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La ruleta de todos los octubres

Pedro B. Rey

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LA NACION
Miércoles 12 de octubre de 2016
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La colección, de tapas azules y letras doradas, todavía ocupa un rincón excesivo en la biblioteca. Muchas veces consideré sacármela de encima, pero puede más el factor sentimental: fue la primera serie de libros que compré por las mías, semana a semana, agenciándome como podía el valor de cada entrega. Algunos autores de los títulos, en orden cronológico, resultan tan insólitos que parecen imaginarios: Paul Heyse, Verner von Heidenstam, Karl Gjellerup, Sigrid Undset, Erik Karlfeldt. Los otros, los más conocidos (Rudyard Kipling, Luigi Pirandello, Thomas Mann, Juan Ramón Jiménez, Albert Camus) no necesitan presentación. Un rompecabezas así de combinatorio, tan heterogéneo como fácil de criticar, compone la larga lista de autores que recibieron el Premio Nobel de Literatura, que empezó a otorgarse en 1901 y mañana agregará otro nombre a su arbitraria constelación.

Cuando se publicaba aquella colección de quiosco todavía vivía Borges (ausente estelar de ese padrón híbrido) y el premio gozaba, por mi parte, gracias a esa omisión, de una ansiosa antipatía. Para el adolescente que era entonces, la acumulación de esos volúmenes escondía un costado lúdico: nunca se sabía si la rueda de la fortuna propondría un desconocido que valía la pena leer (Saul Bellow, Eugenio Montale) o una indigesta novela rural danesa (del añoso Henrik Pontoppidan). Al mismo tiempo, cada octubre empezó a invitar a una tómbola contemporánea: imaginar quién podía ganarlo el año en curso. Todavía hoy, cuando es evidente que a los antojos suecos se les otorga una importancia desmesurada, descubro que muchos se entregan a esa adivinación. Un amigo que vivió en Suecia y conoce los mecanismos de los académicos me dice: "Este año le pongo una fichita a Ismaïl Kadaré" (no creo: el albanés hizo altisonantes declaraciones durante la guerra de Kosovo que lo dejan fuera de carrera, aunque quién sabe). Otro quiere apostar una cena que esta vez sí le toca a Philip Roth (acepto el desafío: hace años uno de los electores dijo que durante mucho tiempo no lo ganaría un estadounidense, veto que se ha cumplido de manera inexorable). Por mi parte (aunque me sumo a la campaña por César Aira), arriesgué el nombre del portugués Antonio Lobo Antunes. Seguramente falle: al parecer, el nombre puesto, por cuestiones geopolíticas, es el de Adonis, un sobrevalorado poeta sirio que viene remando por el premio desde hace décadas.

El supuesto peso consagratorio del Nobel tal vez no sea más que un efecto de arrastre: aspiraba a la globalidad cuando ésta recién empezaba a quedar en evidencia. En sus comienzos fue satisfechamente endogámico. Con la excepción del exótico indio Rabindranath Tagore (que lo recibió en 1913), los nombres de las tres primeras décadas barajan consagrados europeos del momento (George Bernard Shaw, Maurice Maeterlinck, Gerhart Hauptmann, Knut Hamsun, Anatole France) y algunos apellidos de mucho menos lustre. Hubo que esperar a 1930 para que lo obtuviera un estadounidense (Sinclair Lewis) y a 1945 para que lo recibiera alguien de lengua española: la chilena Gabriela Mistral. A partir de ese momento, el premio, más plural, siempre calculador, estableció el canon dispar del que terminarían formando parte, por citar unos pocos, André Gide, Ernst Hemingway, Heinrich Böll o Gabriel García Márquez.

Miro los lomos de la colección azul, que termina con el último galardonado de entonces, William Golding (1983), el autor de El señor de las moscas. La lectura más o menos sistemática de esa colección funcionó sin querer como una educación crítica. Pronto se volvía inevitable comparar. Era evidente que convenía seguir explorando a William Faulkner, André Gide o Boris Pasternak y que ya se había tenido bastante de François Mauriac o de Mikhail Shólojov. Entre los ilustres olvidados de hace un siglo había, sorpresivamente, algunos que no significaron una pérdida de tiempo, como la sarda Grazia Deledda (1926) o el polaco Wladyslaw Reymont (aunque más no fuera porque, como descubrí más tarde, Gombrowicz se dedicó a parodiar alguna de sus novelas). No sólo eso. De no haber sido así por el dedo sueco, seguramente nunca habría sabido del inmenso ciclo autobiográfico del apátrida Elias Canetti (1981) ni habría leído a la secreta poeta Nelly Sachs (1966) ni circularía hoy tan profusamente Yasunari Kawabata (1968). Desde los años noventa, fuera de los límites de mis libros azules, algo similar podría decirse de la polaca Wislawa Szymborska (1996), de Kenzbauro Oe (1994) o de Svetlana Alexiévich, la inmensa cronista bielorrusa galardonada el año último. Quizás ésa sea la paradoja que habría que agradecerle al Nobel: no acierta tanto cuando elige un nombre incontestable, ya consagrado, como cuando destaca -muy de vez en tanto- a un autor confidencial que vale la pena leer.

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