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Leopoldo Brizuela, cazador de archivos: en busca de los papeles perdidos

El director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel, le encomendó una misión: rescatar el legado secreto de los escritores argentinos

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LA NACION
Miércoles 02 de noviembre de 2016
Cuenta Brizuela que, desde que se conoció el proyecto, hay ofertas "espontáneas"
Cuenta Brizuela que, desde que se conoció el proyecto, hay ofertas "espontáneas". Foto: Santiago Filipuzzi
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Contratado para "rastrear" y acercar a la Biblioteca Nacional archivos y manuscritos de escritores argentinos, el narrador Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) no es un novato en la materia. "Desde que empecé a escribir y a frecuentar a escritores, me había interesado el tema. Haber visto las cartas de amor de Italo Calvino a Elvira Orphée, o los cuadernos de Niní Marshall, o enterarme de que en algún lugar de Buenos Aires puede existir un diario de sueños de Sara Gallardo u otro de viajes de la fotógrafa Grete Stern por el Chaco salteño, me hacen preguntarme por qué eso no está al alcance de todos." Una vez, el docente y ensayista Alberto Giordano, que escribió ampliamente sobre los diarios de escritores, le preguntó al autor de Inglaterra. Una fábula qué diarios conocía. "Sólo entonces me di cuenta de que aunque casi todos escriben diarios, poquísimos se publican", cuenta.

La pregunta que Brizuela se hizo entonces ("Si esos diarios no se publican, ¿adónde van a parar?") determina su tarea actual. No existe archivo sin un afuera. "Un día del año pasado, el sobrino de un escritor me llamó para preguntarme qué podía hacer con un arcón lleno de cosas que había heredado de su tío; tiene una profesión y unos intereses completamente ajenos a la literatura. Fui a ver ese arcón y era una maravilla. Oscar Hermes Villordo, de él era el legado, había sido muy generoso conmigo: me parecía un deber ayudar a su sobrino. Le comenté esto a Alberto Manguel, a quien conocía de varios festivales internacionales; se entusiasmó, seguimos charlando y me pidió que hiciera una lista de otros archivos que yo supiera que existían y que, según mi opinión, la Biblioteca Nacional debía preservar para siempre." Brizuela hizo esa lista muy rápido. Entonces Manguel, director de la Biblioteca Nacional, le propuso incorporarse temporariamente a esa institución para ir a la caza de archivos. "Eso hago: traer material y dejarlo en las reparticiones de la biblioteca que puedan acogerlo: el Archivo Mariano Moreno, el Tesoro, el Centro Borges en plena formación, la Fototeca; allí se clasifican y procesan, y quedan a disposición de los investigadores y del público."

La búsqueda del tesoro

"Si había encontrado una carta, le escribía al remitente aun sin saber quién era, para ver si podía aportarme algo; así llegué a una feminista brasileña, con quien Villordo se carteó durante más de veinte años, y a la mismísima Dilma Rousseff." Paso a paso, Brizuela se propone reconstruir la correspondencia de varios escritores que no conocieron la era digital.

Últimamente, cuenta este cazador de archivos, han empezado a pasar cosas imprevistas. Gracias a las declaraciones públicas de Manguel o al simple "de boca en boca" de la comunidad de escritores, muchas personas empezaron a comunicarse espontáneamente con la Biblioteca Nacional, entre otras las amigas de Alberto Girri, que guardan tesoros del poeta, o la escritora Luisa Valenzuela, que va a donar cuadernos de Luisa Mercedes Levinson, o Pablo Williams, nieto del músico Alberto Williams, que estuvo muy asociado a la biblioteca en la época en que el director era Paul Groussac.

La decisión de legar los archivos a la Biblioteca Nacional depende de los familiares o herederos. Muchos comparten la idea de que ese material "quede en el país". "Esa frase me la han dicho todos, sin excepción -recalca Brizuela-. Todo el mundo sabe que muchísimos de los papeles de nuestros clásicos están repartidos en universidades extranjeras. No me parece que haya que juzgar esto: la desconfianza por las instituciones estatales es comprensible, justificada. Por eso mismo muchos herederos han optado por crear fundaciones." No obstante, sostener una fundación implica esfuerzo, dedicación y un costo que pocos pueden asumir. "Mi tarea es que conozcan la labor que hacen los trabajadores de la Biblioteca Nacional, el profesionalismo y el amor con que trabajan -detalla Brizuela-. El diálogo con los herederos resulta fundamental porque ellos nos descubren cosas que no sospechábamos que existiesen, y al revés, nosotros podemos señalarles valores que tampoco sospechaban, a veces en los elementos aparentemente menos importantes de su legado."

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