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Plegarias atendidas: llegó Trump

Domingo 20 de noviembre de 2016
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Al final la antipolítica era esto: el mundo a merced de un profeta del miedo y la desesperanza, la democracia modelo rendida a la xenofobia y el desprecio del otro, la celebración del autoritarismo, el salto de una globalización inequitativa a una introversión insolidaria, cruel. El éxito de Donald Trump nos interpela como especie. El vicio de renegar de la política -el desprestigio sostenido de una actividad que necesita de los más inteligentes- recorre el planeta desde hace tiempo con gritos de rabia sin proyecto ni reflexión.

Si huimos de la tentación de culpar a los norteamericanos que le confiaron la presidencia, nos encontramos a nosotros mismos -argentinos, europeos, asiáticos; ricos, pobres-: ¿cuántas veces pedimos que se fueran todos? ¿Cuántas, que nos gobernara un outsider exitoso en los negocios? Que total no necesita la plata. Que ya la hizo.

Trump asusta porque es una caricatura extrema de la plegaria de tantos. Y por una cuestión de escala: su poder de daño es superior, sentado al volante del país dominante en lo económico, militar y cultural.

El alivio fácil consiste en pretender que todo haya sido un mal sueño. Que Trump incumpla sus promesas; que se revele un pragmático -excéntrico, pero inofensivo-. Que no ocurran las deportaciones de inmigrantes ni se perciba el racismo como una desviación tolerable. Que nunca se dinamiten los pactos para salvar el ambiente ni se aliente una carrera armamentista como respuesta a la psicosis autoinducida.

Philip Roth, en La conjura contra América, jugó hace ya doce años con una historia alternativa en la que el héroe de la aviación Charles Lindbergh ganaba las elecciones de 1940 en lugar de Roosevelt, a partir de una trama urdida por el mismísimo Hitler. Todo lo agobiante que pudiera resultar Estados Unidos volcado al nazismo se acababa al cerrar el libro.

Si Roth decidiera volver a escribir, tendría servida una segunda parte, pero sin ficción. Por supuesto que no cabe banalizar el horror: Trump no es Hitler ni la mayor potencia del mundo va a caer en una suerte de fascismo posmoderno.

Hay peligros de otra clase. Un mundo sin política es un mundo sin reglas, mucho más proclive a las injusticias. Las viejas élites sucumben ante unas nuevas que se arrogan la voz del pueblo, aunque se revelen incapaces de articular un argumento veraz.

El consuelo posible es que el caos sea el fondo del pozo, una transición amarga hacia el renacer de la política. Quizá sea cierto que esta humanidad insatisfecha, ensimismada, se debe una revolución. Pero no serán Trump y sus cachorros antisistema los que se la provean.

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