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Patrimonio audiovisual en emergencia

Viernes 28 de octubre de 2016
PARA LA NACION
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Desde 2005, cada 27 de octubre se celebra, por decisión de la Unesco, el Día Mundial del Patrimonio Audiovisual. Se lo instituyó como forma de alentar la reflexión sobre la necesidad de tomar medidas para proteger películas, programas de radio y televisión, y grabaciones de audio y video que dan testimonio de la diversidad cultural de la humanidad.

Tener un día para el patrimonio audiovisual mundial implica, al mismo tiempo, un alerta y un llamado a la acción: gran parte de ese patrimonio se perdió de manera irrevocable a causa de la negligencia, la destrucción o la falta de recursos, competencias y estructuras adecuadas. Esto provoca lo que pudo ser evitable: un empobrecimiento de la memoria de los pueblos.

La Argentina no fue un país particularmente cuidadoso de su patrimonio audiovisual. Hoy están en riesgo largometrajes de ficción, noticieros y otros archivos de TV, películas científicas y educativas, publicidades y toda la producción familiar: desde las filmaciones de casamientos hasta cumpleaños, vacaciones y gran variedad de películas amateur. Nuestra memoria audiovisual abarca los registros audiovisuales de una infinidad de actividades, de las funciones del Teatro Colón a las audiencias orales del Juicio a las Juntas Militares, entre tantos acontecimientos relevantes para la vida nacional.

Repasando la historia local reciente de nuestros archivos audiovisuales, veremos que -pese a la responsabilidad indelegable del Estado en la protección de la memoria audiovisual- durante años, la conservación fue llevada a cabo por el sector privado, empezando por el coleccionista Manuel Peña Rodríguez que, en los años 30, fue pionero en preservar cine mudo -hecho derivado de su pasión cinéfila- hasta llegar a la Fundación Cinemateca Argentina que, desde 1949, hizo un primer trabajo en la recuperación de materiales del cine argentino.

Los índices de deterioro son muy altos: desde su aparición en 1893, el primer soporte de material fílmico fue el nitrato, muy inestable químicamente, proclive a entrar en combustión espontánea y a prenderse fuego. En 1951, cuando fue reemplazado por el acetato, desapareció el riesgo inflamable, pero aparecería un nuevo problema: si esas películas no se conservaban en una temperatura y humedad estables podían generar síndrome de vinagre, capaz de pudrir la película y producir contagio entre las latas.

A pesar de ese estado de situación, en el pasado la Argentina no ha previsto un archivo nacional audiovisual. El resultado es lo que tenemos: un patrimonio audiovisual en emergencia nacional, realmente muy comprometido. Se perdió más del 90% de la producción muda argentina y más del 50% de la producción sonora; la producción en magnético (TV) ha sacrificado casi un 70% de sus materiales. Esto ocurre en un momento en que la tecnología se hace obsoleta cada vez más rápido y en el cual, hay que decirlo, la obsolescencia programada es no sólo una realidad tangible, sino una estrategia comercial de las empresas. En ese marco, la conservación se ha vuelto un problema.

Al mismo tiempo, el panorama que tenemos por delante genera cierto optimismo: estamos cada vez más cerca de alcanzar finalmente una cinemateca nacional, que fue prevista por la ley 25.119, aprobada en 1999 y reglamentada en 2010. Tanto desde el Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales (Incaa) como desde el Ministerio de Cultura del gobierno de la Nación se empezó a trabajar con constancia para que la cinemateca nacional pueda entrar en funcionamiento, con el objetivo de asegurar un espacio con las condiciones adecuadas de conservación para el patrimonio audiovisual en todos sus soportes y llevar adelante distintas políticas de acceso a esos materiales.

La nueva cinemateca contará con una sala de cine, una bóveda de guardado, un centro de documentación, oficinas administrativas y un laboratorio que -sumados al equipamiento necesario- permitirán trabajar con los soportes analógico y digital. Incluso se está considerando la posibilidad de que el guardado se realice fuera de la ciudad de Buenos Aires, posiblemente en provincias como San Luis o San Juan, en grandes superficies con adecuadas condiciones climáticas basadas en la humedad y la temperatura moderadas y controladas.

Todavía nos queda mucho camino por recorrer; estamos lejos, pero hay que llegar. De a poco, el desafío consiste en ir tomando conciencia colectiva de que estamos ante un problema de tal gravedad que se ha vuelto ineludible para las autoridades nacionales.

Entonces, a 17 años de la sanción de la ley, éste es el momento de dar un paso decisivo hacia la concreción de nuestra cinemateca nacional.

Directora del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, dependiente del GCBA

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