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Querido Dylan: sabrá disculpar la confianza

Pedro B. Rey

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LA NACION
Miércoles 19 de octubre de 2016
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Querido Bob Dylan:

Sabrá disculpar la confianza campechana del adjetivo, pero hay diversas circunstancias que lo habilitan. La primera es la seguridad de que no va a leer estas líneas. La segunda, que en mi biblioteca, expuesto como un talismán, está el primer disco que compré. Es un single (una rareza ya entonces, pero el presupuesto de los 12 años sólo daba para esa minucia) en el que figura "Man Gave Names to All the Animals". Usted se había convertido al cristianismo y las críticas del momento resultaron despiadadas. Eran años complicados para admirarlo: bastaba citar su nombre para ser considerado un anacronismo. Hay una tercera: desde la salida, en 1997, de Time Out of Mind (álbum insignia entre los que me tocaron como contemporáneo), no debe de haber habido semana en que no sonara alguno de sus discos en mis inmediaciones. Uno de los resultados colaterales es que, más allá de la desconfianza inicial con la voz o algún exabrupto de la armónica, vivo rodeado de dylanómanos por delegación.

El jueves de la semana pasada, tempranito, me despertaron aventurándome un buen día. En Estocolmo, un jurado sueco le había concedido una distinción más que centenaria dedicada a la literatura. Lo primero que se me ocurrió es que existía la justicia poética. Hacía dos décadas que el canto rodado de su nombre venía vagando en esa dirección. Muchos otros seguramente lo merecían, pero la decisión tenía un valor desoxidante. Subrayaba que la literatura está en los libros, pero también en otros lados. Por ejemplo, en sus letras, muy particularmente las de los años 60, un prodigio de rimas, aliteraciones y metáforas inauditas que, montadas sobre sencillas estructuras folk, terminaba por esbozar una gran narrativa colectiva. Con las horas, contra todo, empezaron a surgir las malinterpretaciones y, de mi parte, cierta ambivalencia. Algunos consideraron una broma que se lo dieran a un músico, quizá porque nunca les prestaron atención a esas lyrics que no son lírica. Otros, que con usted se homenajeaba el rock, sin advertir que sus versos no pertenecen estrictamente a ese género y exceden la indigencia de la mayoría de sus cultores. También se lo ponía como un síntoma, un mojón de los criterios valorativos del nuevo milenio (pero ¿hay algo más quintaesencialmente siglo XX que sus himnos y baladas?).

Leonard Cohen aseguró que el premio era como ponerle una medalla al Everest. El canadiense (otro cantautor al que podría haberle caído el traje de plomo del Nobel) seguramente no yerra. A usted, Dylan, no le gusta demasiado que lo confundan con un poeta, aunque la contradicción, de todas formas, estaba ahí, desde el principio. Al releer su volumen de Crónicas -en el que, además de sus héroes Woody Guthrie, Hank Williams y Dave Van Ronk, aparece la curiosidad por Tucídides o Balzac- descubro un párrafo revelador, digno de un artista riguroso: aquel en que cuenta cómo, en busca de su estilo, se encerró a leer diarios del siglo XIX en la biblioteca pública de Nueva York. Estaba convencido de que esas historias, de las que le interesaban menos los temas que el lenguaje y la retórica de los tiempos, valían tanto o más que las de las noticias del día a día, porque ahí ya se encontraba la raíz de todo el presente. También me detengo en su encuentro con Archibald MacLeish, uno de los grandes vates estadounidenses. Lo invitó a que compusiera canciones para una de sus piezas de teatro, pero lo interesante es por qué: le dijo que su obra sería piedra de toque para las generaciones venideras, que "era un poeta de posguerra de la Edad de Hierro, aunque aparentemente había heredado algo metafísico de una era perdida".

Por entonces, cuando MacLeish le lanzó su sincera profecía, seguramente no podía imaginarse la disyuntiva de estos días. Ante su sonora indiferencia, me pregunto si, para un músico popular, los laureles que buscan elevarlo al panteón de la literatura no son sólo un error, sino una amenaza, incluso una injuria. A fin de cuentas, alguien de su carácter, hosco y refractario, no busca la consagración, que ya obtuvo en la juventud, sino seguir adelante hasta que algún día el camino, más temprano o más tarde, llegue a su fin. Los bienintencionados que lo premiaron no tomaron en cuenta ese pormenor capital: son personas de su generación, imagino, admiradores históricos que querían cotillear con usted por teléfono y, más tarde, en algún cóctel. Que no se haya dejado contactar puede malentenderse como ingratitud, pero basta haberlo leído o escuchado para que todo resulte claro como el agua: incluso en la música siempre se sintió un sapo de otro pozo. En los 60, cuando sus discos empezaban a trastocar el mundo, Sartre rechazó el Nobel por "burgués". Tal vez haya hoy formas menos rimbombantes de decir que no: basta rehusarlo por la indiferencia, dejando una silla vacía. Creo que muchos entenderían esa segunda forma de justicia poética.

Sinceramente suyo y deseándole que se mantenga por siempre joven.

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