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La vida de mis vecinos

Jueves 27 de octubre de 2016 • 02:14

Llevaba muerta varias horas mi vecina del piso de abajo; yo no sabía su nombre. El día en que se murió nadie se enteró en el edificio. Al siguiente, a la encargada le llamó la atención porque conocía sus rutinas: la hora en que se iba a trabajar y cuando sacaba a pasear el perro (tampoco conocía yo el nombre del animal). Sabía, sí, que tenía un gato: si me asomaba al balcón lo veía entre unas pocas macetas enroscado al sol, con sus rayas atigradas, casi anaranjadas. No maullaba. Se comportaba más como un perro que como un gato (al menos los gatos que conozco, que suelen correr, trepar por árboles, andar por los techos).

El caso es que la portera habló con los familiares y entraron juntos; ella tenía las llaves justamente porque a veces cuidaba a los animales. Y estaba la señora tendida en la cama, rígida desde hacía unas 20 horas, supimos después. El perro también estaba ahí, tiritaba en el umbral de la cocina. El gato estaba recostado sobre ella, como adormecido. Con el movimiento de gente huyó de la habitación y ya no lo encontraron por ningún lado. Cuando, más tarde, oí a los familiares en el balcón les di el pésame a distancia; me agradecieron y me pidieron que, si veía al gato, les avisara.

Curiosamente esta vecina se me hizo más presente a partir de su muerte. Había días en que me encontraba buscando al gato en los rincones, revisando la piecita de afuera, mirando debajo de la parrilla, detrás de un macetón. Con mi fobia a los gatos, no me hubiera animado a tocarlo; seguro que se habría escapado antes de que llegara la portera. En esos días, recordé las tres o cuatro veces que coincidimos en viajes incómodos en ese cuadrado enchapado, de ascenso lento, vacío de toda conversación, rogando que el perro no empezara a ladrarme o a olfatearme, algo que me incomoda y no sé por qué me avergüenza.

¿Habrá necesitado algo de mi alguna vez?, pensé en estos días.

Empecé a pensar, también, en los demás vecinos. Tampoco sé el nombre de ninguno, en qué piso viven, nada de ellos. Me acordé, también de que cada tanto en el ascensor me encuentro con un origami enganchado entre los botones: los deja un vecino de regalo para alguien, para cualquiera, imagino, porque no le veo destinatario. Yo tomé dos patos que tengo en la biblioteca. Una vez, en el lugar del origami había una tarjeta que, con letra infantil, agradecía ese delicado arte. "Gracias, muy lindos tus regalos", decía.

Pensaba que cuando éramos chicos los vecinos de mi barrio eran casi como parientes. Daban unos golpecitos a la puerta y ya entraban, no había cita concertada para tomar mates -los grandes- o jugar -los chicos-, si alguien había cocinado algo rico pasaba con un plato humeante para convidar, era común pedir o que pidieran una tacita de aceite o de azúcar o de yerba cuando alguien se había quedado sin. Ni qué decir cuando mis padres tenían que llevar al médico a algún vecino sin auto, o traer a alguno de los niños ya que venían del centro. Y observo que hoy siguen conservando algunas de esas costumbres en el pueblo.

Con mis vecinos de Palermo, en cambio, si nos cruzamos afuera del edificio no nos saludamos. Salvo raras excepciones, hacemos como que no nos vemos. Incluso un par de veces coincidí en el gimnasio del barrio y estuvimos al lado en la cinta caminadora 30 minutos con alguien que creo que es vecino y no nos dedicamos ni una sonrisa como al pasar, nada. Invisibles.

Me resultó extraño y me causó algo de envidia cuando mi amiga Rebeca me contó que al mudarse algunos vecinos del barrio -Barrio Norte- que se iban enterando se acercaban a saludarla; también los encargados de edificios de la cuadra le dijeron que la iban a extrañar. Rebeca, le decían. Le conocían el nombre. Y el de su perro, Felipe. Me decía ella: "Es que yo tengo las costumbres del interior. Saludo, converso, me gusta conversar. Sé que no es lo que hace todo el mundo".

Dice eso y me cuenta que leyó que en Japón hay un servicio tipo comando que entra en las casas de los muertos a hacer la tarea de desarmar la casa. Desinfectan, luego embolsan las pertenencias y categorizan y se lo entregan a los familiares, si es que quieren recibir algo. Busqué la nota. Cuenta que muchas veces los cuerpos ya están descompuestos, porque nadie notó la ausencia por semanas o meses, ni familiares, ni vecinos.

Vi salir a mi madre de aquel departamento / con las lágrimas espesas de quien llega tarde. / Murió como un perro, gritaba. Recordé esos versos del poema de Ignacio Di Tullio: Mi tía abuela muere sola a los 81 años. Es una especie de crónica policial: (...) los vecinos se quejaron del olor / y los policías que tiraron la puerta abajo / tuvieron que abrirse paso entre el aire cargado.

Releo el poema completo, sigo pensando en mi vecina y en los demás que habitan del otro lado de la pared: sólo oigo cada tanto los ruidos de esos seres ajenos, inciertos, lejanos. Pienso, también, que este podría ser mi origami, mi regalo para mis vecinos ignotos.

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