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Emprendedores: unos 300.000 porteños armaron sus propios negocios

Así los indica un estudio de Global Entrepreneurship Monitor durante 2015; cada vez hay más programas que incentivan esta actividad y la mayoría elige capacitarse por conveniencia

Domingo 20 de noviembre de 2016
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La ciudad de Buenos Aires busca consolidarse como la capital nacional de los emprendedores. El crecimiento del número de personas que se animan a lanzar su propio negocio y ciertas políticas de Estado que generan una atmósfera adecuada para los desarrollos personales permiten sostener esta tendencia.

En 2015, el 17,3% de la población adulta y económicamente activa estuvo involucrada en alguna actividad emprendedora, mientras que en 2014 esa cifra se ubicó en el 12,3%. Son unos 300.000 porteños los que fundaron su propia unidad de negocios.

Pero ¿lo hicieron por necesidad o conveniencia? Los números surgen de un estudio realizado por Global Entrepreneurship Monitor (GEM), un consorcio de investigación académica sin fines de lucro que en la Argentina trabaja asociado con la Escuela de Dirección y Negocios de la Universidad Austral.

El último informe disponible marca que del total de los emprendedores sólo el 3,20% lo hace por una urgencia económica al quedarse sin trabajo; mientras que el 14% encontró una oportunidad atractiva y el resto lo lleva adelante por otras razones. Los datos de 2016, en un contexto diferente por el cambio de gobierno, aún no están disponibles.

Según el informe de indicadores laborales en la ciudad de Buenos Aires, publicado en agosto pasado por la Dirección General de Estadísticas y Censos porteña, la población económicamente activa es de 1.695.942 personas. Los investigadores cruzaron estas cifras con el porcentaje del estudio del GEM, y el resultado indica que al menos 293.397 porteños tienen relación con un emprendimiento. En ese grupo se contabilizan todos los rubros, desde una verdulería hasta un desarrollo de una aplicación para celulares.

El programa

De ese grupo, 160 vecinos ya forman parte de Pacto Emprendedor, un programa que propone conectar a emprendedores incipientes con otros que ya tienen un recorrido en la actividad comercial, los denominados "mentores". Se formaron 80 duplas, como las de Tomás y José Luis, Alejandra y Leonor, y Javier y Germán (ver aparte), en las que los mentores brindan capacitación a sus discípulos sobre cómo afrontar costos, ventas, marketing, comunicación y liderazgo. "Hay que fortalecer a los emprendedores de los barrios más vulnerables y de esa forma generar desarrollo económico a nivel local", resume el ministro de Modernización, Innovación y Tecnología, Andy Freire, de quien depende el programa.

La segunda etapa de esta propuesta apunta a reunir, antes de fin de año, a más de mil emprendedores de diferentes rubros para crear nuevos vínculos y potenciales sociedades como las que se crearon en la primera instancia. Durante el lanzamiento, que se realizó hace algunas semanas en el Centro Metropolitano de Diseño de Barracas, se conocieron muchos integrantes de nuevas duplas que ya comenzaron a planificar reuniones y metodologías de trabajo.

La chispa emprendedora se intenta avivar con otros incentivos, como el concurso #VosLoHacés. En su tercera edición se recibieron propuestas en tres categorías: impacto ambiental, impacto cultural e impacto social. Noventa semifinalistas disputarán los premios de $ 100.000, $ 60.000 y $ 30.000 y becas en emprendedorismo para el primer, segundo y tercer puesto de cada grupo. Los ganadores se conocerán en la final prevista para el 3 del mes próximo.

Pero no sólo el gobierno local impulsa capacitaciones e incentivos para los microemprendedores. Hace dos semanas, la Federación de Comercio e Industria de la Ciudad de Buenos Aires (Fecoba) y la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) convocaron a 400 emprendedores porteños a participar de Fuerza Joven, un ciclo de charlas y debates que pretende acercar herramientas y capacitación a todos los involucrados.

El furor por los emprendimientos no se detiene. Las ideas sobran, el espíritu creativo no descansa en busca de los productos propios y de la independencia laboral.

Duplas en acción

Tomás y José: unidos por la gastronomía

Foto: Rodrigo Néspolo

En el restaurante hay gente que almuerza tarde o cena temprano. En la calle, el bullicio de la villa 31 se mezcla con la bachata peruana que se escucha, latosa, en los parlantes del local largo y angosto. "¿Dónde está el cevichero?", preguntan los clientes. "Si no estoy, no entran", dice José Luis Zapata, el dueño de Las Palmeras, mientras saca platos de ceviche, pollo con arroz, jalea mixta o leche de tigre, uno tras otro.

En la puerta, bajo un tinglado, un tambor humeante capta la atención de Tomás Bermúdez. "Levantá la tapa", propone. "Hay cinco pollos colgando, asándose al fuego. Seguro que a la noche están buenísimos", arriesga, ya sumergido en esa burbuja de escaleras de metal circulares, pasillos serpenteantes y olores a comida que se impregnan en la ropa.

A José Luis y Tomás los une el amor por la gastronomía; José Luis se especializa en comida peruana y da clases de cocina internacional, mientras que Tomás fue el creador de una aplicación para teléfonos celulares que conecta a chefs caseros con potenciales clientes que buscan degustar menúes de cuatro, cinco o más pasos.

"Quiero darle publicidad a Las Palmeras, llegar a más público, no sólo de la 31 sino del resto de los barrios. Que venga la gente de toda la ciudad", apuesta José Luis. "Vos ves, acá es una peatonal mañana, tarde y noche. ¡Que se convierta en algo turístico!", se entusiasma.

En la cocina del fondo, mientras seis clientes esperan sus platos, se fríen las papas y el fuego invade una sartén donde se cocinas lonjas de carne, tomate y cebolla de verdeo. El maestro cocinero controla todo. Como lo hacía en el local que tenía cerca de Casa Rosada o en la imaginación de un niño de 10 años que paseaba por las calles de Lima.

José Luis cuenta que después de dedicarse a la electricidad y a los eventos gastronómicos se asentó en la 31 "con miedo", pero con el paso de los días se dio cuenta "que era un barrio más". Al llegar limpió el local, lo pintó, puso manteles en las mesas y hasta platos de vidrios. Pero algo faltaba para expandir su actividad. "Él necesita ayuda para mostrar su negocio, armar los menúes, planificar los costos y averiguar cuáles son los mejores lugares para hacer las compras", aporta Tomás, creador de Cookapp. "Las mejores cualidades de José Luis son offline, y toda mi experiencia es online. Trabajando en conjunto los dos podemos aprender", agrega.

Alejandra y Leonor: arranque con tropiezos

Foto: Ricardo Pristupluk

Las sociedades no siempre empiezan con el pie derecho. Este caso es un ejemplo. Leonor Montesinos ya tenía experiencia en los emprendimientos cuando le propusieron ser parte de Pacto Emprendedor para potenciar su negocio. "Dentro de mí decía: '¿Para qué?'. No estaba tan entusiasmada", recuerda. La primera reunión con su tutora fracasó. "No nos vimos. Pensé que zafaba porque no me gusta perder el tiempo", insiste. Pero finalmente el encuentro se concretó y se prolongó durante varios meses en el que ambas mujeres tejieron un lazo profesional y personal.

Una, Leonor, cabeza y motor de un pequeño taller textil que funciona en Los Piletones donde se confecciona calzado para niños de entre 4 meses y 7 años y ropa para mascotas. La otra, Alejandra Marcote, contadora, capacitadora y facilitadora de emprendimientos.

"Mi faceta es escuchar y ver cómo se puede ir trabajando en el momento para empezar a poner metas más concretas", explica Alejandra, en un impasse en la reunión que mantiene con su discípula. "Una planificación semanal es necesaria para que ella esté más tranquila y no tan presente en el taller. Tiene que aprender a delegar", aconseja.

Dejar de concentrar toda la responsabilidad del taller era el cambio urgente que debía poner en práctica Leonor. Aún con cuatro empleados, es ella la que organiza y se involucra en la confección, la compra de la materia prima y el pago a los proveedores. "Duermo cinco horas por día", acota.

En 2000 llegó desde Bolivia y comenzó a vender sus productos en un puesto de La Salada. Con los años llegaron las complicaciones. "En la feria se pagaba un alquiler muy alto, el papá de mis hijos se fue y quedé en cero", recuerda. Leonor superó el mal momento, comenzó a confeccionar en el Centro Productivo de Los Piletones y ahora vende su mercadería en Once, Morón, Constitución y en su barrio.

"Mi sueño es armar una empresa con marca, con etiqueta, para dejarle a mis cinco hijos. Tal vez hay muchas mujeres que piensan que no pueden cortar, pegar, vender, comprar. Con esto quiero decirles que si yo pude ellas también lo puedan hacer", aconseja.

Para que su marca crezca debe aplicar los consejos de Alejandra. "Es importante planificar para que la gente que trabaja con ella tenga más participación en el taller", explica la tutora.

Germán y Javier: aprovechar los materiales

Aprender a reciclar y rendir culto a la Pachamama mientras desarrolla su actividad. Javier Chinche Flores, con una sonrisa ancha y siempre dispuesta a contagiar a quien esté su alrededor, deja en claro cuáles son algunos de sus objetivos, además de llevar adelante su emprendimiento.

Lo escucha Germán Vinuesa, lápiz y papel en mano, mientras dibuja modelos de bolsas de tela que podría fabricar Javier. "Tiene un don especial para optimizar el costo de la tela haciendo rendir hasta el último centímetro. A nosotros nos enseñó a utilizar mejor el material", cuenta Germán. "Ayudás y te ayudan", sostiene.

Como en las 80 historias que se iniciaron a través de Pacto Emprendedor, los sueños de los protagonistas va tomando fuerza gracias al trabajo en equipo y los consejos. Por ejemplo: Javier se plantea como objetivo fabricar bolsas reciclando telas y confeccionar ropa para niños. En definitiva, un emprendimiento se convirtió en el instrumento que financió al otro.

"Javier tenía mucha energía, pero le faltaba orden. La inversión para hacer una marca es altísima porque hay que pagar la tela, producir, vender y recién después ganas dinero", explica Germán, el creador de la marca Bathinda que vende ropa interior y pijamas.

Bathinda necesitaba un proveedor de bolsas y Javier hacía bolsas. La conexión surgió en el momento exacto: desde hace tres meses el emprendimiento que funciona en un taller de la villa 1-11-14 le provee entre 300 y 400 bolsas por mes. "Su unidad de negocio se dividió: marca de ropa, bolsas para Bathinda y las que ya está diseñando para una marca de zapatos", resume el tutor.

Cuando se conocieron, lo primero que detectó Germán es que Javier hacía de todo, pero a su vez, nada específico. Sabía cortar y confeccionar bolsas, pantalones, mochilas y otras prendas, pero no focalizaba su unidad de negocio. "Hablamos como si fuese un amigo. Me brindó las pautas para saber que era un emprendimiento y entendí que era necesario capacitarse", asegura Javier.

De Bolivia, casado con María hace 12 años y con dos hijos, Javier pudo sacarle provecho a los encuentros con su mentor. Y encaminó su actividad con mayor seguridad. "Me hace sentir una persona confiada, desde el momento que empezamos a hablar nos caímos bien. Siento que con él voy hacia delante", sostiene.

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