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Benjamin Stein "La memoria humana está lejos de ser una máquina exacta"

Original. El escritor alemán, que creció en la República Democrática Alemana y tras la caída del Muro redescubrió su judaísmo, habla sobre su novela El lienzo, que se inspira en un complejo caso real

Domingo 16 de octubre de 2016
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LA NACION

El libro es un objeto original. Se llama El lienzo y tiene la particularidad de que puede empezarse, a falta de contraportada, por cualquiera de sus tapas: consiste en realidad de dos novelas complementarias que, al final, se encuentran en el centro o, si se prefiere, de una que se puede leer intercalando ambos textos, según vaya decidiendo el lector. Para esa estructura, el autor se inspiró en un clásico libro judío que permitía ese doble juego. El lienzo propone, en pocas palabras, una rara simbiosis: es en apariencia hipermoderna, pero también profundamente tradicional, como revela el amplio glosario de términos hebreos que complementa la novela.

Como su autor, podría decirse, el escritor alemán Benjamin Stein, que creció en el Berlín de un país que ya no existe (la República Democrática Alemana, RDA) y hoy habita en Múnich, en una nación ya reunificada, que ha trabajado como experto en cuestiones informáticas, pero también estudió cultura hebraica y con los años se volcó a una de las vertientes ortodoxas del judaísmo. Modernidad y tradición parecen darse en él la mano sin conflicto, aunque, cuando se le dice que esa cambiante doble vida bien podría ser objeto de una novela, se ríe francamente sorprendido. "No creo, sería aburridísima. En mi vida hay como mucho un dos por ciento de suspenso y de alguna manera siempre tiene que ver con lo que escribo."

El lienzo -la obra fue publicada el año último por la editorial Adriana Hidalgo y gracias a ello Stein pasó recientemente por el Filba- es por lo demás una novela con un argumento poderosísimo. Su fuente de inspiración fue un famoso caso real, el de Binjamin Wilkomirski, músico que publicó unas memorias sobre su infancia en los campos de concentración y, según se reveló más tarde, resultaron pura invención. En El lienzo se convierte en el luthier Minsky, pero las dos partes de que se compone la novela están narradas por Jan Wechsler (personaje basado en el periodista que destapó el caso) y Amnon Zichroni (un psicoanalista que puede vivir los recuerdos de los otros y que incita a Minsky a contar los suyos).

Creció y vivió casi hasta los veinte años en la RDA. ¿En qué influyó esa circunstancia para dedicarse a la literatura?

A los diez años ya sabía que quería ser escritor y que cualquier otra posibilidad quedaba excluida. Siempre pensé que esa idea fija surgió con tanta fuerza por el contexto; ahora, más bien, tiendo a creer que no, que fue pura vocación. Descubrí que no era el único: autores como Jean-Paul Sartre o Pablo Neruda (un poeta muy importante para mí, como Gabriela Mistral, y la literatura chilena en general, que circulaba mucho en la Alemania comunista) tenían ese tipo de seguridad.

¿Cómo canalizaba esa vocación en un país de la Cortina de Hierro, en teoría tan cerrado?

Bueno, con esa misma seriedad empecé a participar de un círculo artístico, una especie de salón literario, donde tuve como tutores literarios a Ulrich y Charlotte Grasnik, dos grandes escritores y poetas a los que tengo mucho que agradecer. Ese grupo de estudio se reunía una vez por semana y fue ahí donde adquirí mi verdadera formación. Estudiábamos, con ejemplos bien concretos, poesía, métrica, narrativa, dramaturgia; hacíamos excursiones a la literatura universal, que hubieran sido inimaginables en la escuela.

¿Hasta qué punto llegaba la libertad para escribir?

No, no había libertad en ese sentido. Nosotros no éramos particularmente valientes, más bien empezamos a tomar coraje a medida que se acercaba el año 89. Todos habíamos aprendido cómo comportarnos dentro de esa dictadura y eso también fue marcando una manera de escribir. Los dos ejemplos más conocidos de esa clase de narración alusiva son quizá los de Stefan Heym y Christa Wolf. Wolf escribió Cassandra y Heym, El reporte del Rey David, donde se cuenta sobre un historiador que debe describir la fantástica historia de las hazañas de su padre, el rey David. Esos libros funcionaban como una evidente alegoría de la historiografía socialista. La literatura se adaptaba al límite de lo que estaba permitido decir, algo bastante diferente de la libertad.

Una curiosidad: ¿qué estaba haciendo la noche en que cayó el Muro?

¡Estaba en la cama! Eran exactamente las cuatro de la mañana cuando sonó el teléfono en mi casa. Mi papá atendió el teléfono y lo escuché decir a uno de sus amigos: "Ajá, ajá, ¿así que estás en la Kurfürstendamm (una de las principales avenidas de Berlín occidental). ¿Estás borracho?" Para todos fue una sorpresa absoluta, nadie lo había visto venir. Yo estaba pasando por una pena de amor (me había separado de una novia que planeaba huir justamente a Occidente) y todavía aquellos recuerdos personales son más intensos que el hecho histórico. Lo que sí tengo presente de manera muy viva fueron los meses posteriores. Tengo una memoria muy viva y amarga de esa especie de colonialismo, de administración fiduciaria, que ejerció la Alemania occidental.

Varios años después seguía siendo muy marcada en Berlín la diferencia entre ossis y wessis, los habitantes del este y el oeste. ¿Siguen teniendo valor esas distinciones a un cuarto de siglo de la reunificación?

Mi mirada está quizás un poco distorsionada porque vivo en Múnich, que es una ciudad muy diferente de Berlín. Sí me aterroriza ver que las nuevas generaciones no tienen ninguna representación precisa de lo que significó la división de Alemania. Ni siquiera tienen claro por dónde pasaba el muro. Para la generación de mis padres o para la mía puede seguir teniendo peso, por razones obvias, pero por lo demás aquello cambió. Un buen punto, en todo caso, es que Berlín se convirtió en una metrópolis internacional, un poco como era en los años veinte del siglo pasado, pero sin la antigua actitud orgullosa y altanera.

¿Cómo era su relación con su judaísmo en el este?

Es un tema muy poco feliz. Como cuento en El lienzo, la comunidad judía de Berlín Oriental estaba conformada por apenas 300 personas y entre los líderes, se descubrió después, había espías de la Stasi, la policía secreta. Ésa era la atmósfera reinante. Había una suerte de asociación cultural, sin funciones religiosas. Nunca nos hubieran permitido contar con un rabino sino fuera porque Erich Honecker quería créditos de Estados Unidos. La consecuencia para mí fue que durante años viví el judaísmo como un estado de excepción. Se volvió importante en mi vida después del año 2000; también al descubrir Israel, un lugar que me resulta muy agradable a pesar de todas las dificultades, porque ahí ser judío es algo normal: vale decir, hay intelectuales judíos, pero también vendedores de pescado o criminales judíos, como en cualquier lado.

¿Cómo fue su acercamiento entonces al judaísmo ortodoxo, que practica hoy?

Sucedió con el nacimiento de mi primer hijo. Me di cuenta de que no estaba en condiciones de transmitirle nada de mi tradición. En Múnich, donde ya vivía, sólo hay sinagogas ortodoxas. Me confronté por primera vez con lo que era esa clase de vida, con el Talmud, con los rezos por la mañana y la tarde en el templo, con el respeto por el shabat. Todo eso fue generando en mí una especie de atracción mística muy grande que terminó en una modificación radical de mi vida. No había contado con esa transformación. Mi mujer de entonces también estaba muy sorprendida. Quizás antes de casarse y tener hijos uno debería hablar más sobre esos temas...

El irlandés Colm Toíbin, jugando con el doble sentido del adjetivo, definió El lienzo como un "thriller ortodoxo". Las prácticas culturales y religiosas marcan de manera decisiva el desarrollo del argumento. ¿Cómo se decidió por ese riesgo y originalidad?

En el Talmud se dice que el que destruye una vida destruye toda la creación y Wechsler, uno de los protagonistas y narradores, destruye dos. Zichroni, el psicoanalista que cree poder conocer el recuerdo de los otros, tiene motivos para querer vengarse de Wechsler, pero la solución pasa por un plano de otro orden. En vez de un asesinato hay un tikún, una especie de reparación gracias al baño ritual en una mikvé, una pila de inmersión y purificación. Ese tipo de reflexiones estuvo en el punto de partida. Cuando Wechsler y Zichroni se encuentran diez años después, el esquema clásico dice que todo debería estallar en pedazos, pero me gustaba resolverlo de esa manera inesperada.

Wechsler y Zichroni son los dos narradores, pero en el corazón de la novela se encuentra Minsky, que se inspira en el caso real de Binjamin Wilkomirski. ¿Por qué no le gusta definirlo como impostor?

En el término impostor hay una intención deliberada de ocultamiento y en el caso de Wilkomirski (y de Minsky) no sabemos si de verdad hay algo de lo que podamos considerarlos culpables. ¿Qué interés o ventaja puede tener hacerse pasar por alguien que uno no es? Pero hay algo más problemático todavía: ¿en qué clase de sociedad vivimos para que se considere que alguien que se presenta a sí mismo como víctima pueda sacar alguna clase de ventaja?

El éxito comercial de un libro, alguna extraña vanidad...

El libro de Wilkomirski fue percibido como un éxito, pero Wilkomirski no se enriqueció con él. Produjo sí un daño político al presentar recuerdos falsificados del Holocausto. Pero lo que más me interesaba de su historia era la dimensión personal, no la pública.

¿Qué le dejó la breve entrevista que tuvo con él?

Me prometí no revelar nada sobre ese encuentro. Queda entre Wilkomirski y yo, porque es una historia muy triste, de mucho sufrimiento.

Un punto interesante de El lienzo es la tensión que alcanzan las paradojas de la identidad.

Tanto Minsky como Wechsler son sobrevivientes de un trauma. En el caso de Minsky está bastante claro cuál fue su biografía y cuáles sus problemas reales; en el caso de Wechsler, el trauma reside en que busca sin saberlo evadir su responsabilidad en la destrucción de dos vidas. Empieza a recordar su pasado y, al mismo tiempo, a olvidarlo. En la mikvé se da cuenta de que había mentido, con lo cual podría decirse que Wechsler, el periodista que saca a la luz el caso de Minsky, sería el verdadero impostor. La mayor catástrofe para un mentiroso es perder la memoria, se dice en algún momento, porque la falsedad queda en evidencia.

¿Qué lo fascina de los recuerdos falsos, que encuentran en la novela una justificación?

La historia se dedica a investigar a fondo, de manera científica, la memoria colectiva. Uno de los casos que me resultan más notables es el de las personas que fueron desplazadas después de la Segunda Guerra Mundial. Las historias que se cuentan en la familia o en asociaciones de sobrevivientes no siempre son exactas. Tienen recuerdos de cosas que no pueden haber vivido por la simple razón de que en el itinerario que siguieron para huir, por ejemplo, no había las cosas que cuentan. Se están apropiando sin saberlo de recuerdos ajenos. La memoria humana funciona así: está lejos de ser una máquina exacta.

Las dos historias contrapuestas de El lienzo están escritas en primera persona, como el resto de sus libros. ¿Es una postura ética?

Es una cuestión sobre todo programática. Mi hipótesis de trabajo es que no existe una realidad objetiva, que cuando queremos decir algo sobre el mundo se parte de la percepción y que, para eso, se vuelve necesario que los narradores tengan su propia visión. Para eso me ayudaron siempre mucho los Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau, esos relatos brevísimos que cuentan una misma escena siempre de manera distinta.

Su última novela se llama Replay y es una distopía. ¿Es un ajuste de cuentas con el pasado?

Siempre me fascinaron novelas como 1984 o Un mundo feliz, pero también Nosotros, de Eugeni Zamiatin. Son todas obras que tienen que ver con el totalitarismo. Lo distinto de Replay es que se trata de una sociedad represiva que todos contribuyen a erigir voluntariamente. Se usa el smartphone como una prótesis médica que permite a los ciegos volver a ver, pero al mismo tiempo es un dispositivo que todas las personas llevan en los bolsillos. Graban sonidos e imágenes que se reproducen permanentemente, con lo que nunca se sabe qué es genuino, qué reproducción de algo ya vivido y qué algo inducido. Una historia muy distinta de la de El lienzo pero, como tema, bastante parecido. A fin de cuentas, la pregunta de siempre es hasta qué punto podemos confiar en la realidad.

¿Por qué lo entrevistamos?

Porque es el autor de una de las novelas más sorprendentes de las que se tradujeron recientemente en la Argentina

Biografía

Benjamin Stein nació en 1970, en el sector oriental de Berlín. Después de la caída del Muro, se mudó a Múnich, donde todavía reside. Además de escritor es especialista en informática y un devoto practicante del judaísmo. Publicó, entre otros libros, El lienzo (que editó en español Adriana Hidalgo) y Replay, no traducida aún.

LA FOTO.

"La literatura chilena fue muy importante en mi adolescencia porque circulaba mucho en la RDA. Por eso en este viaje, en el que pasé por Chile, me traje como compañía esta traducción, de 1983, de unos cuentos de Antonio Skármeta."

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