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Vocación y docencia

Martes 11 de octubre de 2016
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Vocación es un término que merece ser comprendido y valorado, especialmente por los adolescentes que eligen una profesión. Palabra derivada del latín, aludió en su origen a un llamado de carácter providencial que movía a ejercer una profesión vinculada a una concepción del mundo y de la vida de carácter religioso. Gradualmente, el término vocación se fue desprendiendo de ese sentido exclusivamente trascendente para referirse a las diversas profesiones para las cuales se preparan los jóvenes. Hoy se habla auténticamente de "vocación" cuando se manifiesta en ellos un afán de ser y hacer definido, constructivo y valioso, incorporado en un proyecto de vida.

Cuando las profesiones nacen de vocaciones genuinas, una vez completada la etapa formadora, los graduados se consagran a trabajar y, en el curso de sus variadas experiencias, van ganando prestigio y consideración. Así ocurre con los docentes identificados con su tarea y su misión. Es el caso, siempre apreciable, de quienes han volcado sus habilidades y su espíritu realizador para lograr la mejor capacitación y desarrollo de quienes aprenden con ellos.

Las cualidades de los docentes de vocación encuentran su ocasión de mostrarse acabadamente cuando las circunstancias de tiempo y espacio, o los problemas que puedan padecer los alumnos, crean condiciones de especial dificultad y rigor en la vida escolar y demandan esfuerzos mayores para que la labor docente pueda cumplirse con la eficacia esperada. En esas circunstancias se ponen a prueba la vocación y el deseo de responder positivamente a las expectativas depositadas.

Hace unos días, se consideraron en las columnas dedicadas a la comunidad tres casos ejemplares de docentes, dos maestras y un maestro, que cumplen su tarea en distintos escenarios del país. La primera es Delia Albert, de la escuela La Concepción, ubicada en el área del Delta, en Tigre. Esta maestra hace más de 22 años que trabaja en una escuela católica dependiente del Obispado de San Isidro. Sobrelleva las alternativas de las periódicas crecientes del río y los inconvenientes climáticos naturales que se hacen sentir en la zona. La población escolar es de condición vulnerable, lo que acrecienta las dificultades de su labor.

El segundo ejemplo es el de Juana Miranda, que ejerce en una escuela rural en paraje Villa del Agrio, a 280 kilómetros de la ciudad de Neuquén. En una única aula debe enseñar a diez alumnos de diversas edades que cursan distintos grados. Ha debido aprender cómo conciliar las clases con distintos niveles de enseñanza. Es oportuno señalar que en el país un 30% de las escuelas rurales cuentan sólo con un docente.

Por último, Luciano Veraldi, en la Escuela Nº 8 Julio A. Roca, en la ciudad de Buenos Aires. Asume el rol de maestro integrador con cuatro chicos que presentan dificultades de aprendizaje, que requieren un trato distinto. La tarea es ardua, pero felizmente el docente, recibido también de psicólogo, va superando los problemas.

En palabras de Agustina Blanco, directora ejecutiva de Educar 2050, la calidad del docente "incluye no sólo los aprendizajes académicos, sino también las competencias emocionales y valorativas. No puede faltar ninguno de esos componentes". Coincidimos plenamente.

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