendo el primer factor de apoyo de los adultos mayores. El estudio realizado por el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral muestra que para el 75% de los argentinos, la familia es muy importante. Sin embargo en los aspectos prioritarios para el logro de una buena calidad de vida familiar, sólo el 7% de los argentinos considera relevante, la presencia de los abuelos en la vida cotidiana. Sin embargo, entre el 80 y 90% de los argentinos (dependiendo del lugar de residencia) asegura que es responsabilidad y una necesidad imperiosa de los hijos ayudar económicamente a sus padres en estado de vulnerabilidad propia de la edad o de su incapacidad de subsistencia. Cabría entonces compararlo con aquellos que marcan que cuatro de cada diez argentinos consideran que una buena política laboral debería contemplar la flexibilidad horaria para atender las necesidades no sólo de los hijos, sino también de sus familiares a cargo.

Esta invitación a fortalecer las relaciones intergeneracionales, exige sabiduría, entendida como el "saborear" y "saber reconocer de la vida", la experiencia adquirida a lo largo del trayecto. Como las "recetas de la abuela", esas que nos permitían percibir el olor y la calidez del hogar, que solo se pueden transmitir desde la realidad de las personas y de sus vínculos. Despreciarlos implica una pérdida irreparable para la humanidad.

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