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Es posible la convivencia tras la polarización

Sábado 15 de octubre de 2016
PARA LA NACION
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El día después del ajustado triunfo del "no" en el plebiscito sobre los acuerdos de paz en Colombia, la Casa Rosada fue sede del evento internacional "Diálogos Globales: ¿es posible la convivencia después de la polarización?" Organizado por el Ministerio de Cultura, especialistas internacionales en diálogo intercultural y procesos de paz compartieron sus experiencias con un público inusualmente joven para este tipo de eventos. Se trabajó sobre diversos casos, desde la Sudáfrica del apartheid hasta la Colombia en guerra.

Todos coincidieron en la centralidad del diálogo como pilar de la convivencia y la construcción de sociedades más plurales, vibrantes y abiertas. Esto es relevante en la actualidad, con el auge de conflictos de base religiosa, ideologías extremistas y millones de vidas en juego, en especial en los países que no han podido construir sociedades en los que el diálogo ocupe ese lugar central. Ahora bien, ¿cómo debe ser ese diálogo? En palabras de Najeeb Michael, director del Centro Digital de Manuscritos Orientales y héroe de patrimonio de la Unesco por su trabajo salvando documentos antiguos de la destrucción de Estado Islámico, el diálogo debe "cuidar al ser humano sólo por ser un ser humano". No identificarlo de forma absoluta con su tribu y, sin esconder su historia, tampoco atarlo inexorablemente a ella. Según él, para avanzar con el diálogo en situaciones de conflicto hay que poner el foco en la particularidad del individuo que tenemos enfrente.

Aprender a conocer a los demás implica, necesariamente, comprender mi propia historia, pero también permitir la interpelación desde otros puntos de vista. Apostar al diálogo, entonces, no es un desafío técnico, sino existencial que requiere de coraje para escapar de posiciones cómodas y preestablecidas. Exige una apertura al otro que es difícil de prever y de explicar. ¿Que implicó, por ejemplo, para la mayoría negra en Sudáfrica, en su definición de sí misma, sentarse a buscar la paz con la minoría blanca que la oprimió por décadas? Y al revés, ¿que implicó para los blancos opresores y su identidad? Para que la apertura no sea una falsa proclama, apostar por el diálogo implica la posibilidad de que seamos nosotros mismos, y no sólo nuestros interlocutores, los que cambian de visión. Por eso el diálogo no puede quedarse en tolerancia o respeto, palabras que denotan un dejo de distancia con el interlocutor. Es, en cambio, una disposición profunda hacia el otro que apunta al aprendizaje en la diferencia, a la posibilidad de que de la interacción surjan ideas y realidades nuevas.

Hablar del diálogo como un antídoto contra la polarización llevó a la cuestión de la reconciliación. Ahora bien, ¿cómo entendemos esa reconciliación? Según Charles Villa-Vicencio, que trabajó codo a codo con Nelson Mandela y Desmond Tutu como director de investigación en la Comisión para la Verdad y Reconciliación de Sudáfrica, reconciliación es mucho más que coexistir, pero menos que perdonar. A nivel social, la demanda no radica en querernos o en ser amigos, sino en tener la disposición para buscar agendas en común y trabajar juntos. Si el perdón aparece como una cuestión individual, privada, la búsqueda de la reconciliación en escenarios de polarización aparece como una posible política de Estado.

Pero esa reconciliación se encuentra ligada, inevitablemente, con los conceptos de memoria y verdad. Joshua Mitrotti, director general de la Agencia Colombiana para la Reintegración, se refirió informalmente a esto como "no barrer la basura debajo de la alfombra". Salir de la polarización requiere un enorme compromiso con la verdad y con evitar el olvido. Con otro matiz, Mike Hardy, director del Centro para la Confianza, Paz y Relaciones Sociales de la Universidad de Coventry, subrayó la diferencia entre nostalgia y memoria, y alertó sobre las distorsiones que hacemos al mirar al pasado: una nación que pone un ojo en el pasado es inteligente, pero una nación que pone los dos es ciega.

La Argentina tiene mucho para aportar y muchos espejos en los que medir sus aciertos y desaciertos. Si miramos nuestra historia, nos encontramos, por un lado, con una convivencia política y social compleja, que por momentos tuvo una trama densa y profunda de violencia, y que aun en tiempos de relativa calma estuvo signada por divisiones aparentemente insuperables.

Pero otra mirada nos revela que somos el resultado de generaciones de inmigrantes que construyeron un país de enorme diversidad de identidades y pasados. Somos también el país que está dispuesto a seguir recibiendo personas de todo el mundo, tanto los que buscan oportunidades económicas y quieren venir a trabajar como los que huyen de guerras o catástrofes naturales. También somos el hogar del mayor número de judíos y musulmanes de América latina, un ejemplo de integración y convivencia.

¿Qué Argentina somos? ¿La de la violencia y polarización? ¿La de la hospitalidad y diversidad? Responder a este tipo de preguntas parece mucho más fácil si se postulan en el marco de la conversación global y no en el monólogo al que estábamos acostumbrados. El aislamiento de los últimos años no fue sólo económico y político, sino también cultural, y su influencia se siente, aún hoy, en las respuestas a las preguntas que nos hacemos a nivel país. En este contexto, participar de este diálogo es una forma de pensar de manera más ambiciosa nuestra democracia e intentar profundizarla.

Eventos como Diálogos Globales ponen en primer plano los disensos, las diferencias y preguntas complejas que hacen a una democracia vibrante y a un país que reflexiona sobre sí mismo. No se trata de clausurar discusiones históricas, sino de generar espacios de intercambio que permitan aprender y poner a prueba nuestras convicciones, algo que vale tanto para el diálogo personal como para el de un gobierno. Que en la Casa Rosada, el centro político de nuestro país, ocurra esta conversación, invita a pensar que una democracia argentina más profunda, más plena y más consolidada es posible.

Secretario de Integración Federal y Cooperación Internacional del Ministerio de Cultura de la Nación

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