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Fenómeno: detrás de las burlas, Trump exige repensar por qué llegó

El día después de las elecciones dará lugar a profundizar en el estado emocional y la inconformidad de una sociedad que hizo posible la candidatura del magnate por el Partido Republicano

Domingo 23 de octubre de 2016
Trump, ayer, durante una visita al parque Militar Gettysburg, Pensilvania
Trump, ayer, durante una visita al parque Militar Gettysburg, Pensilvania. Foto: Reuters / Jonathan Ernst

Entre las grandes tradiciones de Nueva York, el tercer jueves de octubre se distingue, desde hace 71 años, por una comida imperdible para quien quiera hacer notar, sobre todo si es católico, que es alguien en la vida social y política de la ciudad. Si ese jueves cae en el almanaque a sólo pocos días de una elección presidencial, como ocurrirá el 8 de noviembre, el interés general se acrecienta.

Las expectativas se potenciaron este año aún más todavía cuando Hillary Clinton y Donald Trump confirmaron que serían parte de ese encuentro por realizarse a 24 horas del tercero, último y rudo, como los otros dos, de los tres debates televisados que sostuvieron. Restaba verificar cuán a fondo sería el lance de chanzas recíprocas en el plato fuerte de este acontecimiento que tiene cabida en los tramos últimos de las competencias electorales por la presidencia de Estados Unidos.

La crónica de nuestra corresponsal en los Estados Unidos, publicada en la edición de ayer, no dejó duda de que la ramplonería de Trump es imbatible y de que así seguirá hasta el final de la campaña. Nadie cambia de estilo y carácter después de toda una vida, y menos si le quedan por delante apenas dos semanas para repensar su identidad. Los abucheos que le infirieron a Trump desde un público tan compuesto como el que va enjoyado a cenas de galas refleja cuánta y diversa es la impaciencia que cunde a su alrededor.

Desde la muchachada universitaria y progresista que energizó al principio de la contienda la precandidatura por los demócratas del senador Bernie Sanders hasta algunas de las principales figuras del Partido Republicano lo han tomado por un delirante. Aunque resulte difícil rechazar de plano esa apreciación, por patética que sea, ¿no estaremos tomando demasiado en serio a quien puede ser un gran impostor, sin otro propósito ni capacidad que la de burlarse al final de todos? ¿Quién, si no, puede anunciar que aceptará los resultados de una elección? "si gano"...

Sobre conductas individuales y colectivas pueden abrirse hipótesis hasta el infinito. ¿Cómo identificar, por ejemplo, la razón por la cual en todas las encuestas realizadas desde hace muchos años en América latina los argentinos se manifiestan como los más críticos de los norteamericanos? ¿O es que todavía padecemos del mismo síndrome competitivo que indujo, con mayores razones por entonces, a Sáenz Peña y Quintana a disputarles el liderazgo continental en las primeras reuniones interamericanas? ¿No estamos siquiera dispuestos a aceptar que una sociedad que se abre al humor ácido como el de la comida de anteanoche en Nueva York está con mejor salud mental que la multitud de porteños que camina por las calles con entrecejo fruncido y las gentes que se sorprenden en Buenos Aires cuando alguien entra en un comercio y desparrama un generalizado "buenos días"?

No ha estado nada mal que los candidatos hayan hecho un alto en una campaña de hostilidades sin precedentes para reírse hasta donde les dieran las fuerzas y tonificar con su presencia un ágape anual de beneficencia para chicos indigentes. Lo organizaba, como todos los años, la Alfred E. Smith Memorial Foundation, con los auspicios del arzobispado de Nueva York. Los periodistas se prepararon para registrar gags tan hilarantes como corrosivos del tipo que un comediante perpetró cierta vez contra "La Voz": "Se dicen todo tipo de cosas sobre Frank Sinatra, pero yo debo decir que él me salvó la vida. Una patota me estaba moliendo a palos cuando se oyó a Frank: «Suficiente, muchachos»". El sarcasmo eficaz trabaja sobre algún piso de verosimilitud, como saben los profesionales del humor llamados a confeccionar guiones a candidatos.

Anteanoche, no estuvo a salvo ni el anfitrión, el rechoncho arzobispo Timothy Dolan. Sentado entre Hillary y Donald, confesó haberse sentido en el lugar más helado del planeta. Al hacer las presentaciones, y en alusión a la vestimenta propia de un cardenal, Alfred F. Smith IV se permitió también él entreverarse en la carrera. Advirtió a Trump que el hecho de que hubiera a su lado alguien con "bata" no debía hacerle creer que se encontraba en un vestuario. "Cuide su lenguaje, señor Trump", previno.

El candidato republicano sacudió mandíbulas con la broma. Smith la hizo a expensas de uno de los tropiezos mayores de la campaña de Trump: el lenguaje desbocado con el cual desnudó la forma con la que habituaba a tratar a las mujeres. La delación provino del audio de una conversación de hace años con un periodista y por esas casualidades de la política vino a difundirse justo ahora. Procuró exculparse en que había hablado con el tono subido, y sin crédito, con el que los hombres suelen hablar bajo la ducha después de un partido en el club, pero le faltó el jabón adecuado para desinfectar lo que debía limpiar.

Hillary, a su turno, volvió sobre ese asunto de los atrevimientos de Trump. Dijo haber recibido su saludo al llegar, pero que debió pedirle se alejara del toilette reservado a señoras. Trump devolvió el pelotazo al observar que lo maravillaba estar presente en la primera comida en que Hillary hablaba ante empresarios sin cobrar por ello honorarios. Hurgó así en la llaga de las relaciones que se imputan desde hace tiempo a los Clinton por la naturaleza de sus ingresos económicos y el manejo de la fundación que administran.

Los veteranos en esta clase de veladas dicen que el éxito depende más de la temeridad con la que los candidatos estén dispuestos a emplearse para reír de sí mismos, que de lo que corra por cuenta del ingenio de los oponentes para arruinar entre carcajadas reputaciones ajenas.

Hillary llevó las de ganar. En un contexto en que la gente se hallaba preparada para divertirse, algunos comentarios de Trump recibieron ecos de reprobación. Eso no es frecuente en este tipo de reuniones. Si el chiste no pasa de malo, lo natural es que lo siga el silencio, no el denuesto. Estas demostraciones aisladas de un ánimo bastante común incentivarán, a partir de la noche del 8 de noviembre, al cabo de la votación, una indagación central. Se referirá no tanto a Trump, sino al estado emocional e inconformidad de una sociedad que hizo posible su candidatura por uno de los dos grandes partidos. Y más aún, que lo encumbró hasta hacerlo pasar, en varios instantes de la campaña, la vara de más del 40 por ciento de intención de voto en su favor entre los electores registrados.

Después de haber sido gobernador de Nueva York, Alfred E. Smith se convirtió en 1928 en el primer católico en disputar la presidencia de los Estados Unidos. Perdió. Lo derrotó Herbert Hoover, republicano. Aquella condición no le auguraba a Smith, candidato por el Partido Demócrata, precisamente el triunfo en tiempos de decidida prevalencia blanca, protestante y anglosajona. Todavía en 1960, cuando John Kennedy logró torcer la historia política del país, constituía una desventaja excesiva ser un candidato católico.

No todo cambia con los años, pero algunas cosas sí. En 2016, la señora Clinton pudo sentirse cómoda en un ámbito regido por la diócesis de Nueva York, la mayor aprovisionadora de recursos financieros en el mundo para la Iglesia católica. Tal vez esto no hubiera sido igual para ella un par de años atrás, entre los chisporroteos que provocaba su posición en cuestiones de aborto.

Las partes siguen aferradas a las mismas opiniones diferenciadas de antes, pero ahora las distrae, como a todos, un fenómeno de época: el señor Trump.

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