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LA NACION Data

Cómo fue la historia de la nacionalización de las naftas

Lunes 14 de noviembre de 2016 • 08:14
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Introducción

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Corrían tiempos de enorme popularidad de Néstor Kirchner. En marzo de 2005, el entonces poderoso presidente, arremetió con inusitada fuerza contra Shell. El motivo parece hoy una pequeñez: la petrolera anglo-holandesa había decidido aumentar 4,2% la nafta y el gasoil. Kirchner convocó a no comprarle más. “Ni una lata de aceite, y que se den cuenta de que los argentinos ya no soportamos más este tipo de acciones".

Desde entonces se desató un vendaval contra la empresa y contra su presidente, Juan José Aranguren. Fue, además, el primer eslabón de una silenciosa transformación en el mercado de la venta de combustibles.

Pasaron poco más de 11 años de aquel momento. El ex presidente falleció en 2010 y Aranguren, después de 54 causas penales que le inició el anterior gobierno, es ahora Ministro de Energía. Todas las grandes empresas dedicadas a la venta de combustibles que existían en 2005 cambiaron de dueños y se nacionalizaron. Sólo una sobrevivió a estos años de política energética: Shell. Toda una paradoja.

Ese fue el Norte de un proyecto de periodismo de datos desarrollado por el equipo de La Nación Data, el MediaLab de Fopea y la Asociación por los Derechos Civiles (ADC), con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos y la Universidad Austral. Está basado, principalmente, en el análisis de los precios y volúmenes de venta de los hidrocarburos para todo el territorio nacional, según informan mensualmente los operadores inscriptos en la Resolución 1104. La base de datos se encuentra en el portal web del Ministerio de Energía y supera los 3.800.000 datos registrados. Sólo se trabajaron los datos para los combustibles líquidos, nafta y gasoil, para un período de tiempo que inicia en diciembre 2004 y finaliza, en esta edición, en septiembre 2016.

Los números cuentan cómo se nacionalizaron los surtidores y quiénes son los vendedores de cada litro de nafta que se cargó en un tanque desde 2005 hasta ahora. Cuentan qué fue lo que pasó con el precio y cómo la Argentina se desacopló de la cotización del barril de petróleo. Repasan cuáles son los grandes jugadores de este mercado y relatan la diferencia que tiene el combustible según dónde se lo compre. Muestran, además, cómo cada vez hay menos estaciones de servicios y explican las demoras que hay que soportar a la hora de abastecerse.

Los datos contienen la explicación de la transferencia de riqueza que cada argentino hace desde su bolsillo a las petroleras cada vez que arrima su auto a un surtidor y muestran que el ingreso del Estado a la empresa YPF ha sido un factor determinante para que suba el valor del litro de combustible.

Dicho de otra manera, la materia prima (el petróleo) que se utiliza para refinar naftas en la Argentina tiene un valor de poco más de 62 dólares (estuvo 67 en verano)mientras en el mundo ronda los 50 después, de haber tocado los 30 en el verano. ¿Quién paga la diferencia? Cada uno de los argentinos que carga nafta. Dependiendo del precio internacional del petróleo, el cheque que confeccionarán los usuarios en favor de los petroleros podría ir de 5000 a 7000 millones de dólares en el año. ¿Qué pasaría si esa materia prima fuera más barata? Bajaría el precio de las naftas. Simple.

En 2015 el precio internacional del crudo a procesar fue de alrededor de US$ 12.000 millones. Si las empresas hubieran tenido que regirse por el mercado internacional habrían facturado por la misma mercancía US$ 8800 millones. La diferencia (US$ 3200 millones) fue una transferencia directa a las petroleras. Así, la Argentina es uno de los pocos países del mundo en los que la nafta sube cuando el precio del petróleo se desploma.

Si se toman en cuenta las previsiones para este año, la Argentina extrae para refinación alrededor de 484.000 barriles que se deberían pagar a precio internacional pero se pagan a un doméstico superior.

Las razones de esta decisión, que empezó durante el gobierno de Cristina Kirchner y se mantuvo con el actual de Mauricio Macri, tiene que ver con dos situaciones. La primera es que las petroleras tienen sus cuentas en base a un precio más alto. Poderoso empresarios y ejecutivos no están dispuestos a ajustar como sí lo hace gran parte de la economía cuando los precios se desploman. Alguna razón les asiste, están basados en lugares lejanos como la Patagonia o el Norte donde los conflictos sociales podrían sucederse en caso de que se ajuste. Pero no sólo allí hay canilla libre sino que en las grandes torres porteñas, donde residen los principales ejecutivos, tampoco hay síntomas de ajuste.

La otra razón es estratégica: la Argentina necesita inversiones y un anzuelo formado por un precio del crudo mejor pago que en el resto del mundo podría ayudar.

Surtidores argentinos, precios internacionales

Pese a lo que se cree, el precio de la nafta en la Argentina no está regulado. Es libre y cualquier empresa podría poner el valor que crea. Sin embargo, la regulación de hecho, tanto del actual como del anterior Gobierno, marcan los vaivenes de valor en el surtidor.

Desde hace varios años, las oscilaciones del crudo en el mundo no se corresponden con los números que muestran los surtidores argentinos. Hasta 2008, cuando Repsol era la dueña de YPF, la nafta estaba a valores muy bajo respecto de la referencia internacional. Entonces, la mano dura del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, llevó a que las petroleras, y en mayor medida, los estacioneros, pierdan margen de ganancias. Los momentos del petróleo a 150 dólares no se sintieron en el país. Los consumidores no lo pagaron en sur abastecimiento y tampoco lo disfrutaron los empresarios. Sucede que la Argentina puso un precio máximo al barril exportado, por encima de lo cual todo era para el Estado.

La medida, que anestesió el precio de los combustibles en el mercado interno tuvo enormes consecuencias a mediano plazo: derrumbó las inversiones petroleras en el país. ¿Por qué poner una ficha en la Argentina cuyo petróleo se exporta a un precio muy inferior al de otros países?, era la pregunta que se hacían en las grandes mesas de decisión. Las fichas fueron a otros mercados y el país empezó a perder reservas.

En 2008, cuando Repsol vendió 25% de las acciones al banquero Eskenezi, la cuestión se revirtió. Los precios en los surtidores empezaron a subir justo en momentos en que la cotización internacional bajaba.

El análisis de datos arroja una conclusión: el precio de la nafta empezó a trepar ni bien empezaron a aparecer los primeros socios argentinos en las redes de estaciones de servicio. Por caso, desde la salida de la convertibilidad, la nafta pasó de un peso (un dólar) a 1,949 en febrero de 2008. Allí se produjo el primer mojón de la nacionalización con la venta de parte de YPF. Desde entonces, en manos nacionales, los surtidores no dejaron de remarcar hasta los actuales 18 pesos.

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De grandes petroleras a empresarios locales

por Diego Cabot

Por aquellos días de 2005, boicot a Shell de por medio, el mercado de la venta de combustibles estaba dominado por cuatro empresas. YPF, de capitales españoles; Esso, de la multinacional norteamericana Exxon Mobile; Shell, de socios anglo-holandeses y Petrobras, la compañía brasileña que había llegado a la Argentina en 2002.

Pero todo cambió, tanto el mercado como los dueños. En aquel 2005, el ex presidente Hugo Chávez paseaba en visita oficial por la Argentina. Se montó entonces una de las operaciones más fuertes de presión sobre una empresa. Acompañado de cerca por Julio De Vido, entonces ministro de Planificación Federal, el líder bolivariano inauguró dos estaciones de servicios con la marca Enarsa-Pdvsa. Era el ingreso formal de la poderosa Petróleos de Venezuela y el estreno de la petrolera estatal argentina Enarsa. “Esto está apenas naciendo. Este año abriremos 600 estaciones similares en todo el país", dijo el presidente caribeño.

¿Cómo podía llegar una expansión semejante en tan corto tiempo? El plan era forzar la venta de Shell y montar la nueva marca sobre la extensa red de estaciones de servicios naranja y amarilla.

Aquellas dos estaciones de servicio terminaron por cerrar poco tiempo después. La primera que dejó de expender fue la ubicada en la Avenida del Libertador, frente a la ESMA; la segunda, en Panamericana y ruta 202, poco tiempo después. La petrolera venezolana se despegó de Enarsa y continuó su camino en solitario. Compró una red de estaciones y montó su propio negocio, que en 2016 cuenta con 39 estaciones de servicio.

La historia de Shell es conocida. La empresa resistió el boicot oficial y perdió en poco tiempo 30% del mercado que tenía. Pero supo adaptarse al formidable negocio de la exportación de nafta. Mientras, soportó 94 multas y 54 denuncias penales contra su presidente, el hoy ministro, Juan José Aranguren.

Justamente ambas compañías son las únicas que hoy quedan en el mercado con capitales extranjeros; el resto, cambió de manos.

La secuencia nacionalizadora siguió en febrero de 2008, cuando el grupo Petersen, de la familia Eskenazi, compró el 15% de YPF, además de una opción por quedarse con otro 10% adicional. La operación quedará en la historia por la frase que esgrimió el presidente de Repsol, Antonio Brufau, cuando celebró con un comunicado la asociación con Eskenazi. El ejecutivo catalán explicó que el grupo argentino había sido elegido “por su experiencia en mercados regulados”. Empezó así lo que el gobierno de entonces llamó la argentinización de YPF.

En febrero de 2011, el empresario Cristóbal López fue el primero de una serie de compras de surtidores por parte de capitales argentinos. Entonces se anunció que el dueño de Casino Club había comprado una red de 360 estaciones de servicio a Petrobras, además de una refinería en San Lorenzo, provincia de Santa Fe. La compra, que luego se reveló que se había pagado con la elusión del impuesto a los combustibles, consagró una nueva marca en el mercado: Oil Combustibles. Actualmente, la red tiene 307 estaciones de servicio.

Un mes después, en marzo de 2011, el grupo Bridas, integrado por la familia Bulgheroni y el grupo Chino Cnocc compró los activos de Esso en la Argentina, Uruguay y Paraguay. Entonces apareció la marca Axion, que hoy a paso continuo reemplaza uno a uno los colores de la petrolera norteamericana en la red de estaciones de servicio. Ambas marcas son la segunda red con 534 bocas de expendio.

En abril de 2012 llegó el gran golpe nacionalizador. El gobierno de Cristina Kirchner expropió el 51% de las acciones de YPF que entonces estaban en manos de la española Repsol. La polémica medida modificó el mercado ya que la empresa fue, por lejos, la líder histórica del mundo de los surtidores. La red tiene 1560 estaciones de servicios y es la que más penetración territorial despliega.

Finalmente, en mayo de 2016, se aprobó otra compra de capitales nacionales. El otro 50% de las estaciones de servicio de Petrobras en el país, que alguna vez intentó comprar Cristóbal López, quedó en manos de Pampa Energía, una empresa cuya cara visible es el empresario Marcelo Midlin. Aún la red de 277 estaciones se mantiene con el nombre de Petrobras y hay versiones de que podría desprenderse de ese negocio.

La otra gran red está compuesta por las llamadas estaciones blancas. En este mundo existen 1074 estaciones de servicio que venden combustibles sin marca ni están atados a la compra de una empresa. La pérdida de rentabilidad de este negocio impulsó a varios empresarios a moverse hacia este mercado.

De esta manera se compone el sistema de abastecimiento de combustible de la Argentina, más nacional que nunca en la historia, con una red de 3997 estaciones de servicio en manos de empresas argentinas y 743 de propiedad de compañías extranjeras.

YPF y el Gobierno

por Pablo Fernández Blanco

Los miles de números que muestran la marcha del mercado de combustibles entre 2004 y 2016 muestran una evidencia incontrastable: el Estado fue el mayor promotor de los aumentos en los precios de las naftas y el gasoil, muy por encima de las empresas privadas, tanto en la gestión pública de YPF como en los años en que la empresa estatal estuvo bajo el mando de amigos del poder.

El 31 de diciembre de 2004, el precio promedio de la nafta súper en todo el país era de $ 1,89 por litro. Pese a la devaluación, la inflación y el encarecimiento del precio internacional del petróleo en esos años, el valor promedio se mantuvo casi sin modificaciones hasta el 31 de mayo de 2007.

La estabilidad en las pizarras que muestran los números es signo de una práctica silenciosa que llevó a cabo la política mediante presiones sobre las petroleras para que no aumentaran los precios, en especial sobre YPF, cuyo control estaba en manos de la española Repsol.

En marzo de 2005 el trabajo silencioso del poder sobre las empresas salió a la luz de una forma desesperada: el ex presidente Néstor Kirchner convocó al país a realizar un boicot en contra de Shell, la empresa que manejaba Juan José Aranguren, ahora ministro de Energía y Minería. Aranguren quería trasladar parcialmente los aumentos en las materias primas, algo que el ex presidente consideró una decisión desestabilizadora.

En febrero de 2008, cuando la familia Eskenazi compró un 14,9% de la participación de YPF a través de diversos créditos millonarios, el precio promedio de la nafta súper era de $ 2,11 el litro.

La cercanía de los Eskenazi con el kirchnerismo se notó en los bolsillos de los automovilistas. Ocho meses después, los socios especialistas en mercados regulados, como los presentaban en España, habían logrado lo que empresas internacionales no pudieron en más de dos años: los precios treparon 36%, hasta los $ 2,88.

El tándem Brufau (presidente de Repsol)/Sebastián Eskenazi (gerente general de la empresa) condujo los destinos YPF hasta abril de 2012, cuando la ex presidenta Cristina Kirchner ordenó la estatización del 51% de las acciones que tenía la empresa española. En ese momento, el precio de la nafta promedio en todo el país llegaba a los $ 5,89, con un incremento del 179 por ciento.

El desembarco de Julio De Vido (ministro de Planificación) y Axel Kicilof (viceministro de Economía) originó una de las mayores incongruencias del mercado petrolero. Los mismos que criticaban los aumentos se encargaron de favorecerlos. Más aún desde la llegada de Miguel Galuccio a la compañía, bajo el doble cargo de presidente y CEO de la petrolera.

El ex titular de la petrolera fue presentado por Cristina Kirchner en mayo de ese año. En diciembre, la nafta había aumentado casi 14% en el promedio nacional. Hasta noviembre del año pasado (aún si los efectos de la devaluación de diciembre), el litro de súper había escalado hasta los $ 14,10, con un 139% de aumento.

El mercado de combustibles en el país se distribuye en pocos jugadores. Esas características determinan que una empresa no pueda poner el precio que considera adecuado, sino que se tiene que mover en márgenes similares a los de YPF, dueña de un 55% del mercado. Por eso, el sector privado fue perjudicado en los primeros años del kirchnerismo, cuando la presión del Gobierno se volcó sobre Repsol, y beneficiado, cuando siguieron los aumentos de precios que aplicó YPF cuando en su composición accionaria se encontraba una compañía cercana al poder o cuando el principal destinatario de las utilidades era el propio Estado.

El precio: tanta nafta como impuestos

¿Cómo se compone el valor del litro de nafta?

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El precio de un litro de nafta súper bien podría dividirse en dos grandes mitades: una llena de impuestos la otra compuesta por la materia prima.

A nafta como producto representa alrededor de 49,89% del precio del surtidor. Allí quedan incluidos los costos de extracción, producción, refinación y flete.

Luego a ese monto se le suma el Impuesto a la transferencia de los combustibles que significa el 24,43% del valor de surtidor. Este impuesto no se paga en todo el país. Por caso, la Patagonia no lo tributa y ese es el motivo por el cual la nafta es más barata en las provincias del Sur.

El IVA es el 21% del precio del precio de la materia prima, por lo tanto representa el 12,74% del valor final. Cada provincia, a su vez, recauda ingresos brutos. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ese tributo significa el 2,62% aunque varía según los distritos.

Entre otras cosas que se recaudan en los surtidores está también la tasa hídrica, que se lleva 2,62 pesos por cada 100 que sumen al tanque de nafta. Todo lo que allí se recolecta debería aplicarse a proyectos de infraestructura para el manejo del agua, sean para mitigar sequías como inundaciones.

Además, la cadena de comercialización está alcanzada por el impuesto al cheque que significa 0,85% del total.

El restante 7,28% es el margen del expendedor. Claro que esto no significa todo ganancia sino que desde acá se deben solventar los gastos de una estación de servicios, pagar impuestos y retirar una utilidad. Este es el motivo por el cual las estaciones de servicio que no son de petroleras sólo son rentables si están bien ubicadas y tienen fuerte flujo de autos. En su caso, los emprendimientos inmobiliarios parecen ser destino de muchas.

La pelea de las banderas

Las banderas, como se llama en la jerga a las marcas que visten las estaciones de servicios, están en pleno cambio.

YPF mantuvo sus colores, pero Esso muta por estos días del rojo y azul al lila característico de Axion y Petrobrás cambió por Oil y espera qué hará Pampa Energía con la mitad de la red que aún queda con los colores brasileños.

Detrás, se esconde una gran pelea por la participación del mercado. Justamente la venta de combustible en la Argentina se caracteriza por el fuerte liderazgo de YPF. El gráfico muestra como la red de estaciones de la marca que tiene al Estado como principal socio tiene el 36,06% del total de bocas de expendio. Sin embargo, esos surtidores son responsables de la venta del 55,8% del total de litros de nafta súper que se cargan en los tanques de los argentinos.

Otra de las características de la red es que las estaciones de servicio llamadas blancas están en plena crisis. Si bien son el 15,89% del total, apenas facturan el 4,48% de lo que se expende en el país.

Las otras redes tienen cierta concordancia entre la extensión de la cadena comercial y el porcentaje de participación en el mercado.

Estaciones de Servicio, un negocio cada vez menos rentable

por Stella Bin

Propietarios de estaciones de servicio estiman que este año se han cerrado unos 40 negocios y que en los últimos años desaparecieron unas 3.000 expendedoras de combustibles. ¿El motivo? La pérdida de rentabilidad de los surtidores.

Si bien la cantidad exacta de surtidores que hay en todo el país es difícil de acordar, ya que el mismo Ministerio de Energía de la Nación varía la cifra según la base de datos que se trabaje, tomaremos como válido el número que da este organismo en la base de datos con la que trabajamos este especial: 4.701 estaciones de servicio dispersas en todo el territorio nacional.

Ahora, más allá del número exacto de estaciones, la realidad muestra que desde hace varios años el cierre de estos negocios es sostenido. Los estacioneros explican que cada vez les cuesta más cubrir los costos fijos de esta actividad. “El personal solamente representa el 80%. Es decir, para alcanzar un punto de equilibrio hoy se requiere despachar 300.000 litros para un negocio que opera en compra y venta y 450.000 en los consignados (YPF). Mientras que para el GNC la cifra debe superar los 100.000 metros cúbicos”, ilustra Marcelo Baremboum, director del portal Surtidores.com.ar.

El cierre de expendedoras es lo que ha permitido “que otras sobrevivan”, sostiene Rosario Sica, referente histórica de los propietarios de estaciones de servicio. Porque, según la empresaria, entre agosto de 2015 y agosto de 2016 la venta de combustible cayó un 10,6%. Al tiempo que para Baremboum, también hubo un reacomodamiento del mercado, “se advierte que a pesar del crecimiento del parque automotor, había una cantidad de estaciones ociosa especialmente en los centros urbanos, no así en el interior donde hay regiones sin surtidores”, afirma.

La mayoría de las expendedoras que cerraron son de marcas blancas (es decir que no pertenecen a ninguna petrolera), porque muchas veces quedan afuera del mercado por una cuestión de precios. “Su mayor crisis fue durante el desabastecimiento de combustibles ocurrido en el Gobierno anterior, ya que las petroleras privilegiaron el suministro a su propia red en desmedro de los distribuidores mayoristas que son los que provén a las sin bandera”, explica Baremboum.

Pero en los últimos meses la situación se modificó, los estacioneros de marcas blancas “están mejor que las de bandera porque compran combustible importado y tienen mejores costos que nosotros”, revela Sica.

En cuanto a los consumidores, el cierre de expendedoras de combustible generó largas colas de automovilistas en las estaciones, que la misma recesión económica supo disciplinar. Hoy, la demanda mensual de nafta y gasoil es, según Baremboum, de “aproximadamente 1.400.000 litros”.

Es cierto que las estaciones han agregado servicios a su oferta, pero la venta de combustibles sigue siendo su principal negocio. Los rubros adicionales, en la mayoría de los casos no sólo no aportan beneficios, sino que generan pérdidas. “Salvo en determinados lugares sobre las rutas, los servicios por fuera de la venta de combustibles no dan ganancias. De hecho, muchos dueños a los espacios de comida los alquilan”, ilustra Sica.

Otro aspecto a tener en cuenta en el negocio de las estaciones de servicio es que muchas veces los surtidores son dados en comodato por las petroleras, pero el responsable de que estos funcionen correctamente es el propietario del negocio. Y quién verifica el funcionamiento de los surtidores, es decir que expendan exactamente la cantidad de combustible que marca su contador, es el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Lo hace desde 2003, a través de su Programa de Metrología Legal, y verifica entre 65.000 y 70.000 mangueras expendedoras de combustible correspondientes a las 5.500 expendedoras (algunos pueden ser surtidores ubicados en lugares puntuales que no son estaciones de servicio) dispersas en todo el país.

El chequeo se realiza por primera vez para poner en marcha el surtidor, que luego debe ser examinado anualmente. El servicio le cuesta a la estación de servicio $ 238 por manguera. En caso de que la estación de servicio no quiera que la verifiquen, el INTI o la Secretaría de Comercio Interior inhabilitan el instrumento. “Al comienzo el 30 o 35% de las estaciones se negaba por desconocimiento. Pero tras explicarles personalmente el motivo de la verificación, hoy el rechazo es de un 2% y en su gran mayoría se debe a que la estación ha cambiado de firma y los nuevos propietarios desconocen la reglamentación”, explica Leandro García, responsable del Programa de Metrología Legal del INTI

Para realizar estas verificaciones, el INTI cuenta en todo el país con 12 camionetas -que se renuevan cada 5 años- y 24 personas. El promedio de un equipo de trabajo es de 35 mangueras diarias en zonas urbanas.

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