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¿Qué fue de aquellas pocas (buenas) fotos de antes?

Sábado 08 de octubre de 2016 • 00:02
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A las 14.30, cuando abre este pequeño negocio en un pasaje escondido en el barrio de Palermo, siempre hay una cola de gente esperando. No bien se levanta la persiana es un constante entrar y salir de gente: llega una chica de unos 20 y pico baja de su bici: mini, medias finas negras rasgadas, borcegos; viene un jovencito flaco con unos pósters debajo del brazo; una señora que ronda los 50 baja de su auto caro; un muchacho estaciona su fiat 1500 impecable y también entra; una pareja de treintañeros sale; dos señoras ya mayores entran. Así a cualquier hora de la tarde. Desde la compacta vidriera se ven cámaras de fotos de distintos colores y formas.

Una vez adentro aparecen las fotos "de antes". En cajones etiquetados se guardan los rollos. Cuánto hacía que no escuchaba a alguien pedir un rollo de 36 fotos. También hay papel fotográfico, líquidos para revelar, lentes, estuches para cámaras.

-¿Me las podés revelar para hoy? - pregunta un cliente

-No, imposible.

-Una vuelta me lo habías hecho.

-Sí, pero cambió radicalmente. Tengo un montón de laburo. Para el martes, como mucho. Y te tengo que cobrar más. Si no, en una semana las tenés.

En una pared, fotos en papel dibujan una especie de mural con imágenes que se consiguen con cámaras analógicas a la venta en el local. Hay fotos que viran al rojo o al azul o están superpuestas o con efecto cine; son instantáneas que arrojan las cámaras de antes.

Foto: Facebook C41-Photo

Estar aquí es recordar aquella vieja cámara que, en mi familia, estaba entre las piezas más valiosas y delicadas. Me acuerdo que mamá compraba un rollo grande, de 36, que resultaba más barato, y lo ponía en uso para un acontecimiento: vacaciones, algún cumpleaños, un egreso. En general, no se gastaban todas para una ocasión. La máquina se guardaba y en otro momento importante se usaban las demás. A veces, no se terminaba más el rollo, entonces pedíamos por favor usar las últimas fotos así podíamos revelarlas de una vez, que ya ni nos acordábamos qué tenía adentro, protestábamos con mi hermano. Esas son las fotos de final de rollo en las que estamos haciendo cualquier cosa: por ejemplo, hay una en la que poso con el teléfono de línea recién instalado; otra, en la que está mi papá llenando cartuchos para ir a cazar y nosotros con mi hermano mirándolo hacer; otra con mi abuela y una prima un día cualquiera con el fiat 600 blanco de fondo en el garaje, y así. Eran los años 80.

Después, también estaban las fotos de estudio para las que nos preparaba mamá. Decía que había que tener fotos "bien sacadas" cada tanto, "fotos como la gente". Y el fotógrafo nos llevaba a la plaza del pueblo y ahí nos sacaba posando quietitos; también nos tomaba otras en su estudio con un cortinado rojo de fondo. Luego, eran las fotos que mamá decidía ampliar, papá les hacía un marco de madera y se colgaban en el comedor de casa.

Como escribió Susan Sontang en 1975 en Sobre la fotografía: "La fotografía se transforma en rito de la vida familiar". Pero, como también escribió esta lúcida intelectual: "Las cámaras son máquinas que cifran fantasías y crean adicción". Y se refiere a "un consumismo estético al que hoy todos son adictos".

Pero, ¿habrá grados de adicción? Porque, no vayamos al límite de las personas que mueren en el intento por tomarse una selfie para subir a las redes sociales, detengámonos antes: igual se perciben exageraciones. Basta con conversar con algún conocido que tomó más de mil fotos en un viaje de una semana o asomarse a los muros de facebook o instagram convertidos en álbumes infinitos. ¿Alguien mira esas fotos? ¿Alguien las contempla unos instantes o sólo se apresura a clickear "me gusta" para dejar conforme al posteador serial?

El otro día, mi amigo Alejandro Viedma en un café -sin saber de esta columna- sacó un sobre de papel madera con tres fotos suyas. Las llevaba en un bolsillo interno de su campera, atesoradas cerca del pecho. Lo vi abanderado en séptimo grado con un fondo de compañeros que lo aplaudían; lo vi con cara de desconcierto caído en medio de la nieve en Bariloche; lo vi recibiendo el diploma de licenciado en Psicología. Lo vi, lo contemplé, lo conocí más.

Con él nos encontramos en Buenos Aires ya de grandes: sus padres vinieron de Paraguay hace más de 40 años, yo nací en una familia de clase media en el interior de Córdoba. Pero compartimos la vivencia en torno de las fotos: había pocas y cada tanto algún domingo de sobremesa sacábamos los álbumes para mirarlas. Nos sentimos parte de lo mismo.

¿Lo digital dejó algún resabio de aquello? ¿Tendrá que ver con esa gente que veo que se acerca a uno de los pocos negocios que aun vende rollos y máquinas analógicas? La fotógrafa, artista y curadora Carla Barbero me dice que en el uso doméstico, donde se intenta preservar la experiencia, hoy la imagen digital es omnipresente. "Pero tampoco considero a unas tecnologías por oposición a las otras. Sí creo que lo analógico es referenciado desde cierta nostalgia, porque pensamos a esas fotografías como contenedoras aún de cierto aura", dice. Y sostiene que unas viven por las otras.

Dos tiempos distintos: la memoria en un rollo de película, producto de una composición cuidadosamente dispuesta a la espera de un clic (te tomabas tu tiempo, no podías sacar 20 fotos casi iguales sino una o dos) y la memoria en infinitas imágenes que saturan teléfonos celulares, cámaras digitales, dvds y discos rígidos, cosechadoras de "me gusta" y compartidos en redes sociales. La nostalgia por la foto como objeto convive con la inmediatez y la velocidad de la información.

Suena el timbre en la casa de mis padres. Es domingo por la tarde. Una amiga de mi madre llega con el álbum de 15 de la hija mayor. No conozco a casi nadie, pero me dispongo a disfrutar de ese viejo ritual.

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