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Un hombre perfecto logra superar sus limitaciones a fuerza de desfachatez

Jueves 27 de octubre de 2016
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Un hombre perfecto (Un homme idéal, Francia, 2015, hablada en francés) / Dirección: Yann Gozlan / Guión: Yann Gozlan, Guillaume Lemans, Grégoire Vigneron / Fotografía: Antoine Roch / Edición: Grégoire Sivan / Música: Cyrille Aufort / Intérpretes: Pierre Niney, Ana Girardot, André Marcon, Valeria Cavalli, Thibault Vinçon, Marc Barbé, Sacha Mijovic / Distribuidora: Mirada / Duración: 104 minutos / Calificación: apta para mayores de 13 años / Nuestra opinión: buena

Deudora ferviente de Patricia Highsmith y en especial de las encarnaciones cinematográficas del señor Tom Ripley (pero el actor Pierre Niney está lejos de las potencias contenidas de Alain Delon o Matt Damon), Un hombre perfecto es un ejercicio de emulación con pocas sutilezas. Pero no sólo de sutilezas se hace el cine, incluso el subgrupo de películas efectivas. Un hombre perfecto es efectiva y segura, y hace de su convicción un paraguas contra sus chambonadas. Porque ésta es una película que cuenta la historia de un impostor aspirante a escritor que roba un manuscrito, un diario sobre la guerra de Argelia, y lo hace suyo, y cambia de vida y de clase social. Y Un hombre perfecto simula contarlo como si fuera la primera vez, como si no estuviera gastado el tema en el cine y en especial en el cine francés.

Es tan impetuosa esta película que describe sin ironías el ambiente literario galo de cócteles y adulaciones galantes (que fueron ridiculizados con especial sabiduría este año por Eugène Green en Le fils de Joseph), y también las tertulias de la clase alta tradicional. Asistimos a diversos jà vu, y con bastante frecuencia. Pero la seguridad insolente que despliega el director y guionista Yann Gozlan es tal, la capacidad para ponerle garra a sus recorridos transitados -y, por momentos, puesta en escena descaradamente vodevilesca-, que la película adquiere una fluidez que muta en ritmo sostenido.

La frontalidad para encarar temas gastados, la ausencia de originalidad, la desfachatez para filmar a Ana Girardot en modo de seducción constante de jovencita hermosa y bien criada e intelectual, y fogosa y misteriosa, más otras virtudes que podrían verse como torpezas o modos irreflexivos hacen de esta película no un thriller personal europeo, sino una actualización de modos industriales largamente probados en el cine francés centrado en el crimen. Para terminar volvamos a Highsmith: el personaje protagónico, Mathieu Vasseur, es como uno de esos animales de los cuentos de Crímenes bestiales de la escritora estadounidense: ante el encierro o la amenaza reaccionará con una ferocidad que parece salir del instinto de supervivencia, aunque la supervivencia sea -en este caso- intentar aferrarse a una vida de literato de éxito que es, en sí misma, una exageración seductora e hiperbólica. Como lo es la cotidianidad de, por ejemplo, Tony Stark/Iron Man.

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