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El espacio de la narración

Sobre Selva negra, de Valérie Mréjen

Domingo 23 de octubre de 2016
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PARA LA NACION
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¿Qué es, o sigue siendo, una novela? Casi un siglo después del Ulises, ¿es posible todavía experimentar con la forma, con el desarrollo, desorientar provechosamente a un lector en cuyo interior anida alguien que ruega porque no lo molesten demasiado? Apariciones como las del estadounidense David Markson, el alemán Andreas Maier o el danés Peter Adolphsen permiten guardar, respecto de ello, alguna esperanza, y ahora la francesa Valérie Mréjen se suma a esa incompleta lista de inconformistas para quienes narrar es ante todo situarse en un espacio a descubrir.

Selva negra es el nombre de su más reciente novela, un título de resonancias múltiples que van desde la última película de Gus Van Sant hasta el célebre relato de Seicho Matsumoto, de 1960 (Kuroi Jukai), cuyo protagonista se suicida en esa vasta y espesa superficie situada al pie del monte Fuji conocida como Aokigahara. No todos los episodios contados en la novela de Mréjen culminan con el suicidio, pero éste funciona como el núcleo de una inabarcable red de muertes que parecen rodear, o apoderarse más bien, del imaginario de su narradora. La muerte no se presenta tanto como una obsesión sino como un lenguaje, el código desde el que resulta imperioso cifrar los signos de una vida.

"Aparecían de forma arbitraria, según un calendario caprichoso, por un pensamiento azaroso o un oscuro meandro [.]. Poblaban la vida cotidiana. Planeaban sobre nuestras cabezas y nos prevenían de ciertos peligros", precisa la narradora en algún momento a propósito de todas esas muertes que la memoria colectiva recoge. Y más adelante: "Se había instalado esa descorazonadora sensación de que las cosas se agotan demasiado aprisa, se estropean en el momento más inoportuno". Y enseguida se pregunta si acaso podría ser de otro modo, es decir, si la muerte puede convencernos de que su arribo contiene algo de lógica o de justicia.

Pero lo más interesante de Selva negra reside en la confluencia, así como en el contraste, entre esa suerte de inventario luctuoso, esa catarata de episodios fatales, y la "reaparición", en la imaginación de la narradora, de una madre con la que no tuvo tiempo de construir una relación adulta o al menos más equilibrada, y a la que dedica toda clase de especulaciones en cuanto a lo que preferiría ver o hacer en su compañía. La escasa linealidad del relato permite a Mréjen moverse con comodidad en el espacio mucho antes que en el tiempo, y así la sensibilidad que despliega actúa no en sentido dramático sino como un estado de ánimo o una matriz de pensamiento, retornando siempre al punto de inicio. Como si todas esas muertes le permitieran entender mejor esa muerte única, o como si intentara inútilmente lo contrario.

SELVA NEGRA

Por Valérie Mréjen

Periférica. Trad.: Sonia Hernández Ortega

86 páginas, $ 280

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