Lo de Venezuela no es populismo, sino autoritarismo

A 17 años de la llegada al poder de Hugo Chávez, el país caribeño enfrenta la peor crisis humanitaria del continente después de Haití

Andrés Malamud
PARA LA NACION
Jueves 03 de noviembre de 2016

LISBOA.- La revolución bolivariana fue producto de un país injusto; su legado es un país injusto, quebrado y autoritario. Diecisiete años después de la llegada al poder de Hugo Chávez, Venezuela enfrenta la peor crisis humanitaria del continente después de Haití y sufre el régimen menos democrático después de Cuba. Algo salió mal. ¿Qué fue?

La historiadora venezolana Margarita López Maya define el fenómeno chavista como carisma más petrodólares. "El Comandante" fue un hombre excepcional que se benefició de precios excepcionales. Nicolás Maduro es un líder menos dotado. Y aunque Venezuela tiene las mayores reservas del mundo, la mala calidad de su crudo y el bajo precio internacional las esterilizan como recurso político. El chavismo emerge y se hunde ante la misma circunstancia: la caída del precio del petróleo. He aquí entonces el primer acusado: el mundo, que procura desarrollar energías renovables y reducir la huella de carbono.

El argumento es incorrecto: el problema de Venezuela no fue el bajo precio del petróleo, sino su despilfarro cuando estaba caro. Petróleo no equivale a riqueza. Los países que cuentan con un monoproducto exportable, se trate de crudo o de diamantes, suelen ser pobres y autoritarios. Hay dos explicaciones para este fenómeno, conocido como "la maldición de los recursos". La explicación política alega que el gobierno, al vivir de rentas y no depender de impuestos, tampoco precisa rendir cuentas ante la sociedad. La explicación económica revela que la lluvia de divisas provenientes de la exportación del recurso encarece la moneda nacional, dañando otras exportaciones y destruyendo la industria nacional. En Venezuela esto no es novedad: hace años Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los fundadores de la OPEP, bautizó el petróleo como "excremento del diablo". Si el verdugo del chavismo es el petróleo barato, el verdugo de Venezuela es el petróleo a secas.

El segundo acusado de la crisis es menos determinista: serían los venezolanos los que causaron su propia ruina, no el mundo ni el petróleo. El régimen que antecedió a Chávez fue incapaz de distribuir la riqueza, así como el chavismo fue incapaz de generarla. Más que víctimas de una maldición, fueron desperdiciadores de una oportunidad. Cada régimen representaba a media Venezuela, ambos fallaron en integrar a la otra mitad. No siempre es así. Algunos grandes exportadores de petróleo, como Noruega y Canadá, son prósperos y democráticos: la maldición se puede derrotar. Ni el socialismo del siglo XXI ni sus antecesores supieron cómo hacerlo.

Hoy los hidrocarburos constituyen más del 95% de las exportaciones venezolanas. En contraste, las dos terceras partes de su consumo interno son importadas, incluidos alimentos y medicinas. El politólogo Javier Corrales muestra que Venezuela es el país petrolero que menos aprovechó el boom de precios. Entre 1990 y 2010, Venezuela fue el único país de la región cuya clase media no aumentó. Dos números describen el descalabro de una sociedad que supo ser próspera y democrática mientras sus vecinos eran dictaduras. La mortalidad infantil hoy supera, según estadísticas oficiales, la de Siria. Y durante los últimos 15 años la tasa de homicidios se ha elevado de 33 muertos cada 100.000 habitantes a más de 70, mientras que Colombia empezó el período en 64 y lo ha reducido a la mitad.

La democracia venezolana murió de a poco, como temía Guillermo O'Donnell. Hasta hace semanas, el régimen podía ser definido como un autoritarismo competitivo. Este híbrido permite elecciones libres, pero en una cancha inclinada en la que los recursos del oficialismo son muy superiores a los de la oposición y el Estado no es imparcial. Pero cuando órganos del Estado declararon ilegal las decisiones del Parlamento y suspendieron las elecciones, la fachada competitiva cayó y dejó el autoritarismo al desnudo. Los opositores venezolanos están encarcelados, proscriptos o impedidos de salir del país. El Estado de Derecho está torcido. Y sin embargo hay quienes, desde fuera del país, piden diálogo entre el lobo y el cordero. ¿Son cínicos o ingenuos? Hay ambas cosas, pero la explicación podría ser más sofisticada.

Para los dos mayores actores extrarregionales, Estados Unidos y el Vaticano, existen tres casos prioritarios en América latina: Cuba, Colombia y Venezuela. Los dos primeros están encarrilados, pese a algún contratiempo, pero el tercero descarriló. Como los tres se vinculan entre sí, intervenir en Venezuela podría crear turbulencias en los otros dos. Porque mientras el régimen de La Habana apadrina al de Caracas, el de Caracas es garante del proceso de paz colombiano. No por nada Timochenko vuela de la isla a Colombia en un avión de Pdvsa. En síntesis, Washington y Francisco sacrifican una eventual democratización venezolana por la apertura cubana y la pacificación colombiana. Estados Unidos sabe que firmar comunicados con otros países de la región queda bien y no logra nada. El Papa sabe que el diálogo es una trampa de Maduro para mantener el statu quo. Todos comparten el mismo objetivo: no hacer olas.

El otro gobierno extrarregional que podría influir en la situación venezolana es el de China. Sin embargo, Pekín sólo estaría interesada en modernizar el sistema petrolero para garantizarse el abastecimiento, y esa inversión es demasiado riesgosa. No habrá intromisión. Tampoco la habrá desde Brasil, el ex gigante regional. En Brasilia ven la crisis con preocupación porque tienen dos talones de Aquiles. Uno es la frontera: en los últimos meses, casi 100.000 venezolanos la cruzaron en busca de refugio. Aunque la mayoría debió retornar, la infraestructura de los municipios fronterizos está desbordada y podría colapsar. El otro talón son las empresas nacionales con inversiones en Venezuela, cuyos empresarios rezan más que el PT por la recuperación del vecino. El gobierno brasileño comparte las preocupaciones, pero carece de poder para solucionarlas. Las organizaciones regionales son igualmente impotentes.

Carlos Closa y Stefano Palestini, del Instituto Universitario Europeo, mostraron que las cláusulas democráticas del Mercosur y de la Unasur son contratos intencionalmente incompletos. Los signatarios buscaron proteger la estabilidad de sus regímenes permitiendo un amplio margen de interpretación, para así minimizar restricciones a la soberanía. La ambigüedad de la redacción permite que los propios Estados, y no un órgano supranacional, juzguen a sus pares. Esto derivó en un mecanismo de tutelaje: los Estados grandes sancionan a los pequeños, pero eluden toda sanción. Así, un juicio político termina en la suspensión de Paraguay, pero no de Brasil. La erosión democrática en Venezuela va a resolver la última duda: ¿los Estados medianos serán tutelados como los chicos o impunes como los grandes?

Nadie sabe cómo sigue la historia. El politólogo brasileño Octavio Amorim Neto recuerda que Carlos Andrés Pérez sólo cayó cuatro años después del Caracazo y la Cuarta República lo hizo recién una década más tarde. Hoy el régimen controla las armas, por lo que una guerra civil sólo sería factible si los militares se dividieran. Esa opción aún no aparece en el horizonte.

La revolución bolivariana se transformó en una autocracia militarizada a cuya sociedad le niega el consumo y el voto. Pensar, como se sugirió más de una vez, que nuestro país pudo haber trillado ese camino sería un delirio. Con todos sus problemas, la Argentina civilista e hiperconsumista de la última década jamás se aproximó a eso.

Politólogo, Universidad de Lisboa

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