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Gritos y susurros en la calle, el palacio y "el círculo rojo"

LA NACION
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Jorge Fernández Díaz
Domingo 30 de octubre de 2016

La inefable alcaldesa de ese vasto e idílico vergel peronista llamado injustamente La Matanza vino estos días a destruir el viejo axioma según el cual una persona no puede estar en dos lugares al mismo tiempo: se desvivió como una colegiala por sacarse una selfie con Mauricio Macri y luego anunció frente a Máximo Kirchner que la patria estaba en peligro. Algo parecido había hecho unos meses atrás, cuando para congraciarse con Sergio Massa declaró que la etapa de Cristina se había cerrado en diciembre y a las pocas horas pronunció un discurso a puertas cerradas donde les aseguraba a sus acólitos que recuperarían la Casa Rosada para la arquitecta egipcia. Un insidioso militante, que estaba en ese acto, le envió a un amigo de Massa el video con la prueba flagrante, y éste lo transmitió al celular del susodicho. Sergio lo recibió con mordaz filosofía, y de inmediato ordenó impulsar a fondo el proyecto para dividir en cuatro partes el paraíso viviente de Verónica Magario.

Pero no seamos injustos: la alcaldesa no está sola. En un clima en el que todos charlan con todos y tras una década donde casi nadie hablaba con nadie, quienes se sientan a la mesa a mantener amables y jugosas negociaciones suelen salir después a los medios con discursos agresivos. Es que necesitan, a un mismo tiempo, cerrar acuerdos en los despachos y sacar chapa de hipercríticos en las veredas. Como esta vez no hay castigo para los hipócritas, parece que en este país no hay dios que esté conforme con nada. La realidad, entre bambalinas, demuestra otra cosa.

A pesar de que la reactivación tarda y la mishiadura duele, los sindicalistas confiesan encontrar en el Gabinete una alta sensibilidad para los reclamos, el Movimiento Evita teje buenas relaciones con Carolina Stanley y negocia una obra social piquetera, las organizaciones sociales tienen escritorio en la segunda planta de Balcarce 50 para realizar un relevamiento conjunto en más de dos mil barrios carenciados, los combativos vicarios de Bergoglio dentro del mundo de la pobreza fustigan, pero admiten que este gobierno escucha más que el anterior, y los mandatarios peronistas los acompañan en ese curioso sentimiento: son tratados con mayor delicadeza que cuando reinaba la jefa del látigo. Diez meses más tarde, estas oposiciones duras llegaron por lo menos a dos conclusiones provisionales e indecibles: los nuevos ocupantes del poder no son monstruos sedientos y ya no es creíble que deban huir en helicóptero. El Gobierno, rodeado de problemas heredados y de grandes chingadas propias, ha echado raíces, aunque lo hizo a costa de repartir y de no bajar el gasto público. El precio de la gobernabilidad ha sido el déficit, y ésta es a la vez la razón por la que el despegue se torna lento y dificultoso. Vaya paradoja. Los ministros se defienden: "Primero nos dijeron que no podíamos gobernar, luego que gobernábamos para los ricos, y ahora no dicen: está bien, gobiernan y para todos, pero están destruyendo la economía porque no hacen el ajuste". A continuación, aseguran que nadie en el exterior les recrimina esos abultados números rojos y que igualmente cumplirán las metas fiscales. "Cuando recortamos, somos ajustadores; cuando no lo hacemos, el déficit es escandaloso, y mientras tanto los agoreros ignoran la enorme confianza internacional, las señales positivas del mercado y el repunte espectacular de las reservas", señalan. El Presidente, según relatan, está igualmente sobre los gastos, y compara cualquier cifra que le piden con comedores populares y jardines de infante. El resultado suele ser cruel y dejar a su interlocutor tragando saliva. Un asesor pasó un mal momento hace unos días cuando le pidió fondos para un proyecto de los "amigos": se refería a aliados o en vías de serlo. "Mis únicos amigos están dentro del 32% al que no le alcanza para comer", le disparó Macri a quemarropa.

En Cambiemos están acostumbrados al doble discurso y a los gritos teatrales proferidos para la tribuna opositora. No terminan, sin embargo, de encajar los elegantes susurros de banqueros, industriales, politólogos y economistas, que les filtran distintos sentimientos: bronca, decepción, subestimación y miedo. Muchos de ellos fueron entusiastas consejeros de Menem y luego de Fernando de la Rúa, que con diez meses de gobierno ya le había estallado el escándalo de los sobornos y renunciado el vicepresidente, le arreciaban los paros, los justicialistas conspiraban para voltearlo y la actividad caía por el tobogán irreversible de la depresión. En la mesa chica de Macri suelen escucharse soliloquios amargos: "Nos tratan como a boludos. No entienden que la historia no se repite. Somos una anomalía en un país con supremacía peronista, ganamos por apenas tres puntos, tenemos minoría en las dos cámaras del Congreso, luchamos contra la cultura profundamente acendrada del populismo, y no podemos hacerlo con las viejas fórmulas, que además fracasaron. Éste es el modelo del acuerdo versus el modelo de la hegemonía. Negociar está asimilado a una debilidad y no a una virtud. Y la Argentina no está condenada a triunfar. Pero sí a negociar". Tal vez en este último punto tengan algo de razón. Según la FAO, somos la nación con más potencial ictícola del mundo; otros organismos internacionales detectan idéntica capacidad latente en materia de energías eólicas. En minería, sólo hemos desarrollado el 3% de nuestras posibilidades, y la explotación de Vaca Muerta nos convertiría en la tercera potencia petrolera y gasífera del planeta. Tesoros bajo llave que sólo son accesibles con veinte años de seguridad jurídica y políticas de Estado garantizadas por las principales fuerzas del sistema. "Pichetto y Massa están convencidos de eso -aseguran-. El Pacto de la Moncloa ya empezó."

Pero tanto optimismo choca con la mirada severa del "círculo rojo". Allí se escuchan monólogos del siguiente tenor: "Están reventando la tarjeta, huyendo hacia adelante. No ha habido un cambio de orden, se convive con el anterior régimen, se les da prioridad a los gremios y las organizaciones sociales, y se incentiva algo peligrosísimo: la figura de Cristina, con quien juegan con fuego. Debería estar presa". En el palacio, recuerdan que no hay manual para salir del neopopulismo, y se quejan porque no les reconocen haber llevado a cabo en pocos meses un arduo ordenamiento económico (que dejó muchos heridos), mientras le ponían la proa como nunca antes al narco, la policía gangsteril, la mafia penitenciaria y la aduana corrupta. "Ya sabemos que todo es frágil, y que la sensación térmica recién se sentirá en marzo -aceptan-. Todavía no mejoramos, pero dejamos de empeorar. ¿Qué esperan de los gremios con semejante situación? Han sido razonables. ¿Y es posible con 40% de informalidad y tanta pobreza estructural no reconocer las organizaciones sociales como un gran actor político? En la Fundación Pensar debatimos durante todo el año pasado el camino que íbamos a tomar, no estamos improvisando. Y no hay espalda para otra cosa. Se necesita paciencia y no caer en clichés ni en tabúes." En cuanto a Cristina, es indisimulable que la prefieren libre y competitiva, aunque no moverán un dedo para torcer el destino judicial. La Pasionaria del Calafate debería saber que el interés mayor por que los expedientes la borren por fin de escena no está en el Gobierno, sino entre algunos de sus antiguos vasallos. Que antes se desvivían por una selfie con ella, y que hoy le desean el ostracismo. Tal vez la sombra.

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