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Arte

Con la ciudad a cuestas

Vía Libre

Desde hace un siglo, las cariátides parecen sostener las fachadas porteñas

Buenos Aires: París de América del Sur, pequeña Madrid de Avenida de Mayo, residencial Londres de Belgrano, Estocolmo portuaria. También, internacional metrópolis de rascacielos vidriados. Cualquiera que lo sea el rostro que presente, siempre es un desafío rastrear los signos de su soberbia arquitectura.

Los que se disponen a emprender el viaje -y no son pocos- saben de algunos trucos para allanar el camino. Es recomendable, por ejemplo, concentrarse en un aspecto específico del paisaje arquitectónico para poder observarlo con detenimiento, establecer comparaciones entre distintos edificios y hasta armar un catálogo personal de imágenes.

En estas páginas, Via Libre propone recorrer las fachadas de los edificios porteños en busca de sus invisibles cariátides. Y como es probable que no todas sean mencionadas aquí, el suplemento invita a sus lectores a aportar datos fehacientes sobre las que continúan escondidas.

Cariátide, nombre que reciben los fustes con aspecto femenino que reemplazan, en las columnas de ciertos templos griegos, el diseño de los órdenes clásicos. Por extensión, se llaman así las pilastras (pilar pequeño adosado a un muro) o ménsulas (elemento en saledizo que sirve de apoyo a alguna cosa, como los balcones) con forma de mujer.

En Grecia, estas vírgenes usan el traje talar, vestido delgado como una túnica que cubre el cuerpo desde el cuello hasta los tobillos. Y entre sus gráciles cabezas y el arquitrabe (parte inferior del entablamento, que apoya directamente sobre la columna) suele mediar una suerte de canasto, útil quizá para amortiguar las varias toneladas de piedra que les toca en desgracia sostener.

Las cariátides más famosas viven desde hace 2400 años en la Acrópolis ateniense. Sin haber dado por el momento el menor signo de fatiga, las seis doncellas, con los ojos puestos en el Partenón, sostienen el techo de un pórtico situado en el lado sur del Erecteion, templo levantado por Calícrates en el 421 a. C. Estas imponentes mujeres, con cerca de dos metros y medio de altura, probablemente hayan sido creadas por Calímaco, inventor del capitel corintio.

Más atrás en el tiempo, puede rastrearse un antecedente de las muchachas de Atenas en el templo erigido en Efeso, Turquía, en honor a Artemisa. Construido en el 560 a. C., el santuario se sostiene sobre columnas de orden jónico, en cuya base aparecen figuras humanas de tamaño algo mayor al natural.

Pero lo cierto es que Buenos Aires carece olímpicamente de un Erecteion y, salvo unos pocos casos, también de genuinas cariátides. Sin embargo, abunda en ejemplares "apócrifos", llamados atlantes si tienen aspecto masculino. Este nombre posiblemente evoque el del gigante Atlas, condenado por Zeus a sostener la bóveda del cielo en castigo por su intentona de destronar a los dioses.

Como todo lo greco-romano, las cariátides atrajeron la atención de los renacentistas, y pronto fueron incorporadas a su arquitectura. A falta de un Renacimiento, nuestra ciudad tuvo que esperar al auge del eclecticismo historicista (1880-1920) para hacerlo propio.

Esa tendencia coincidió con el esplendor económico del país y el consiguiente afán de hacerlo notorio. Parte de aquel naciente poderío permitió, a fines del siglo XIX, el trazado de la Avenida de Mayo, donde abundan las cariátides y toda una arquitectura hija de la fiebre decorativa de esos años. Cuenta el poeta León Tenembaum que, consciente o inconscientemente, algunos de los pintorescos burgueses de entonces -mitad argentinos, mitad inmigrantes- confiaron a estas figuras una misión protectora. Al igual que los Lares, encargados de vigilar la domus romana, nuestros atlantes y cariátides quizá conserven, aún hoy, su legendario poder benéfico.

Moldeados en argamasa o cemento, materiales mucho menos nobles que el mármol o el granito al que estaban destinados en un principio, estas figuras tuvieron que hacer frente, y no siempre con éxito, al paso del tiempo. Por lo general se sostienen con un esqueleto de hierro, y muchas veces ocurrió que, a medida que esa armazón se oxidaba, la escultura iba resquebrajándose hasta estallar, que es el probable destino de uno de los dos atlantes de Avenida de Mayo 984.

De los autores de tales esculturas nada se sabe. Las piezas solían hacerse en molde fijo y luego se agregaban los ornamentos específicos que solicitaba cada cliente, como collares, barbas, gorros y pieles. Los talleres dedicados a la fabricación de estatuas, mascarones, molduras y otros elementos ornamentales florecieron hasta bien entrada la década del 20. Pero tan pronto como el tardío eclecticismo, y aun el déco, fueron desplazados en el gusto de los porteños por otros estilos, estas empresas desaparecieron sin dejar rastros.

El cine Grand Splendid es un lugar ideal para iniciar el circuito. De allí conviene poner rumbo al microcentro y, de regreso, atravesar la Avenida de Mayo hasta Pichincha al 700. En algunos casos, es imprescindible usar largavistas. En la mayoría, sirve de excelente complemento para el ojo curioso por detalles. Lo demás es caminar y disponerse al gozo.

(Si descubre otras cariátides, escríbanos por favor a: vialibrelanacion.com.ar, o por correo, a La Nación , Bouchard 557, 5º piso, C. P. 1106. ¡Gracias!)

Alzar la vista

Cine Grand Splendid (Av. Santa Fe 1860). En este edificio de estilo ecléctico, obra de los arquitectos Peró y Torres Armengol, dan la bienvenida seis corpulentos atlantes, que funcionan como ménsulas. Los volúmenes geométricos y macizos enfatizan su presencia sombría. Hay tres modelos de figuras que se repiten en la misma posición en las dos mitades simétricas del edificio. Resulta interesante confrontarlas más tarde con los atlantes de Belgrano 601 y Esmeralda 455.

Colegio Carlos Pellegrini (Marcelo T. de Alvear 1851). Estas dos cariátides-ménsulas se caracterizan por la expresión serena del rostro -que sin embargo no está idealizado como en la estatuaria griega-, la morbidez del cuerpo y la tensión de los dedos. Abstrayendo la figura hasta su forma básica, se obtiene un triángulo casi perfecto, visto tanto de frente como de perfil. Las esculturas flanquean la puerta principal, posición que evidencia su misión de guardianes.

Palacio Pizzurno (Rodríguez Peña entre Marcelo T. de Alvear y Paraguay). El Ministerio de Educación cuenta con ocho cariátides. Dos de ellas, de cuerpo entero, funcionan como columnas y adornan uno de los pisos superiores. En las dos puertas de la fachada principal, dos cariátides y dos atlantes de medio cuerpo hacen las veces de ménsulas. Hay otras dos en la puerta de la fachada sobre Paraguay. El edificio, diseñado por el arquitecto argentino Carlos Altget en 1885, imita el estilo renacentista alemán. Las cariátides-columnas se acercan bastante al modelo griego: son mujeres algo asexuadas, de cabello voluminoso y ágil, rodeado por una corona de laureles -símbolo de la victoria- y rematado por un capitel jónico. Tienen un pie en avance que les imprime movimiento y sostienen en un brazo un libro y una antorcha, representaciones de la sabiduría junto con la lechuza que descansa a los pies de la mujer de la derecha. Para los griegos, esta ave de ojos dilatados, favorita de la diosa Palas, representaba el conocimiento intuitivo. No por nada esta simbología se pensó para una escuela y biblioteca, primitiva función del palacio. Estos detalles sólo se aprecian con largavistas. Los atlantes y las cariátides de la planta baja sostienen con los brazos la base del balcón. La orla del manto de las mujeres es rico en detalles. Sobre el hombro izquierdo de los hombres asoma una garra, extremo del manto de piel de felino que los abriga.

Av. Santa Fe 1355. Estas dos lánguidas mujeres se mueven con la elegancia que impone la avenida. Como si estuvieran despertándose de un plácido sueño, se sacuden la modorra estirando o doblando los brazos. Y aunque simulan sostener el tímpano del petit hotel, en el fondo su papel es puramente decorativo.

Teatro Colón (Libertad 651). Los italianos Francisco Tamburini y Víctor Meano y el belga Julio Dormal se fueron sucediendo en el proyecto del coliseo, que se construyó entre 1889 y 1908. Sobre el frente que da a la calle Libertad, rico en ornamentación griega, hay cuatro solemnes cariátides. Capiteles corintios separan sus cabezas de la base de los arcos de medio punto que enmarcan las ventanas de los extremos del frente. De anchas caderas y vestidos de pliegues delicados, estas cariátides exhiben en sus brazos una cartela con la leyenda "salve", clásico saludo latino que auguraba ya desde principios de siglo la gloria del gran teatro.

Esmeralda 455. Sobre un fondo de carpintería metálica, propio de la arquitectura industrial incorporada al paisaje porteño por ingleses y alemanes, se imponen las sólidas figuras de dos atlantes encadenados. El edificio, obra del arquitecto Guido Bufalini, es un ejemplo de eclecticismo radical.

Viamonte 744-748. Cuatro hombres funcionan como pilastras en este edificio diseñado por los arquitectos Peró y Torres Armengol. Por su figura joven y atlética se acercan más al dios Apolo, protector de las artes, que al furibundo Atlas. Su peinado asirio recuerda la escultura griega del período helénico, época en la que, bajo el dominio de Alejandro Magno, se fundieron estilos provenientes de casi todo el orbe entonces conocido.

Viamonte 740. En el penúltimo piso de este edificio, que combina distintos elementos de inspiración española, dos monstruos propios de una pesadilla goyesca aparecen semihundidos en el muro. Menos siniestros que las gárgolas de las catedrales góticas, saben imponer distancia con sus dedos largos y delgados, su cola de lagarto y sus rasgos simiescos. Uno de los dos, decapitado, agrega dramatismo a un conjunto que de por sí podría disparar más de una historia. Imprescindible el uso de largavistas.

Rectorado de la UBA (Viamonte 430). Dos cariátides de medio cuerpo hacen las veces de pilastras. Los labios carnosos, el pelo hirsuto y la nariz achatada revelan el origen africano de estas adolescentes. Los cuerpos, de volúmenes simples, apenas sobresalen de la pared. Indispensable el largavistas.

Banco Central, ex Hipotecario (San Martín 265). El edificio, diseñado por el arquitecto Henry Hunt en estilo renacimiento italiano de vertiente inglesa, fue construido entre 1872 y 1876. He aquí un ejemplo de cariátides propiamente dichas. El ojo atento descubrirá una tercera, en bronce, sobre el dintel de la puerta principal, pero ésta funciona como pilastra. El conjunto se repite con pocas variantes sobre la fachada de Reconquista 266.

Pasaje Güemes (San Martín 154). Gloria de los pasajes comerciales de la Buenos Aires de ayer, la obra fue proyectada en 1915 por el arquitecto italiano Francisco Gianotti. Una de las dos puertas de acceso al edificio, contigua a la entrada del pasaje, está flanqueada por dos pequeñas cariátides. Los rostros expresan angustia, como si temieran la amenaza de los monstruos que penden sobre ellas. Los volúmenes facetados, bien visibles en los pliegues de los vestidos, se corresponden con la voluntad geometrizante del art déco. Sus ya inexistentes vecinas, que adornaban el lado opuesto del acceso al pasaje, fueron aniquiladas "en pos del progreso".

Avenida Belgrano 601. Ocho atlantes de cerca de cuatro metros de altura agregan tenebrismo al edificio Otto Wolf, erigido por el arquitecto danés M. F. Ronnow. Los gigantes representan diversos oficios: el herrero, el albañil, el carpintero. Uno de ellos parece sostener con los brazos los bow windows que dan sobre Perú. En cambio, el más alejado de la esquina, sobre la misma calle, asume una postura similar a la del Pensador ,de Rodin. Los dos atlantes de la ochava sostienen con una mano una esfera, sobre la que se posa una extraña estatuilla. Se dice que en sus caras guardan los retratos del arquitecto y del constructor de esta mole de delirante imaginería. Bajo un tinte negrusco, que escondió el rojizo original, todavía son visibles las invenciones del enigmático Ponnow: cuatro cóndores en actitud amenazante, frisos de diversos motivos en los balcones del segundo piso, dos colibríes -severo contraste- en las aristas de uno de los balcones sobre Perú, osos, lechuzas y, por supuesto, las dos torres de cubierta verde que rematan la obra, recuerdo de los palacios de Copenhague.

Bolívar 911. En esta casa, en otro tiempo de la familia Roca, las cariátides usan collares y vinchas que hacen pensar en muchachas indígenas. Quién sabe si el conquistador del desierto o alguno de sus descendientes, de vuelta de las campañas patagónicas, no echó de menos las bellezas ranqueles y decidió tenerlas siempre cerca, tanto como para poder verlas cada vez que abría las ventanas del primer piso.

Av. de Mayo 650. Estos dos atlantes barbados, de rostro sereno, juvenil y complaciente, responden al tipo del dandy característico de la belle époque. Claro que la piel de león que cubre sus espaldas y cabeza no era un atuendo al uso de la época.

Av. de Mayo 984. Un atlante de cuerpo entero funciona como ménsula; el otro falta. También lleva piel de león y se yergue sobre un soporte en saledizo que pone en evidencia su carácter puramente ornamental.

Hotel París (Av. de Mayo 1199). A manera de ménsulas, estas dos cariátides dominan la ochava del primer piso. La figura de la derecha, especialmente, es un dechado de desproporciones: la cabeza gigantesca, el cuello demasiado largo, el antebrazo izquierdo mucho más grande que el brazo correspondiente, hablan a las claras de la impericia del escultor. Este no tuvo en cuenta que los volúmenes en movimiento establecen nuevas proporciones. Además, lo que podría ser más o menos decoroso visto desde el primer piso, resulta un completo descalabro tres metros más abajo.

Congreso Nacional (Av. Entre Ríos, Av. Rivadavia, Combate de los Pozos, Alsina). La sede del poder legislativo, proyectado por Meano y construido entre 1898 y 1906, supera a todos los demás edificios en el número de cariátides. Nada menos que catorce ejemplares, con función de columnas, potencian la majestuosidad del palacio. Las dos figuras que custodian la puerta del frente principal constituyen otro ejemplo de auténticas cariátides. A pesar del estatismo que les impone la postura rígida, ganan movimiento con el laborioso detalle de los vestidos, llenos de aire entre los pliegues. Las sandalias y los adornos de la base de la columna completan la belleza del conjunto. El resto de las guardianas, hechas en hierro fundido, repiten dos figuras básicas con leves variantes, y flanquean cada una de las seis puertas de las fachadas laterales. Se acercan mucho al modelo griego: portan rollos o libros y usan traje talar. Todas están en contraposto: una pierna flexionada, con el pie en avance, y la otra recta, principal sostén del peso del cuerpo. La cadera, inclinada, les da movimiento y permite jugar con la simetría.

Rivadavia 1906-1916. Dos atlantes-ménsulas, se destacan en el edificio pensado por otro italiano, el arquitecto Mario Palanti, autor del Palacio Barolo. La expresividad de los rostros ejemplifican el minucioso trabajo del resto de la anatomía. Los dos pares de figuras que rodean las claraboyas _una adolescente y un niño, probablemente Afrodita y Eros, divinidades del amor_ contrastan con los agobiados gigantes de ojos severos.

Pichincha 768-774. Al final del recorrido aguarda una auténtica rareza: en lugar de amazonas o forzudos, esta decrépita construcción italiana exhibe bajo los balcones del primer piso una delicada sirena y un gracioso tritón. Pero el tiempo, a veces enemigo de las cosas antiguas, pasó por esta calle y se llevó la cola escamosa de la belleza marina. En su reemplazo, un pobre firulete rompe con la armonía original. .

Santiago García Navarro
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