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Macri, entre el gobierno ideal y la lucha por el poder

Eduardo Fidanza

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PARA LA NACION
Sábado 29 de octubre de 2016

El miércoles pasado, el Presidente cuestionó un paro de trenes con el argumento de que hacerlo es "no entender hacia dónde va la Argentina". Para Macri, un "pequeño sindicato" no puede suspender un servicio público y afectar a miles de usuarios. En el mismo párrafo criticó también, sin nombrarlo, al sindicato de pilotos de Aerolíneas Argentinas, y manifestó que la línea aérea es deficitaria y le cuesta al país "dos jardines de infantes por semana". Estas palabras fueron dichas en el acto de devolución a Córdoba de los fondos adeudados por la Anses. El Presidente, que se estrechó en un abrazo con Juan Schiaretti, gobernador de la provincia, afirmó que esa restitución representaba un modelo del funcionamiento que debían tener las relaciones federales. Pero fue más allá, al delinear su ideal de lo que debe ser el gobierno del país.

El argumento presidencial conjuga sentimiento, objetivo y método. Y remata con un concepto de buen gobierno. La fase sentimental pasa por la alegría de "estar trabajando juntos", por la capacidad de soñar en un futuro mejor. La meta está extraída del repertorio del liberalismo político, con un touch posmoderno: que cada argentino tenga derecho a elegir, en cualquier lugar del territorio, lo que quiera hacer con su vida. El método es el "trabajo en equipo" y "el diálogo respetuoso" entre personas responsables que cumplen sus compromisos en distintos niveles de la administración. Esa forma armónica de gobernar se constituye en un mensaje moral para la sociedad: es el mejor ejemplo que puede transmitirse a los ciudadanos que están en dificultades, "luchando por salir adelante". En el gobierno que idealiza Macri, el empeño social debe ser acompañado por una dirigencia responsable.

En el pensamiento presidencial se oponen a este modelo los grupos que concentran poder, haciendo un uso discrecional de él. Ellos defienden antes sus propios intereses que los del conjunto de la sociedad. Pueden convertir el sueño en pesadilla y el diálogo en pelea. En definitiva, son los verdaderos opositores. Entorpecen, con su protesta o su renuencia a colaborar, la administración racional del país. Para el ideal de gobierno del Presidente parecieran existir dos límites: primero, la defensa corporativa de intereses, que involucra a empresarios y sindicatos, y segundo, la propia competencia electoral, que resta fuerzas para encarar los temas de interés común. Si no lo pensara así, Macri no afirmaría: "Pasada la elección, todos trabajamos en el mismo equipo que se llama «Que a los argentinos nos vaya mejor»". El comicio es contingente, lo cierto y perdurable es la buena administración.

Las ideas del Presidente no son nuevas. Y no significan necesariamente una descalificación de la política. En rigor, se trata de una concepción alternativa de ésta, que la coloca en un escalón inferior a la administración y cuya tradición arranca en Saint-Simon y llega hasta la actualidad, con la panoplia de propuestas de gerenciamiento y tecnología aplicados a la cosa pública. Acaso más interesante, y menos mencionado, sea advertir que detrás de la apelación presidencial se debaten dos conceptos teóricos que han ocupado a los politólogos en los últimos años: la gobernabilidad y la gobernanza, términos de traducción inhóspita al castellano, que provienen de los vocablos ingleses governability y gobernance, respectivamente.

El significado de estas palabras polisémicas y controvertidas apenas puede esbozarse en una columna periodística. Podría decirse que gobernabilidad alude al equilibrio entre las demandas sociales y la capacidad del sistema político para responderlas con eficacia y legitimidad, mientras que gobernanza apunta al marco de reglas, instituciones y prácticas que determinan un buen gobierno. La gobernabilidad se alcanza con requisitos materiales básicos y mediante acuerdos entre los grupos de poder. La foto de Macri y Schiaretti pretende expresarla. En realidad, es una sublimación del hecho básico de la política: la lucha por el poder. Este combate puede suceder de manera despiadada, al modo de la selva, o con reglas. La ley del más fuerte suele conducir a la ingobernabilidad. Al Presidente, un líder con apoyo acotado, lo desespera un desenlace así.

Recurriendo a una metáfora, podría ilustrarse de este modo la cuestión: la gobernabilidad son los cimientos del edificio; la gobernanza son los pisos, donde los arquitectos diseñan una vida confortable. La Argentina es de esos países que no pueden elevar el edificio porque nunca terminaron los cimientos. Cuando un nuevo gobierno plantea la agenda de la gobernanza, se encuentra con las angustias diarias de la gobernabilidad. Frente al peligro de desmadre, busca comprar tranquilidad, establecer pactos, aliviar necesidades. Cuesta mucha plata y mucho tiempo mantener la paz social. El gobierno ideal cede ante el gobierno real. No construye poder: evita el caos.

El problema es arduo. Detrás de las demandas insatisfechas acecha el populismo. Es la fisura que, según Ernesto Laclau, justifica su razón, que se basa en el conflicto, no en el acuerdo. Queda por ver si los argentinos seguirán en la misma lógica, peleando por un lugar a la intemperie, o decidirán concluir juntos los cimientos de una casa común.

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