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Un puente quebradizo entre dos óperas

Volo di Notte e Il Prigionero, de Luigi Dallapiccola, en el Teatro Colón

Martes 25 de octubre de 2016
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LA NACION
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Víctor Torres, como Rivière
Víctor Torres, como Rivière. Foto: M. Parpagnoli / Teatro Colón

VOLO DI NOTTE, IL PRIGIONIERO, óperas de Luigi Dallapiccola / Dirección musical: Christian Baldini / Dirección de escena: Michal Znaniecki / Coreografía: Diana Theocharidis / Escenografía: Luigi Scoglio / Intérpretes: Víctor Torres, Carlos Ullán, Daniela Tabernig, Sergio Spina, Carlos Esquivel, Adriana Mastrángelo, Leonardo Estévez y Fernando Chalabe / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: buena

Menos de diez años median entre Volo di notte, de 1940, e Il prigioniero, concluida en 1948 aunque iniciada tiempo antes. Pero mucha agua pasó en ese tiempo bajo el puente de la historia y de la poética musical de Luigi Dallapiccola. El tour de force del compositor italiano fue -no es un secreto- haber logrado que la mayor objetividad conviviera con una expresividad sin atenuantes. Esto se advierte ya en el primer compás de Volo di notte, con ese motivo punzantemente lírico que se les confía a las cuerdas. A partir del relato Vuelo nocturno, de Antoine de Saint-Exupéry, Dallapiccola despliega una concentrada meditación sobre la utopía y sus límites.

En la versión que presentó el Colón en su temporada lírica, la precisa escenografía de Luigi Scoglio aportó un realismo un poco alucinado (ese ambiente irreal de un aeródromo de noche) que fue un contrapeso eficaz para el lirismo de Dallapiccola. La puesta de Michal Znaniecki decide que el jefe Rivière sea una especie de dictador aeronáutico, cuando en realidad, en cuanto pionero de la epopeya de los primeros vuelos aeropostales, parece más bien un avatar menor y tardío del Fausto de Goethe, ese que, hacia el final de la segunda parte, decide sacrificar a Filemón y Baucis en nombre del progreso. A partir de esta decisión, Znaniecki construye una escena de protesta que, de manera inopinada, alude a la última dictadura militar argentina. Previsiblemente, esto le permite anudar débilmente, a costa de la anulación de cualquier momento escénicamente resolutivo, la trama de Volo di notte con la de Il prigioniero. Aquí nos entrega además vuelos de la muerte y uniformes verde oliva. Digamos que es incluso posible que, en su persecución utópica a ultranza -el dominio de la naturaleza y la conquista de la libertad, en un caso y en el otro- Rivière esté más cerca del personaje de Il prigioniero que de los verdugos. Las alusiones a la dictadura pueden haber sido originales en algún momento, pero su recurrencia en cualquier ópera que toque frontal o lateralmente el problema del poder termina resultando una solución de emergencia que, además, banaliza aquello que pretende denunciar. La eficacia política de Il prigioniero de Dallapiccola reside precisamente en su condición alegórica, en el hecho de decir sin nombrar.

El lado vocal, en cambio, no tuvo fisuras. En Volo di notte, Daniela Tabernig hizo una Simona Fabien conmovedora y con enorme consistencia vocal, lo mismo que Sergio Spina como el telegrafista, que supo cómo tensar el drama del aviador, y Carlos Ullán en el papel de Pellerin. Por su parte, Víctor Torres compuso un Rivière que convenció por la sobriedad actoral. Por su lado, el barítono Leonardo Estévez hizo un prisionero antológico, contundente y con un dramatismo que administró la luz de esperanza y la desesperación. No se quedaron atrás Adriana Mastrángelo como la madre, que brilló desde la primera nota, y Fernando Chalabe, que dio ese punto justo de ironía y crueldad. Se lució también el coro preparado por Miguel Martínez.

Solamente un director tan fino como Christian Baldini puede hacerle justicia al refinamiento de la escritura de Dallapiccola. A propósito de Il prigioniero, Luciano Berio hizo notar que existía en Dallapiccola la conciencia humanista de que el todo precedía a las partes. La clave del enfoque de Baldini, que contó con un rendimiento muy parejo de la Estable, consistió en haber iluminado cada recoveco de la invención del compositor italiano sin perder jamás la perspectiva general. Fue notable el modo en que presentó una fluidez vocal e instrumental muy libre y, a la vez, recortó minuciosamente los estrictos contornos motívicos. Es una tarea que demanda la pericia para manejar las masas de la gran ópera y la atención de un miniaturista. Para Baldini, esos dos mundos están más cerca de lo que parece.

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