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Después de #NiUnaMenos, ¿ahora qué?

CAMBIO CULTURAL. ¿Cómo traducir las movilizaciones masivas contra la violencia de género en políticas públicas? Los expertos coinciden: sin un Estado activo y una ciudadanía atenta, se corre el riesgo de perder una oportunidad

Domingo 30 de octubre de 2016
Ilustración: Florencia Abd. Foto: Fabián Marelli
Ilustración: Florencia Abd. Foto: Fabián Marelli.
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"Subo al colectivo y una mujer, vestida de negro, me mira vestida de negro. Nos sonreímos. Nos entendemos." Entre el alud de crónicas, notas y posts sobre la jornada contra la violencia de género que se realizó el miércoles 19, e incluyó paro de mujeres, marcha y consigna de asistir portando ropa negra, reluce el texto que Silvana Aiudi publicó en Panamá Revista. Y esa frase, síntesis e intuición de lo que se viene forjando desde el primer #NiUnaMenos.

Casi no hace falta cronología. En junio de 2015, tras el asesinato de Chiara Páez, una manifestación multitudinaria e inédita reclamó, en distintas ciudades del país, el fin de la violencia machista que, se calcula, se cobra una víctima cada 30 horas. En junio de este año, una nueva convocatoria volvió a hacer escuchar el grito "¡Vivas nos queremos!" Y hace poco más de una semana, una tercera marcha masiva, impulsada tras el horroroso asesinato de Lucía Pérez, lo confirmó: el repudio al femicidio encarna uno de los fenómenos más potentes, imaginativos y convocantes (en las marchas han participado agrupaciones feministas, ONG, sectores estudiantiles, gremiales y partidarios) del último tiempo. La pregunta -mientras un triple femicidio en Mendoza enluta a la sociedad- es qué hacer a partir de ahora: ¿cómo traducir toda esa enorme energía y capacidad de movilización en acciones y políticas públicas eficaces?

El todo y la parte

"Mientras los órganos de poder estatales y privados reproduzcan la desigualdad de poder que se denuncia, y que está en los orígenes de la violencia de género, las manifestaciones contra la violencia van a quedar como simpáticos, aunque necesarios, llamados a la conciencia, tan poco efectivos como los que se realizan en pos del cuidado del medio ambiente", responde, tajante, el abogado y sociólogo Roberto Gargarella. Para este jurista, si las movilizaciones no redundan en cambios legales y culturales fuertes, corren el riesgo de transformarse en "tranquilizadores" de conciencias. "Con las leyes pasa algo igual -continúa-: si no hay un Estado activo implementándolas, y una ciudadanía que las encarna, se convierten en meros formalismos que sirven, sobre todo, para que algunos funcionarios públicos se coloquen alguna medalla."

Por caso, la Argentina cuenta con una irreprochable normativa destinada a la prevención y erradicación de la violencia de género, la ley la 26.485, reglamentada en 2010. Sin embargo -y ante las dificultades para implementarla efectivamente- el número de femicidios no deja de crecer. Un dato señalado tanto por la ONG La Casa del Encuentro como por la vicepresidenta de la Corte Suprema, Elena Highton de Nolasco. "Los femicidios crecen, son más cruentos, más perversos", expresó recientemente. "Quiero exhortar a los jueces a que piensen con perspectiva de género", agregó.

"La política pública más efectiva y más compleja en la que se deben traducir las movilizaciones es una dirigida a promover y sostener un cambio cultural -considera Natalia Gherardi, directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA)-. Hay que comprender los vínculos profundos entre las violencias extremas de los femicidios y las condiciones sociales, económicas y políticas de las vidas de las niñas, adolescentes y mujeres."

En sintonía, desde Cippec sostienen que los femicidios son sólo una parte; la manifestación concreta y devastadora de un panorama mucho más amplio, marcado por distintos modos de lo violento. "Si no se ataca esas otras formas de violencia, a veces invisibilizada, es difícil terminar con la más obvia", asegura Gala Díaz Langou, directora del Programa de Protección Social de Cippec. En este sentido, destaca la necesidad de trabajar con los derechos sociales y reproductivos: un gran escenario de violencias silenciadas donde, en la Argentina, "aún queda mucho camino por recorrer". Asimismo, apunta a la estructura de los cuidados, esa zona difusa -crianza de los hijos, tareas domésticas, asistencia a los adultos mayores- que recae fundamentalmente sobre hombros femeninos y que, en muchos casos, funciona como expulsora del mercado laboral. "Habría que impulsar dos políticas específicas -insiste Langou-: modificación del régimen de licencias y expansión de los servicios de cuidado."

En el primer caso, Cippec promueve, junto con Unicef y ELA, la creación de licencias familiares -ya no "de maternidad"-, que cada grupo familiar podría gestionar de acuerdo con sus necesidades y composición. Si tanto varones como mujeres pudiesen disponer de esas licencias, se revertiría la situación actual, donde un importante número de mujeres debe elegir entre la maternidad y la continuidad laboral (por no hablar del derecho de los varones que quieren participar en la crianza de sus hijos). En lo que hace a la expansión de los servicios de cuidado, Langou sostiene que, si bien algo se está avanzando con el Plan Nacional de Primera Infancia, es necesario ampliar la oferta pública de centros de cuidado infantil.

La ecuación es clara: una mujer con medios económicos propios es una mujer con mayores posibilidades de autonomía y decisión. Por ende, menos vulnerable a eventuales circuitos de violencia. "Las mujeres pobres son las más expuestas", afirma la economista Mercedes D'Alessandro, a la vez que apunta a una zona proverbialmente ignorada por los cálculos económicos: el trabajo doméstico. "El 70% de ese trabajo no remunerado lo hacen las mujeres -grafica-, lo cual es un factor de asimetría."

D'Alessandro participó en el reciente coloquio del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA). Allí, como moderadora del panel "La mujer en las organizaciones", habló de? Los Supersónicos. En aquel dibujo animado de los años 60, se mostraba una familia "futurista" -mamá, papá, dos hijos- que era el calco de la familia tipo estadounidense de la época. En la presentación de cada episodio, iban los cuatro en su auto volador, cada niño en dirección a la escuela, papá rumbo al trabajo. Y mamá, con la billetera de papá, rumbo al shopping. "En aquellos años, el 65% de los niños vivía en una familia como la de Los Supersónicos, con un padre proveedor y una madre ocupada de las tareas de la casa -explica D'Alessandro-. Pero hoy sólo el 25% de los niños vive en una familia de este tipo." Efectivamente: Los Supersónicos anticiparon los autos voladores que nunca llegaron y no pudieron prever ni el ingreso masivo de las mujeres al ámbito laboral ni las familias ensambladas, monoparentales u homoparentales que son parte de este siglo. Pero quienes tampoco pudieron -ni pueden- verlo son, en apariencia, el mismísimo mercado laboral y el Estado. "Siguen pensando a las mujeres como el ama de casa que ya no son", concluye la economista.

Cuestión de Estado

Para Martín Hevia, decano de la Escuela de Derecho de la Universidad Torcuato Di Tella, no se trata de dar vueltas: "Es una cuestión de derechos humanos; la Constitución exige avanzar y desarrollar políticas de trato igualitario". En este marco, destaca: "Nuestra vida está constitucionalizada en muchas dimensiones, pero en la dimensión de la igualdad todavía estamos en deuda. Así, por ejemplo, el artículo 37 de la Constitución exige políticas de paridad, que no es un favor a las mujeres". La obtención de la paridad -cuya media sanción se votó en el Congreso el mismo miércoles de la última movilización- podría ser, a la vista de Hevia y otros especialistas, un elemento central para ingresar en una lógica diferente: "Con una nueva integración, el Congreso podría convertir en prioridad terminar con la violencia de género y exigir al Ejecutivo que tome medidas apropiadas para hacerlo", dice.

Asimismo, destaca un factor que "en parte, ya está vivo y, en parte, tiene un gran potencial: el apoyo de los hombres a los principios que inspira el #NiUnaMenos".

Que dejen de ser "cosas de mujeres". A eso y al énfasis en la educación apunta Graciela Di Marco, directora del Centro de Estudios sobre Democratización y Derechos Humanos de la Unsam: "¿Qué no se pudo ver -se interroga- para que los reclamos, las reflexiones sobre el patriarcado y sus consecuencias nefastas fueran parte del diseño curricular de carreras como las de Derecho, Medicina, docencia, Trabajo Social, Ciencias Sociales, y no, en el mejor de los casos, temas confinados a algún seminario optativo o algún taller de extensión? Una decidida intervención sobre la currícula de esas carreras nos hubiera provisto del personal que se necesita para la prevención y la atención, y hubiera sido menos necesario salir desesperadamente a capacitar a efectores de diversos ámbitos".

Desde la perspectiva de Pablo Secchi, director ejecutivo de Poder Ciudadano, "el #NiUnaMenos se convirtió en un reclamo imposible de obviar. No es un reclamo para un poder en particular, sino hacia la propia sociedad y todas las instituciones. La sociedad civil, sean grupos de víctimas, organizaciones que trabajan en igualdad de derecho, y todo tipo de colectivo que pueda aportar una mirada superadora, debería ser tenida en cuenta para mejorar las políticas públicas en la materia".

Por su parte, Hevia alerta: "La respuesta que el derecho ha dado hasta ahora no ha funcionado para evitar las muertes de mujeres a manos de femicidas. Hay que buscar alternativas". Y en la base de esa búsqueda debiera estar un Estado presente. Gargarella, que distingue entre la necesidad de promover medidas "remediales", destinadas a resolver situaciones graves y urgentes, y medidas de mediano y largo plazo, sostiene que es el Estado quien debe respaldar "institucional y efectivamente a la mujer", en un contexto donde "arreglos tradicionales, patriarcales y arcaicamente religiosos, que muchas veces han tenido también expresiones legales, han generado prácticas que consagran la primacía del varón".

La realidad ineludible: hay un enorme sector de la población con capacidad de movilización, que reclama un cambio cultural, social y político. El gesto que aún no se llega a ver: instituciones a la altura de lo que, en las calles, está marcando la sociedad civil. En todo caso, como señala D'Alessandro, asistimos "al punto de partida para una discusión postergada, que es la de la agenda de las mujeres".

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