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En EE.UU., la antipolítica llegó al poder. Paradojas de la brecha élites-ciudadanos

El triunfo de Trump volvió a hacer visible la potencia de los sentimientos antisistema, que tienen tanto explicaciones económicas como culturales. ¿Está la legitimidad de la democracia en peligro?

Domingo 13 de noviembre de 2016
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LA NACION
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Ilustración: Juan Colombato
Ilustración: Juan Colombato.

Se insinuó en el Brexit y se hizo visible en el avance de la extrema derecha en Europa, pero las elecciones estadounidenses marcaron su triunfo definitivo: con Donald Trump, los antisistema tienen su primer presidente. Además de dar por tierra con la corrección política y con la certeza en el poder de los medios tradicionales para influir conductas, Trump presidente volvió a hacer visible la grieta que separa a las élites de los ciudadanos, que reclaman que los gobiernos democráticos, al menos, les resuelvan sus problemas.

Aunque conducir el país más poderoso e influyente del planeta le da una proyección excepcional, Trump es un producto de su época. En particular, del discurso de la antipolítica, en el que abrevan la derecha xenófoba en Europa y los partidarios de abandonar la Unión Europea en Gran Bretaña, pero también los indignados de Occupy Wall Street, Podemos en España o Syriza en Grecia. Derecha e izquierda ya no definen las lealtades ciudadanas: el sentimiento antiélites es quizás la identidad más transversal en un tiempo de lealtades volátiles. Rechazan a las élites los mayores y los jóvenes; los que se quedaron fuera del sistema y los que quieren ascender en él; los anticapitalistas y los que creen que un multimillonario es un outsider.

El antielitismo se alimenta principalmente de las crisis económicas, la exclusión y el deterioro del empleo y las condiciones de vida, pero también de una distancia cultural: hay una generación que adhiere a la retropolítica del Make America great again y rechaza los valores cosmopolitas y multiculturales de otra parte de la sociedad. En el fondo, lo que alguna vez fue "crisis de representación" hoy cambió de escala: es una crisis del sentido de la política, el rechazo a estructuras y personas que se ven como incapaces de resolver problemas concretos y dar estabilidad y seguridad, miembros de una casta de millonarios interesados sólo en retener sus privilegios.

No es extraño que, en este contexto, al mirar los índices de apoyo a la democracia y confianza en las instituciones más recientes, incluidos los datos de América Latina, muchos analistas se alarmen por el futuro de la democracia. ¿Está en riesgo la legitimidad del sistema cuando un número creciente de ciudadanos está dispuesto a soportar algo de autoritarismo, xenofobia y misoginia si le aseguran que recuperará la seguridad económica? Para los menos pesimistas no hay que preocuparse: las élites tienen capacidad de regenerarse. Sólo que a veces -horror- lo hacen produciendo a un Trump.

"La emergencia de un discurso antipolítica ha dado lugar a fenómenos muy interesantes para quienes provenimos de las izquierdas, desde expresiones electorales como Podemos en España o el reciente triunfo de un joven de una formación nueva en la ciudad de Valparaíso hasta formas creativas de movilización y de asunción del poder ciudadano (el 15-M español, Occupy Wall Street). Pero hay una marcada tendencia a que las oportunidades que se abren ante la crisis de representación sean asumidas por líderes y grupos conservadores y reaccionarios -dice el historiador Martín Bergel, investigador del Conicet y del Centro de Historia Intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes-.Ya hace quince años el filósofo italiano Paolo Virno advertía que la era posfordista y de crisis de la sociedad salarial estaba atravesada por una radical ambivalencia: podía dar lugar a experiencias autónomas de cooperación ciudadana y poder popular, o podía decantar en formas novedosas de microfascismos a partir de rasgos constitutivos de la época como el cinismo y el miedo."

El diagnóstico se repite con frecuencia: los ciudadanos en una cantidad de democracias consolidadas de Occidente no sólo son críticos de sus líderes políticos. Se han vuelto más cínicos sobre el valor de la democracia como sistema político, más incrédulos sobre su capacidad de influir en las políticas públicas y más inclinados a apoyar alternativas autoritarias.

Sucede también en América Latina: según los últimos datos de Latinobarómetro, el apoyo a la democracia llega en promedio al 54% en la región, un número que viene cayendo en los últimos cuatro años. Al mismo tiempo, crecen los que se declaran indiferentes al tipo de gobierno (23%), mientras la mitad de la región piensa que vale la pena un gobierno no democrático si resuelve problemas. Sólo el 22% cree que se gobierna para la mayoría y la aprobación de los gobiernos sigue cayendo como lo hace desde 2010, a límites parecidos a los que tenía en 2002 (38% en promedio).

Globalización en caída

La explicación habitual para la incomodidad ciudadana con las élites apunta al malestar económico. En ese sentido, la crisis de 2008 fue un parteaguas, cuyos efectos se combinaron con "un sentimiento internacionalista en caída: además de la crisis, los atentados terroristas y la explosión de identidades locales frente a la globalización", como dice el politólogo Ignacio Labaqui, profesor de la UCA.

"Lo que estamos viendo en muchas democracias es que se está cortando el vínculo de identidad con los partidos que se había constituido a lo largo del siglo XX. En parte tiene que ver con una desconexión entre una élite partidaria y social integrada al proceso de globalización de manera exitosa, frente a sectores sociales que quedaron desconectados de ese proceso. Esa marginación del proceso de globalización de buena parte de la población, que en América Latina se vio muy clara a fines de los años 80 y principios de los 90, aparece ahora de manera más visible en las democracias industrializadas. Esa coalición social que quedó fuera de la distribución de la riqueza global es la que hoy vota a Trump o al Frente Nacional en Francia. Son los mismos votantes que quizás antes votaban por los demócratas en Estados Unidos o el socialismo en Francia", apunta el politólogo Aníbal Pérez-Liñán, profesor en la Universidad de Pittsburgh.

"Fenómenos como Brexit, Trump, la extrema derecha o Podemos se explican por sectores que estaban incorporados, cuyos salarios cayeron y quedaron desafiliados de sus partidos de pertenencia. El votante de Trump es un trabajador obrero que cobraba 24 dólares por hora y con la crisis pasó a trabajar en los servicios, donde cobra la mitad, y reacciona contra esa pérdida de espacio, ingreso y prestigio -dice Ernesto Calvo, politólogo y profesor en la Universidad de Maryland-. En Estados Unidos, el populismo de derecha logró hacer sentir que existía un vínculo entre la élite de clase alta y el pueblo. A Trump lo llaman un 'blue collar billionaire'. Tiene formas de la clase media baja, pero con intereses que van en contra de esos mismos votantes."

Con la economía dañada, el funcionamiento de la democracia podría sumar una razón a la frustración ciudadana. "La democracia es por definición una forma de gobierno con horizontes móviles. La población tiene todo el tiempo mayores expectativas de lo que el Estado puede producir, porque el sistema está diseñado para que los políticos compitan ofreciendo mejoras -dice Pérez Liñán-. Esa expansión es relativamente fácil de gerenciar para las élites políticas en un contexto de prosperidad, que fue lo que sucedió desde mediados del siglo XX en las democracias industrializadas. Ese momento se terminó, y aunque esas democracias van a seguir creciendo, lo harán a un ritmo más lento. El tamaño de la torta para distribuir va a aumentar a un ritmo mucho menor, pero las expectativas seguirán creciendo."

Los analistas de Latinobarómetro coinciden de alguna manera con ese diagnóstico. "El grado de individualismo que ha traído el desarrollo económico le quita peso a la ideología y aumenta el de las demandas individuales -dicen en un informe de este año-. Son la desigualdad, la discriminación, la inequidad social y política y económica las determinantes del comportamiento de los ciudadanos de la región."

Hay aún otra mirada sobre el éxito de los sentimientos antipolíticos. Algunos expertos los entienden como reacciones a un "cambio cultural progresista": en las últimas décadas creció en Occidente la adhesión a valores como el multiculturalismo, el cosmopolitismo, la diversidad, los derechos humanos y la igualdad de género. En Europa y Estados Unidos, existiría una reacción de las generaciones mayores y los menos educados contra el avance de estos valores, y una defensa de valores tradicionales que se perciben en peligro.

"Creo que el rechazo a la globalización es muy fuerte para explicar el sentimiento antiélites. La centroderecha se nutre del proteccionismo por temor al desempleo; la izquierda rechaza la globalización económica pero no en clave identitaria. En Estados Unidos fue paradójico que la posibilidad de que lo más cercano al populismo latinoamericano llegue al poder estuvo en manos de los WASP, y que los pudieron salvar los valores del liberalismo político fueron los latinos", dice Labaqui.

En la perspectiva cultural el corte es también generacional: los mayores son quienes más reclaman por los valores que perciben en peligro y se acercan a la política antisistema restauradora; entre los más jóvenes -que no tienen recuerdo de dictaduras en el pasado, por ejemplo en América Latina-, cae más el apoyo a la democracia como régimen y la aparece la inclinación a aceptar opciones autoritarias a cambio de mayor seguridad económica. Se puede ser antiélites por haber vivido mucho o no demasiado todavía.

Frente a esta distancia, algunos analistas se entusiasman en renegar de los partidos políticos -que habrían dejado de ser vehículo de las demandas ciudadanas- y pensar el vínculo directo entre representantes y representados. Sin embargo, prescindir de esa mediación parece imposible. "Los partidos intervienen en el vínculo de representación. Bien o mal, pero lo hacen -apunta Facundo Cruz, profesor e investigador en la UBA-. Cambiaron los partidos y también las demandas ciudadanas. Los primeros pasaron de ser partidos de masas a lo que Peter Mair llama ?partidos de cartel': más enfocados en ingresar en el Estado porque eso les asegura la supervivencia como organización. Y la ciudadanía se ha vuelto más volátil en sus lealtades."

Yo le creo a Trump

Pero los ciudadanos no sólo dan la espalda a las élites políticas, sino también a otras, como los medios tradicionales. "Los votantes norteamericanos ignoraron por completo a todas las élites. El ciudadano hoy se informa por otros medios, usa la información que afirma sus creencias previas, accede a ella a través de las redes sociales. ¿Por qué va a escuchar a la élite? -dice Lorena Moscovich, politóloga y profesora en la Universidad de San Andrés-. Si alguien puede ser artista en YouTube, modelo en Instagram o influencer en Snapchat, ¿para qué necesita que alguien le diga cómo votar o qué tener en cuenta? ¿Qué le importa que le digan que Trump miente si él le cree? Esta elección demuestra la dificultad de los intelectuales y las clases más preparadas para interpretar lo que quiere el ciudadano."

Como escribió en la revista Anfibia el sociólogo Martín Plot, la elección estadounidense mostró la paradoja de que un candidato movilizó a los antisistema a votar, pero ningún otro logró en igual medida movilizar a los tradicionalmente incluidos para hacerlo: "Votantes otrora alienados y autoexcluidos del proceso político se involucraron y votaron, y votantes otrora activos y autoincluidos en el proceso político terminaron no votando". ¿Tienen las élites dirigentes exhaustas de prestigio capacidad de regenerarse? "Les cuesta mucho -dice Pérez Liñán-. En buena parte de América Latina son los ex presidentes los que vuelven a competir electoralmente, y varias reacciones caóticas que vemos en muchas democracias, como Podemos o el chavismo, tienen que ver con el intento de la sociedad por renovar esas clases políticas."

Para Labaqui, hay elementos para pensar en que asoma una nueva dirigencia política, "que sabe leer el descontento, quiere sintonizar con la opinión pública y entiende la lógica de la calle más que la del palacio".

El tema no es sencillo: la máxima sintonía que el Partido Demócrata pudo lograr con un electorado más joven y antisistema fue Bernie Sanders, un señor de 75 años a quien su socialismo y llamados a la "revolución" le cerraron las puertas a la candidatura. Y la renovación del Partido Republicano desembocó en Trump. "La renovación viene por el lado de quien puede renovar la llama, reencantar la política, no cuestionarla. Renovación fue Blair, Obama y es Trudeau", apunta Moscovich.

¿Corre peligro la legitimidad de la democracia? "La legitimidad de un gobierno democrático está dada por su origen pero también se deriva del ejercicio. Si pasan los gobiernos y la ciudadanía juzga que sus problemas no son resueltos, hay un riesgo de que los problemas de legitimidad de un gobierno se conviertan en un problema de legitimidad del régimen", dice Labaqui.

"Me preocupan estos fenómenos antisistema en dos sentidos. Uno, porque significan que el sistema democrático no está sirviendo a un sector muy importante de la población. Otro, que estos sectores que tienen poco que perder están dispuestos a probar alternativas más radicalizadas para intentar un cambio. El verdadero peligro para la democracia no son hoy los líderes con valores abiertamente autoritarios, sino los que prometen que van a reformar la democracia y purgarla de sus vicios."

La periodista y activista Naomi Klein dibujó con precisión la línea que separa a dirigentes y ciudadanos en The Guardian esta semana. "Mucha gente vive con dolor. Bajo las políticas neoliberales de desregulación, privatización, austeridad y negocios corporativos, sus niveles de vida declinaron rápidamente. Perdieron empleos. Perdieron pensiones. Perdieron mucha de la red de seguridad que hacían estas pérdidas menos temibles." Del otro lado está la "clase Davos, una red hiperconectada de banqueros y empresarios de la tecnología multimillonarios, líderes políticos que se sienten cómodos cerca de esos intereses y celebridades de Hollywood que hacen que todo se vea insorportablemente glamoroso". En esta luz, el triunfo de Trump no parece tan sorprendente.

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