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Marajó, secreto en el Amazonas

En el norte de Brasil, donde se juntan el Atlántico y el río mítico, una isla de playas blancas y surrealismo

Domingo 23 de octubre de 2016
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PARA LA NACION
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"Yo te llevo a ver los búfalos", dice Amélia Barbosa y se sube a su moto chopera como quien monta un caballo, o un búfalo; como una verdadera vaquera amazónica, el pelo negro y lacio atado en una cola, short, camisa cuadriculada con bordados marajoaras,

Marajó es una isla brasileña donde el océano Atlántico encuentra la desembocadura del río Amazonas. Está en el estado de Pará, muy cerca del Ecuador, y dicen que es la isla más grande de Brasil y la isla costera marítimo-fluvial más grande del mundo. Al menos es dos veces más grande que Tucumán: unos 45 mil kilómetros cuadrados donde no hay una sola vaca pero hay miles y miles de búfalos.

Así como las palmeras que los portugueses trajeron de Asia adoraron el suelo brasileño, estos animales que supuestamente llegaron a la isla por el naufragio de un barco asiático a fines del siglo XIX, amaron el clima húmedo y el suelo inundable y, sobre todo, se amaron. Hay más búfalos que población, tres búfalos cada un habitante: 600 mil búfalos multiuso que se convirtieron en el principal recurso de Marajó.

De las búfalas obtienen la leche, el queso y sus derivados. El Queijo do Marajó Santa Filomena, por ejemplo, fue premiado por la Slow Food Brasil y en la entrada de la hacienda Mironga promueven la confianza: hay una heladera autoservicio repleta de lácteos con la lista de precios al lado, es sólo tener buena voluntad y dejar el valor de lo que uno se lleva.

La carne del búfalo también es apreciada, el filé con queso marajoara es el plato más famoso. Con el cuero fabrican sandalias, cinturones y carteras teñidos con una raíz de mangle rojo. El modelo más lindo de cartera está hecho con el escroto del animal. Antenor Penante Junior, cuarta generación en el arte del curtido, muestra todo el proceso de fabricación en Curtume Arte Couro Marajó. Los turistas pueden montar en búfalo y andar en carretas tiradas por búfalos. Son bastante usados para la carga, consiguen trasladar una tonelada, y encima nadan.

En Soure, municipio principal de Marajó, que queda a dos horas de barco de Belém, la capital de Pará, los búfalos participan hasta de la seguridad pública. Desde 1992 la policía militar hace la ronda montada en búfalos Carabal, la raza más musculosa de todas.

Avanzamos en moto por un descampado hasta una enorme mangueira donde una manada de búfalos aprovecha la sombra. Amélia Barbosa, la vaquera amazónica, trabajaba en un banco y ahora se dedica al turismo rural. Por un lado cría búfalos en su hacienda Araruna y por otro cuida de los turistas que llegan a la Pousada Maruanases para dormir en habitaciones campestres y desayunar en una gran mesa frente a la naturaleza, viendo cómo pastan los búfalos y vuelan los guarás, unas garzas rojas fluorescentes que parecen teñidas con tinta artificial.

Una vida simple: en la isla conviven los pescadores de siempre con el incipiente turismo
Una vida simple: en la isla conviven los pescadores de siempre con el incipiente turismo. Foto: Shutterstock

Algunos metros más allá, detrás de los manglares que con marea alta hay que cruzar por un puente colgante, los restaurantes de madera de la playa Barra Velha van cerrando. Todavía guardo el sabor del caldo de turu (R$20), un molusco largo y blanco que vive dentro de los troncos de mangles caídos y sabe a ostra. En ese mismo manglar que resguarda la costa, Carlinhos, el dueño del restaurante Neptuno, hunde el brazo en el barro y solamente lo saca cuando tiene un cangrejo en mano. Después lo sirve en su propia casquinha, con harina de mandioca (R$8), en una mesa con sombrilla ubicada donde uno quiera, en la arena, en la orilla, incluso en el agua.

Subimos a la moto. Atardece. Vuelan los guarás, fluorescentes. En un rato más Amélia Barbosa se vestirá con una falda larga y florida para el ensayo de carimbó del Grupo de Tradiciones Marajoara Cruzerinho, que coordina hace 29 años. Cada lunes y jueves, desde las 20.30, giran las faldas de las mujeres como hélices; el sonido del curimbó un tambor hecho con el tronco de un manglar blanco hace temblar las tablas claras y oscuras del parquet, junto con las zapateadas de los bailarines. Vestidos de pescadores y vaqueros, con sombreros y cuerdas, los hombres intentan conquistar a las bailarinas. El ritmo afro del carimbó levanta la temperatura que ya es alta y al público de sus sillas. "Es de Marajó, nuestro carimbó es caliente, de Pará es el mejor", dice la letra.

Escrito en el barro

La historia de esta isla que se desprendió del continente en el período cuaternario no se encuentra tanto en los libros como en las casas de los ceramistas. Carlos Amaral, que se dice descendiente de los Aruã, última tribu que habitó Marajó en la era precolombina, y su mujer Rosângela, hacen una explicación bien performática en su taller M'Barayó. Primero Rosângela relata el cotidiano indígena a través de las líneas, colores y formas de los cacharros. Después Carlos moldea la arcilla en el torno, bajo un enorme pájaro rojo de tela, y dice: "La arcilla de Marajó, usada hace cuatro mil años, es una de las mejores del mundo. Tiene un rico colágeno, lo que la hace elástica, ausencia de hierro y presencia de zinc, que mejora la calidad térmica poscocimiento. Los antiguos usaban la cerámica para la medicina, la culinaria y la religión: las piezas son utilitarios comunicativos. Escribían con la cerámica".

En la pared, un premio de la Guía Quatro Rodas 2005. Rosângela golpea una vasija contra el piso. Queda intacta. Carlos recuerda una nota que le hizo un periodista que decía "resiste incluso al portaequipaje de avión".

La tienda de cerámica de Josie Lima, Mãos Caruanas, funciona dentro de la Institución Caruanas de Marajó, una escuela que está en el medio de la floresta y fue creada por la madre de Josie, Dona Zeneida Lima: escritora, educadora y Pajé. Pajés son los guías espirituales de las tribus indígenas, y Caruanas son las energías que viven bajo las aguas y son llamadas por los Pajés para curar. Están representadas por el Aguaguara, un pájaro que mira hacia arriba y es rojo como el guará, como el que cuelga en la pared de Carlos Amaral.

Las "convulsionadas" playas de Marajó, a dos horas en barco desde Belém
Las "convulsionadas" playas de Marajó, a dos horas en barco desde Belém. Foto: LA NACION / AFP

Para llegar a la tienda hay que pasar por las aulas, unas casitas con forma hexagonal que no tocan el suelo, están construidas sobre palotes, para elevar la energía. Son 240 chicos en situación de vulnerabilidad, que además de ciencias y lengua, aprenden sobre ecología y cerámica. La tienda, donde Josie y su equipo fabrican unas biojoyas maravillosas y piezas inspiradas en la cultura marajoara y caruana, es bien didáctica. Hay carteles que explican que la cerámica fue descubierta en 1948 por los arqueólogos norteamericanos Betty J. Meggers y Clifford Evans Jr., que identificaron las cinco fases ceramistas de la isla, de las cuales la marajoara fue la más evolucionada. "Entre los marajós y los tapajós hubo un intercambio amistoso que se vio reflejado en la cerámica -dice Josie y muestra las piezas de cada uno, los marajós adoptaron los complementos externos en sus piezas y los tapajós los trazos de los marajós".

Del otro lado de la ciudad, en el barrio Pacoval, Ronaldo Guedes junto a otros ocho artesanos hacen y enseñan cerámica y tallado en madera en el Ateliê Arte e Mangue Marajó. "La idea de instalarse en un barrio simple como Pacoval es justamente para servir de modelo e integrar a la gente de la comunidad", dice Andrea Scafi, que tiene una agencia de turismo que lleva su nombre y organiza paseos personalizados, como este.

Hasta el cielo

La Asociación do Povoado do Céu pensó que nadie se quedaba a comer o dormir en su pueblo simplemente porque no había dónde. El problema es que ahora que construyeron un restaurante y una cabaña de taboca, una caña más dura que el bambú, frente a ese mar con río, o río con mar, depende la época del año, se les van a querer quedar a vivir.

La comunidad do Céu -del cielo es una villa de pescadores donde la electricidad llegó con el milenio y las casas, todas de madera y techo a dos aguas, tampoco tocan el piso, o más bien la arena. No tanto por la energía, como en la escuela, sino porque cuando el Amazonas sube, sube. Entre enero y julio llueve todos los días y el agua es marrón, dulce y mucha. Ya de junio a diciembre lo que sube es el calor, 40 grados fácil, y el agua es verde y salada; un Caribe con pescados de río que tienen nombres rítmicos y tamaño de tiburón: pirarucú, tambaquí, dourada, filhote; deliciosos asados o cocidos con tucupí, el caldo de la mandioca, y jambú, una hoja que adormece la boca.

Al Cielo se llega en carroza, como les dicen a las carretas arreadas por un búfalo, o en canoa por los igarapés: los brazos del río. Llegamos en la carroza que Antonio Cardoso heredó del suegro, pintada de los colores marajoaras: rojo, blanco y negro. Por aquí todo es color e inmensidad: la arena blanca, el mar-río verde, la floresta intacta, el mantel tropical de Brisa do Céu, donde espera una ensalada de mariscos multicolor, peixe frito y un agua de coco dulce como un néctar.

¿O debería decir que todo es colorido y paradisíaco? Inmensamente paradisíaco. Hasta con el cliché de la hamaca colgada en el restaurante, para una siesta después de comer. Y esa cabaña para dos, con balcón y una cama de hotel cinco estrellas. Yo soy la que me quiero quedar a vivir. Sobre todo después de ver a Antonio vestido de vaquero, montado en un caballo negro de mimbre, cantando canciones del Boi Areia Branca, una fiesta junina exclusiva de este pueblo, en la puerta de su casa. Lo único que le falta al Cielo es agua, de la potable, eso es lo único que dificulta, todavía, la cotidianidad.

Nos vamos por el agua, en la canoa de otro personaje surreal: Álvaro, pero prefiere ser llamado de Catita. Quince hijos, galanteador, pescador de la Vila do Pesqueiro, donde las casas también son de madera y no tocan la arena. Catita rema igarapé adentro, señala un árbol de Andiroba, que sirve para hacer barcos y tiene una castaña de la que se extrae un aceite bueno para la inflamación y el dolor de garganta. Entre los mangles se escucha la hinchada de un estadio de fútbol, pero es el macaco Bugio, un mono grandote y gritón. Es esa hora del día en que los colores del sol y los guarás que ahora surcan el cielo se parecen. ß

Datos útiles

Cómo llegar:

Viação Tapajós Terminal Hidroviário. Av. Marechal Hermes 901. C: (55 91) 99340-6804. www.viacatapajos.com.br. Los barcos de Belém a Marajó salen todos los días a las 8, el viaje cuesta R$50 y demora dos horas.

Dónde dormir:

Pousada Maruanases Fazenda Araruna. C: (55 91) 99605-4874. www.pousadamaruanases.com.br. 200 hectáreas de campo, a 800 metros de la playa y dos kilómetros del centro. Desde R$150 la doble con desayuno regional. R$90 para una persona.

Hotel Marajó Praça Inhangaíba, 351. T: (55 91) 3741-1396. El hotel más tradicional de Soure, con piscina, habitaciones simples y un buen restaurante. R$200 la doble con desayuno.

Hotel Casarão Amazônia Rua Quarta 626. T:(55 91) 3741-1988. www.casaraoamazonia.com.br. Un caserón colonial del siglo XIX restaurado en 2007, con piscina, en el centro de Soure. A partir de R$245 la doble con desayuno.

Brisa do Céu Restaurante y Posada. Povoado do Céu. Cabaña con baño privado para dos personas, sobre la playa, R$100.

Paseos y excursiones:

SCAFI Turismo no Marajó T: (55 91) 3741-1687. C: (55 91) 98858-7560. www.scafi.tur.br. La experta Andrea Scafi organiza circuitos personalizados culturales, ecológicos, de sol y playa; algunos tarifados, otros gratuitos, y cobra por acompañamiento. R$200 la diaria, R$100 medio día, con auto incluido, hasta 3 pasajeros.

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