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Grandeza y decadencia de un género: el unitario de televisión

Vía Libre

Programas con el formato total de una hora para desarrollar en la pantalla hogareña textos de escritores avezados, con actores de primera línea y los mejores directores de los canales. Una forma de televisión que puede tener el espacio, el tiempo y la concepción adecuada como para codearse con las grandes artes

Un joven autor, que acababa de estrenar su primera pieza de teatro, era invitado al despacho de Marcelo Simonetti, joven y talentoso director de programación de Canal 7. El director del canal era un legendario actor, Francisco Petrone, que hacía cosas desorbitadas como instalar una carpa en la plaza Once y hacer ahí teatro argentino. Con Un guapo del 900, de Samuel Eichelbaum, por ejemplo, la llenó de público durante un año.

Simonetti invitó al autor a escribir en un ciclo que tenía el canal oficial, que se llamaba Historias de jóvenes . El joven autor -que no era otro que el suscribe estas páginas- manifestó desconcertado que nunca había escrito para televisión.

"Pero usted escribe teatro... Aquí tiene algunos libretos para que aprenda la técnica. ¡Métale!", respondió el director de programación sacando unos libretos de un cajón y tirándolos sobre la mesa.

Corría 1962 y la anécdota es rigurosamente cierta. Dirigía los destinos del país el doctor Arturo Frondizi, pero no por mucho tiempo más. Estábamos en un despacho del viejo Canal 7, al que se entraba por Viamonte entre Bouchard y Alem, en- frente al café Roma Olímpica.

¿Y qué era Historias de jóvenes ? Un programa semanal de una hora de duración, que dirigía un hombre de cine -Rodolfo Kuhn-, en el que escribían, entre otros, David Viñas -un novelista e investigador literario- y Paco Urondo -un poeta-. Y ahora se iba a sumar un dramaturgo. ¿Los actores? Eran actores de teatro de primer nivel: Norma Aleandro, Jorge Rivera López, Raúl Medina Castro, y muchos más. Sin darse cuenta, se estaba dando forma a un producto que daría mucho que hablar en el futuro.

Desde el vamos, Simonetti ya estaba dando por sentado varias cosas. Primero, que la televisión era un género tributario de otras artes. Por lo cual, no era malo que lo dirigiera un director de cine, ni que lo escribiera un novelista o un poeta. Y en la última aseveración, daba por sentado que un dramaturgo trabajaba en profundidad una anécdota, y que eso lo capacitaba para hacer una historia de televisión, sin haberlo hecho nunca antes. Claro, eran tiempos de pioneros.

Hablando de teatro en prosa y teatro en verso, el gran poeta inglés T. S. Eliot afirmaba que un poeta, que es dramaturgo también, es posible que escriba teatro en verso; pero que es imposible que lo haga un dramaturgo que nunca fue poeta. De la misma manera, quizá podamos decir que un dramaturgo, un poeta o un novelista puede aprender las reglas de un libreto de televisión, pero que el ser autor de televisión no garantiza que se pueda escribir teatro, por ejemplo. De todas maneras, podemos sacar de aquí algunas importantes conclusiones.

Estamos hablando de un género de la televisión que se codea con las grandes artes. Podemos incluir aquí a otras artes relevantes en la confección de este producto, como lo son la pintura y la música. Y finalmente, ya le podemos dar un nombre a esta criatura: estamos hablando del unitario de televisión.

A partir de Historias de jóvenes , que lució su presencia en la pantalla chica en la segunda parte de la década del sesenta, la televisión contó con un género: el unitario. Eran programas generalmente de una hora, que empezaban y terminaban, escritos por artistas avezados, interpretados por actores de primera línea, dirigidos por los mejores directores de los canales, con participaciones de músicos importantes, y a veces de escenógrafos y vestuaristas que no siempre eran empleados de un canal; y si lo eran, eran los mejores. Para los empleados de un canal trabajar en un unitario de esta jerarquía resultaba como ascender. El canal lo ostentaba como su programa importante, muchas veces tenía los mejores horarios y, sorprendentemente, llegaron a tener audiencias muy, pero muy importantes.

¿Eran programas críticos de la realidad? Sí, lo eran. Eran programas en los que se retrataban las angustias y esperanzas de los argentinos, en épocas signadas por democracias débiles, y picos de violencia cada vez mayores. Artistas y públicos se encontraban en estos programas y pensaban juntos. Aunque los separaran miles de cables electrónicos.

Pero aunque algunos no lo crean, ésta no era la característica fundamental de los ciclos. En realidad, era la posibilidad de experimentación. Libertad de creación había, pero como siempre más o menos condicionada por códigos y censuras. Este era un espacio -y ya lo había visto Simonetti al llamar a un grupo tan heterogéneo- en el que un dramaturgo, un poeta, un novelista, un director de cine un actor de teatro se podía probar en otro género, en otro estilo, en otro ámbito. Podía descubrir que una estructura de convenciones diferentes permite otra mirada sobre la realidad. Y que es apasionante meterse en ella. Marcelo Simonetti y Francisco Petrone, se habían anticipado a esta mezcla de estilos que es el arte de fin de siglo. Y merecen, por eso, todo nuestro aplauso.

Ciclos inolvidables

Programas de unitarios como Cosa juzgada, Nosotros y los miedos, Compromiso o Yo fui testigo , eran esperados por audiencias compuestas por grupos muy heterogéneos de personas. En el interior eran demandados y en muchas ciudades, actores, profesionales, estudiantes, modificaban los horarios de algunas de sus actividades nocturnas para poder ver el programa. Aquí podríamos repetir como el tango, todo eso ha muerto, ya lo sé.

Algunos de estos ciclos se distinguían por alguna característica muy interesante. Por ejemplo, Las dos , que escribía Juan Carlos Gené, y en el que tuve la oportunidad de participar, se enunciaba un clásico, como Tristán e Isolda, o La Ilíada, y se hacía una versión libre actual. O sea, se trataba de la historia original a la luz de conflictos actuales.

Mujeres protagonizaban otros ciclos. Una mujer en la multitud era de Irma Roig, y El teatro de Norma Aleandro era de esta notable actriz. El de Irma Roig, hoy legisladora, duraba una hora y media, en cambio el otro sólo una hora, y lo condujeron talentos tan disímiles en su estilo como la gran directora de televisión María Her-minia Avellaneda o el director y profesor de teatro Augusto Fernández. En ambos, se hacía justicia poética, porque el protagonismo de las historias caía sobre mujeres y la mirada de la realidad dejaba de estar circunscripta sólo a la visión del hombre.

{po2f3i.jpg| Las fiestas . Pepe Soriano|}

A fines de la década del sesenta, después de conversar con Alejandro Romay, Pepe Soriano y el director Héctor Aure convocaron a un grupo de autores para que hiciera un ciclo que tuviera como protagonista a este versátil actor. De ahí nació Las fiestas ; cada programa iba a tener una fiesta como excusa: un cumpleaños, un casamiento, una despedida de soltero. Entre los autores estaban Ricardo Talesnik, Carlos Somigliana, Roberto Cossa, el que esto escribe y el notable Germán Rozenmacher, desaparecido en plena juventud, que escribió un maravilloso libreto que tenía como centro un casamiento judío. Actuando a lo grande, Romay invitó a los autores, al director y al famoso actor a un lunch, en Canal 9. Mientras se veía el primer programa se opinaba, y por supuesto se comía. La digestión no fue fácil. El programa no le gustó a Romay, que pagó los trece libros del contrato y nunca lo llevó al aire.

¡Hubo que escribir los 13 libros para cobrar! Y como si el azar rigiera nuestros destinos, esos programas, modificados, fueron a Canal 13 en 1973, después de la asunción de Cámpora, cuando los canales volvieron a ser todos del Estado. Constituyeron el núcleo de un nuevo programa, Historias del medio pelo , parafraseando una temática que había hecho popular el pensador Arturo Jauretche. El querido Rozenmacher ya había quedado en el camino.

Aquellos libros, más otros, fueron protagonizados por diferentes actores. Como sucedería más tarde con las películas de Woody Allen, y en una escala local, trabajar en ciertos ciclos de unitarios prestigiaba a los actores. Otra característica que refleja la potencia de los unitarios es que de muchos de ellos salieron obras de teatro, o películas. De Historias de jóvenes surgió mi Estela de madrugada ; de Las fiestas , La Nona de Roberto Cossa; de Historias del medio pelo , mi novela y posterior película El soltero .

La noche de los grandes

Hay momentos en los que el arte da pie a una crisis que revela la situación política. Así sucedió con el dictador Onganía, cuando se prohibió el ballet Consagración de la primavera con coreografía de Oscar Araiz. O en 1981, con Teatro Abierto en medio del proceso. Entre esos dos acontecimientos, en 1975, La noche de los grandes anticipó la tormenta que se avecinaba.

Era un ciclo espectacular.

Lo dirigía David Stivel, y ya en el primer programa actuaron nada menos que Alfredo Alcón, Sergio Renán, María Rosa Gallo y la desaparecida Bárbara Mugica. Con un rigor que no creo que ni siquiera tenga Hollywood, los autores nos reuníamos tres veces por semana en casa del director. Eramos Carlos Somigliana, Roberto Cossa, Juan Carlos Gené y el que esto escribe. En la primera reunión, los autores exponían la idea de lo que iban a escribir ese mes. En la segunda, el que estaba de turno leía el borrador de su libro; luego, corregido, era entregado a la producción. En la tercera, se analizaba el programa que había salido al aire -que era de una hora y media- y se ayudaba al director a armar el elenco del próximo programa. A los dos meses, la triple A nos puso en su mira. Panfletos diseminados en la calle Florida, con todos nuestros nombres, hablaban de que dirigíamos una "conspiración judeo-marxista". Empezaron las llamadas telefónicas a domicilio dándonos determinadas horas para abandonar el país. Al poco tiempo el programa dejaba de estar en el aire.

Siempre hubo buenos y malos ciclos de unitarios. Con el proceso, Nosotros y los miedos, que escribía Juan Carlos Cernadas Lamadrid y que dirigía Alejandro Doria, era un espacio donde se podía respirar aire puro y reflexionar. Después, con el retorno de la democracia, vino el boom de programas como Compromiso y Yo fui testigo. Quiero pedir perdón por si me olvido de ciclos importantes, pero estos dos últimos concitaron audiencias impresionantes en horarios centrales.

En el primero, ya se había sumado la investigación periodística previa a la escritura del programa. Además, los autores, Cernadas Lamadrid y el que escribe, invitaban dos semanas por mes a otros colegas. Pronto tuvieron una incidencia importante Sergio De Checco, Elena Antonieto y Gerardo Taratuto, entre otros.

En Yo fui testigo, en el que se analizaba la vida de grandes figuras o episodios de nuestra historia, aparte del cariz decididamente documental, creo que fue un hallazgo la mezcla entre ficción, material de archivo y un locutor -el excelente actor Arturo Bonín en este caso- que en exteriores servía de narrador y entrevistaba gente. El programa fue estudiado en Alemania y se concluyó que los argentinos habían creado un nuevo género.

Jamás olvidaré un día de semana, a las 21, hora en que el Canal 13 emitía el ciclo. Corría 1984 y se difundía el unitario dedicado a Eva Perón. El dueño del café que existía entonces en Arenales y Riobamba, había puesto un televisor sobre el mostrador y unas sesenta personas paradas miraban el programa. No era la época en que los bares tenían pantallas chicas y nunca se había contado esa historia con tanta objetividad y tantos testigos, anónimos o notables. Estos sucesos se repetían en todos los programas, en diferentes ámbitos del país. Algo que no volvió a suceder.

En busca de un futuro

¿Qué pasó? ¿El público no soporta hoy que le hablen en serio de nada? ¿Tiene casi cien canales y hace zapping todo el tiempo? ¿Prefiere meterse en torneos donde le dicen que va a ganar premios (yo nunca conocí a nadie que ganara algo), o conocer la pequeña porquería de la vida de una pareja, contada por sus reales protagonistas? No voy a decir que de diez años a esta parte no ha habido buenos ciclos de unitarios porque mentiría. Vaisman y Maestro han escrito programas de jerarquía y han aparecido miniseries notables, como las recientes que ha escrito Borenzstein y ha difundido el Canal 9.

Pero estamos lejos de una televisión de alto nivel.

Y yo creo que el principal problema viene de la privatización de los canales y el fallecimiento del canal oficial. No sólo no hay televisión educativa, sino que las buenas películas han pasado al selecto público que mira cable. Y paga por eso.

Dominados por el fantasma del rating, los canales de aire arriesgan con cuentagotas. ¿Debe haber más imagen? ¿Sólo diversión? ¿Telenovelas y sorteos? Nuestra identidad se perjudica. Al no verse reflejados en la pantalla chica, los ciudadanos argentinos caminan por la calle, desconociéndose, o mirándose con gesto huraño. Tienen una vaga idea de que forman parte de un mismo conglomerado. .

Ricardo Halac
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