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El sistema tiene los anticuerpos para neutralizar a Trump

Pese a los temores que despierta el magnate, la tradición política estadounidense logrará inhibir cualquier intento de cambiar el régimen político

Loris Zanatta

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PARA LA NACION
Viernes 11 de noviembre de 2016
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Bolonia.- Nos tocará tomar en serio a Donald Trump. Hasta ahora habíamos disipado los fantasmas que su figura evocaba haciendo exorcismos, encogiéndonos de hombros, ironizando sobre sus estupideces. Era un impresentable: tema cerrado. Sin embargo, pronto será el presidente de los Estados Unidos. Está sucediendo a menudo que el mundo tenga sus preferencias por alguien, pero que el país interesado no se dé por enterado. Es lo que acaba de ocurrir con el plebiscito de Colombia. Y ha sido así también, hace tiempo, en Italia: el mundo se reía de Berlusconi, pero la mayoría de los italianos lo seguía votando.

El hecho de vivir en un mundo globalizado no implica que todo el planeta, por bien informado que se crea, comprenda los estados de ánimo y las dinámicas históricas de lugares complejos y remotos. Ahora sucedió con los Estados Unidos. Sobre Trump, se están llenando ríos de tinta. En realidad, sin embargo, sobre quién es, si actúa o es lo que aparenta ser, sobre qué hará realmente reina la incertidumbre, incluso entre los observadores más experimentados de la realidad norteamericana. Sólo sobre una cosa nadie tiene dudas: su victoria nos cuenta de una sociedad atravesada por un gran malestar, enojada y asustada, ansiosa de redención, pero carente de representación política.

¿Y ahora? No hace falta decir que su entrada a la Casa Blanca causa mucha bronca y preocupación. Es natural que surja la tentación de diagnosticar el suicidio moral de una gran democracia, que algunos, vaya paradoja, maldigan incluso el sufragio universal. Los agoreros tienen argumentos fuertes. Hablan ya de la crisis terminal de la democracia liberal, del declive occidental y del fin del capitalismo, todos pronósticos mil veces anunciados en el pasado.

Si Trump se sienta en el Salón Oval, observan con cierta razón, entonces cualquiera puede aspirar al poder, cae toda barrera entre la decencia y la indecencia, y los indecentes del mundo se frotan las manos felices. ¿Quién podrá ahora evitar que un líder racista y xenófobo sea elegido al mando de un gran país europeo? El tabú se ha roto.

Claro, el tema de la indecencia es cuestión de gusto y sensibilidad. Vladimir Putin no me resulta más decente que Trump, pero es un reconocido líder mundial; Nicolás Maduro me parece una caricatura peligrosa, pero a nadie escandaliza que se pasee por la Santa Sede. No importa: la elección de Trump suena a tremenda herida para el templo de la democracia liberal, entendida no sólo como sistema institucional, sino como estilo de vida, forma de convivencia en la diversidad, espíritu de apertura al mundo y tolerancia.

Aquellos que siempre han admirado a los Estados Unidos se desesperan; los que siempre lo han odiado descorchan champagne.

Con champagne habrán brindado en Moscú para celebrar un evento que cayó sobre Europa como un terrible luto en familia. Y aunque sea natural pensar que la elección de Trump también haya sido un balde de agua helada sobre los gobiernos y la opinión pública en América latina, no estaría tan seguro de que todo el mundo se sintió molesto. Habrá sido un trauma para aquellos que confiaban en la continuidad de la política de Obama para construir con los Estados Unidos una asociación sólida. No lo habrá sido para los populistas: los yanquis volvieron, pensarán, listos para volver a abrir la fábrica del antiamericanismo, productora de consenso a bajo costo. El contenido de la política de Trump hacia la región, hoy impredecible, será, en tal sentido, secundario.

Pero tal vez exageran los agoreros: a veces adivinan, a menudo se equivocan. Al historiador, que imagina el futuro a la luz del pasado, le toca en cambio considerar tanto la novedad que deslumbra como las continuidades que ni los traumas más abruptos interrumpen. No hay duda de que el caso de Trump implica un desafío radical al sistema político de Estados Unidos. Como Bruce Ackerman advirtió en sus excelentes estudios, el sistema de elecciones primarias suele producir candidatos más bien radicalizados, a menudo muy lejanos de las preferencias del ciudadano medio de los Estados Unidos. Así fue esta vez más que en cualquier otro caso. Al mismo tiempo, sin embargo, no debe olvidarse que la tradición constitucional y la naturaleza abierta y pluralista de la sociedad civil norteamericana siempre han tenido una gran capacidad de metabolizar los desafíos populistas.

En este sentido, valgan algunas aclaraciones. Como a muchos anglosajones les cuesta entender el populismo latino, hasta el punto de caer en curiosos enamoramientos por un Mussolini o por un Chávez, de los que luego terminan decepcionados, de la misma manera los latinos caen a menudo en error al evaluar el populismo anglosajón a través del prisma de los suyos. Como el latino, el populismo de Estados Unidos suele invocar un pueblo puro e inocente, ávido de redención frente a una elite que, afirma, le ha robado la soberanía. Hasta aquí, no hay ninguna diferencia entre los dos populismos: son fenómenos de redención, maniqueos y más bien groseros en su simplificación del mundo, pero muy potentes y eficaces para movilizar a su pueblo contra una elite. A partir de esta base, sin embargo, los dos siguen caminos divergentes, por que es diferente el pasado que evocan al luchar contra los abusos que denuncian.

El populismo latino evoca un pasado mítico en el que el pueblo estaba unido por una identidad común. A menudo inconsciente de ser heredero en ese sentido de las raíces católicas de la civilización latina, el populismo latino suele culpar al liberalismo y a sus corolarios filosóficos y políticos -la división de poderes, la primacía de los derechos individuales, el sistema multipartidista, el mercado- de la fragmentación de la unidad orgánica el pueblo. Por eso es antiliberal hasta la médula y, cuando llega al poder, aspira a refundar desde los cimientos el orden político rechazando la democracia liberal.

Pero las cosas no son así en el populismo anglosajón. Puede ser muy radical, como a Trump le gusta presentarse hasta ahora, pero en su pasado no hay ninguna utopía antiliberal, ni pueblo orgánico, ni fantasía de restaurar una identidad primitiva opuesta a la democracia liberal. Al contrario: puesto que en el mito fundador de los Estados Unidos la democracia y la libertad individual están tan conectadas, su populismo suele invocar una especie de hiperliberalismo, el retorno a las fuentes de una democracia que juzga distorsionada por el poder de las elites y de una libertad que cree amenazada por la invasión del Estado. ¿Por qué puede ser útil hacer estas consideraciones ahora que el mundo está mirando la bola de cristal en busca de indicios sobre el futuro que nos deparará Donald Trump en la Casa Blanca? Es que, por preocupante que sea su elección, la historia y la naturaleza del populismo estadounidense tienen el suficiente peso como para inhibir un cambio de régimen político. No es concebible que Trump colonice el Poder Judicial, someta al Congreso, distorsione el complejo sistema de pesos y contrapesos del sistema constitucional, logre enmendarlo para ser reelegido y así sucesivamente; por las mismas razones, le será difícil imprimir giros extremos a la política exterior de su país. Un presidente impresentable, por lo tanto, gobernará un sistema político capaz de producir los anticuerpos necesarios para neutralizar el reto, absorber su carga subversiva y transformarlo un día, quién sabe, incluso en presentable. No puedo estar seguro de que así será, pero confío en que los daños puedan ser limitados y la lección, aprendida.

Ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia, Italia

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