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Un tercer e ilimitado universo

Martes 25 de octubre de 2016
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LA NACION
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Arrabal salvaje / Intérpretes: Sabrina Castaño, Florencia Curatella, Marcelo Demarchi, Claudio Fleischer y otros / Músicos: Tata Cedrón, Daniel Frascoli, Josefina García, Miguel López y Miguel Praino / Vestuario: Andrea Castelli y Abril Rosenrauch Bonetto / Luces: Alberto Lemme / Video: Gerardo Azar / Asistencia de dirección: Carina Mele / Producción: Florencia Agrazo / Dirección: Andrea Castelli / Duración: 70 minutos / Sala: El Popular, Chile 2080 / Funciones: sábados, a las 20 / Nuestra opinión: muy buena

La idea de "arrabal salvaje" se presenta como verosímil, no sorprende la combinación entre el sustantivo y el adjetivo, es casi lógico. Pero no describe el espectáculo. La noción de salvaje parece llevarnos a un universo desbocado y desprolijo. No es el caso. Por el contrario, el trabajo de entramado es cuidadoso, detallista, cada pieza está ubicada deliciosamente en su lugar. Porque una puesta es un sistema que construye un lugar específico para sus elementos. En este caso hay un músico popular y maravilloso como el Tata Cedrón, con su cuarteto, y una coreógrafa inteligente y talentosa con unos fantásticos bailarines. Estos mundos construyen un puente. En él, la propuesta lograda arma una obra antigénero, al decir de Oscar Steimberg. Un quiebre que, sin embargo, pertenece al universo de lo musical-teatral definitivamente vernáculo.

Los músicos se ubican a un costado del escenario, pero la localización espacial está lejos de quitarle centralidad porque su presencia es pregnante de manera evidente, incluso cuando no son ellos los que ejecutan la música.

La propuesta es de cruce: un entramado de dos mundos; un tapiz con hebras diferentes que convergen. Cuando el Tata Cedrón canta, despincela las últimas sílabas y eso que hace con el canto tiene su correlato en las propuestas coreográficas, pero no en la totalidad, sino en el cruce. Como si la articulación entre una escena y la otra se desdibujara para permitir el engarce. Los bordes rígidos son imposibles de ensamblar, entonces algo se ablanda, se difumina y permite la construcción de la trama. El mismo juego se da en el desplazamiento de los bailarines en el espacio: abren y cierran círculos, se reagrupan o se disgregan. Arman diagonales o presentan un ordenado desorden en el escenario.

Tal vez el paradigma sea llevado al extremo de manera notable en el momento en el que bailan en las sillas, paradoja impecable, si las hay. La impronta se repite en el vestuario, en el que aparece lo diverso y lo semejante. Y en la misma línea las voces que se hacen presentes desde la letra de las canciones y en lo musical. Cuando se produce la intersección entre dos universos como en este caso, se construye un tercer universo que borra las partes previas y deviene en un mundo nuevo creado por la mano experta y magnífica de Andrea Castelli.

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