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La cumbre de una artista

Viernes 14 de octubre de 2016
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PARA LA NACION
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Tonhalle Orchester Zurich /Director: Lionel Bringuier / Solista: Lisa Batia- shvili, violín / Programa: Concierto para violín, op.35, de Chaikovski; El desplazamiento del águila en los cielos, de Peter Eötvös; Sinfonía N°6, Op.54, de Shostakovich Mozarteum Argentino. Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente.

El Concierto para violín de Chaikovski, especialidad de Batiashvili
El Concierto para violín de Chaikovski, especialidad de Batiashvili. Foto: Mozarteum

Sin el renombre rutilante de otras orquestas que este año arribaron al Colón, la principal orquesta sinfónica de Zurich sumó su estirpe y sus mejores virtudes para que el gran nivel de 2016 no decayera. Pero la Tonhalle Orchester Zurich, magníficamente dirigida por Lionel Bringuier, no sólo ofreció todas sus maravillas sino que, además, vino con Lisa Batiashvili, una bellísima violinista georgiana cuyo ascenso a la cima del olimpo planetario ha sido meteórico y, a la luz de lo demostrado en el Colón, plenamente justificado. Aún cuando esta afirmación pueda sonar indefendible, posiblemente nadie en todo el mundo pueda tocar el Concierto para violín y orquesta de Chaikovski como lo hace ella.

En las interpretaciones de Batiashvili no hay espacio para ningún tipo de supuesta objetividad o de moderación emocional. Transcurridos los compases iniciales a cargo de la orquesta, Chaikovski le otorga al solista una brevísima cadencia de apertura. Desde ese preciso instante, Batiashvili embelesa y envuelve al público con un sonido poderoso, atractivo e intensamente musical. Después de eso y a lo largo de los cuarenta minutos restantes, Lisa interpretó esta partitura endemoniada con una seguridad categórica y con un convencimiento rotundo. Ella sabe exactamente qué quiere hacer y así es que, desde su arco brotan todas las intensidades imaginables y los fraseos más exquisitos. Con una solvencia cabal y una afinación invencible, Batiashvili ofreció una de las interpretaciones más perfectas, artísticas y profundas que este cronista haya escuchado a lo largo de su vida, en vivo o en registros discográficos. Definitivamente, consumaron el Chaikovsky más pasional y humano que se pueda concebir. Fuera de programa, la orquesta y la solista ofrecieron una extraña adaptación reducida del segundo movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák, con un violín mágico reemplazando al corno inglés original.

En la segunda parte, Bringuier y los músicos suizos sorprendieron una vez más con dos obras riesgosas tanto por su armado musical como por la posible recepción por parte del público. En primer lugar, interpretaron El desplazamiento del águila en los cielos, de Peter Eötvös. La pieza, que toma elementos de la música popular vasca, agrega a la orquesta dos tambores vascos, muy similares a los cajones peruanos, instrumentos de percusión que son ejecutados por músicos que se sientan sobre ellos y que, en esta ocasión, fueron ubicados en el centro de la orquesta, por delante del director. Atractiva y bella, la obra concluyó en unos diez minutos a los que, quizás como era de prever, no le continuó ninguna ovación.

Por último, Lionel Bringuier agigantó aún más la buena impresión de la Tonhalle con una interpretación fantástica de la sexta sinfonía de Shostakovich. Íntimo, doloroso, extenso y magistralmente elaborado, pasó el desolador primer movimiento en el cual están retratadas, una a una, todas las desventuras y preocupaciones del compositor en el tiempo aciago anterior a la Segunda Guerra Mundial. Llegó después vivaz y efervescente el segundo movimiento y, por último, con una exactitud pasmosa y prodigiosa, se soltó todo el optimismo salvaje del Presto final. La ovación se desató incontenible y, fuera de programa, el otro Lionel, es decir, éste, el director de orquesta, trajo la obertura de La italiana en Argel, de Rossini. Más allá de las sensaciones de beneplácito o felicidad que, al parecer, todos se llevaron en sus mochilas, parece oportuno señalar, además, que con dos jóvenes tan formidablemente talentosos y capaces como Batiashvili y Bringuier, hay certezas irrebatibles de que la música clásica tiene futuro y, por cierto, muy venturoso.

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