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Un tango imborrable

LA NACION
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Verónica Dema
Viernes 23 de diciembre de 2016 • 00:02

En estos días terminamos el documental que dirigimos con Gustavo Barco sobre la vida de Juan Carlos Godoy, un cantor de tango que conoció a Gardel, que participó de la orquesta de Alfredo D' Angelis, que fue convocado por Troilo y que, sin embargo, es prácticamente un desconocido: en el fulgor de su carrera pasó más de 15 años en Colombia, donde sí fue un ídolo. La historia que reconstruimos revela que este cantor gardeliano era uno de los preferidos de Pablo Escobar, para quien daba conciertos exclusivos y bien pagos en la hacienda Nápoles.

Mi papá, el tipo que podía darte el título de un tango con solo escuchar los primeros acordes en la radio, nos sugirió homenajear a este fenómeno olvidado narrando su vida. "Reapareció en El café de los Maestros", me dijo, "pero no se supo de él muchos años y muy pocos saben quién es. No es justo". Cuando lo escuché en el escenario del Mundial de Tango en Buenos Aires supe que detrás de esas anécdotas suyas casi centenarias -que iban de la cocaína al turf, los amores frustrados, la pobreza del conventillo- había una vida que valía la pena contar.

Contactamos a su representante, Cecilia Orrillo; le hablamos de la idea del documental: se entusiasmó ella y, con esa humildad que sólo tienen los maestros, también se entusiasmó él. Quizá en el fondo a todos nos gusta que alguien se interese por nuestra vida.

Estuvimos más de un año entrevistándolo, viéndolo cantar, reír, emocionarse, cantar: fuimos a su casa en Mataderos, a la de su novia (no llegaron nunca a casarse porque ella no quería saber nada con el altar), al conventillo de la callle Olavarría 666 en La Boca, donde nació al canto; a varias milongas de las que frecuentaba pese a sus 93 pirulos, a tomar alguna cerveza a su pizzería favorita luego de una jornada larga de filmación.

A medida que conversábamos con él, más conocíamos su vida y más iba yo reviviendo una atmósfera de tango cotidiana para mí, un paisaje de voces conocidas. De algún modo, empezaba a releer mi historia personal, a rondar lo insondable y lo familiar a la vez.

Grandes valores del tango, los sábados a la noche, por Canal 9, era un clásico. Tendríamos 8 años mi hermano y 10, yo, en esos tiempos en que nos reuníamos en el comedor de casa los cuatro empilchados para después ir a dar una vuelta en auto. Nos instalábamos frente al modular enchapado que ocupaba toda la pared, en donde estaba empotrado el Drean 20 pulgadas. Mamá cebaba mates dulces, a veces, con cascaritas de mandarina o con una pizca de café; el agua hervida. Nos encantaba ver bajar de ese piano-escalera imponente a los elegidos de Silvio Soldán, cantantes y bailarines, la orquesta típica, una Silvia Süller jovencísima como secretaria.

De esas noches, las que más nos gustaban con mi hermano eran aquellas en las que cantaban los chicos. La dupla de Ricardito Marín y Fabio Rey nos despertaba ganas de ser como ellos. Creo que más que por saber cantar, para que mi papá nos admirara como a esos chicos de nuestra edad, sólo que pequeños genios tocados con varita mágica, simpáticos, pintones, seguros de lo que iban a hacer de sus vidas ya entonces. Y otro momento memorable era el del concurso de canto entre chicos. Entonces, nosotros nos anotábamos como dos participantes más, sólo que para un jurado unipersonal: mi viejo.

Nuestro repertorio también era de su autoría: él había elegido Milonga sentimental para mí, porque era "más femenino", y Mi Buenos Aires querido para mi hermano. Una vez que los aprendimos ya sólo nos quedaba interpretarlos y compararnos con los concursantes de la tele. No recuerdo cómo terminaban esas contiendas (tal vez el juego no incluía un final).

Mi papá reconoció después, ya de grande, que también a él le gustaba cantar tango. Ya no le bastaba con silbarlos, fuertes y bien afinados, en su carpintería. Estudió canto y se animó, a sala llena, en el teatro municipal de nuestro pueblo. Y hubo un tango propio que estrenó esa noche. "Con letra de Pablo Dema, mi hijo", anunció él: "Fuente de los deseos". Bebí un mar de tango en horas de radio / y me canté la vida tan sólo para mí, / fue mi público un torno solitario, / las palomas del barrio, la llovizna gris. // Ahora son mis años tan sólo unas chirolas / que no guardo en el bolsillo del recelo; / me las gasto con gusto, las entrego, / a la fuente del deseo de cantar.

En un momento de nuestro documental, cuando el hijo de Pablo Escobar se encuentra con Godoy en la Academia Nacional del Tango, le cuenta una infidencia: "Mi padre me decía que cuando quisiera recordarlo escuchara tangos, que él era eso". Me quedo con esa frase. El recuerdo, lo imborrable.

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