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Metáfora, transformación, belleza

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LA NACION
Viernes 28 de octubre de 2016
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Tarabust / Dramaturgia, dirección e interpretación: Daniela Fiorentino, Carlos Peláez / Máscaras, vestuario y títeres: Sara Bande / Luces: Adrián Cintioli / Voces en off: Francisca Marín, León Marín / Realización de títeres: Sara Bande, Alejandra Farley / Entrenamiento vocal: Magdalena León / Asistencia artística: Lucas Marín / Asistencia general y codirección: Julia Ibarra / Sala: Pan y Arte, Boedo 876 /Funciones: viernes, a las 20.30 / Duración: 55 minutos / Nuestra opinión: muy buena

En ocasiones las palabras se convierten en un obstáculo. Porque aun creyendo en sus infinitos caminos existen cosas de las que no puede dar cuenta. A veces, sirven para desmantelar un relato.

Tarabust es una propuesta en donde hay dos magníficos intérpretes, Daniela Fiorentino y Carlos Peláez, y un precioso objeto antropomórfico, a los que se suman dos máscaras que transforman a quienes las portan en seres animales. Pero en sentido estricto no es posible dar cuenta de una historia. La narrativa está eludida y no por ausencia de palabras, sino por su aparición desviada.

Foto: LA NACION

En la sala más pequeña de Pan y Arte, cálida y bella, todo se acomoda para proponer un viaje. Uno de esos que nos llevarán a un destino que no podrá describirse porque lo que no se conoce no se puede describir: la experiencia, ya se sabe, es instransferible.

La transformación puede pensarse como el principio constructivo que rige el sistema. Todo está sometido a la mutación. Podemos incluso reconocer fragmentos, pero no hay manera de señalar una totalidad que comprenda algún tipo de conjunto.

El vestuario connota, pero no podría decirse qué es; no se trata de un piloto ni de un uniforme, el color oscuro es definitivamente pregnante. La puerta, pequeña para las personas, dejará entrar a un títere, pero luego mutará en otra cosa (el acto de transformación de la puerta puede pensarse como una síntesis de toda la presentación). ¿De qué manera y en qué momento exacto algo se convierte en otra cosa? La palabra se desarticula, se rompe y no deja reconstruir el sentido. Lo que funciona como punto de pasaje luego deviene como sitio de sostén. Lo que es hombre pasa a ser burro y lo que es mujer, ave. Sin embargo, hay discursos que se entienden con claridad: los del mandato, los externos, esos que afirman cuál es el modo de ser padres, lo que repite, de manera insistente, la norma. Esos decires son profundamente claros. Tantas veces repetidos ya no se los discute, nadie se interroga por el mecanismo. Con los lugares de los estereotipos pasa algo semejante: la foto de la felicidad familiar en la playa. ¿Cómo llegamos, entonces, a la cama de hierro, blanca, de los hospitales? Pequeña cama para paciente pequeño. Del mismo modo que una tela azul se transforma en el mar. O una cabeza se convierte en un conglomerado de flores. Cuando la metáfora prima, las explicaciones son innecesarias; eso nos muestran, mientras nos llevan cálidamente de la mano, los dos intérpretes, que además construyeron la puesta y la dramaturgia de esta presentación tan singular.

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