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La excelencia, en tiempos de desconcierto

Así como el agro recuperó ahora la esperanza, es necesario que todos los sectores encuentren razones para el optimismo

Miércoles 23 de noviembre de 2016

Palabras pronunciadas anoche, en la Rural, en la comida de entrega de los Premios LA NACION-Banco Galicia a la Excelencia Agropecuaria

No sé si saben que después de la victoria de Trump alguien viralizó en la red que un neoyorquino había escrito en Facebook esto: "Espero que no deporten a mi suegra, inmigrante ilegal centroamericana, que vive en Lyncoln Street 205, apartamento 26, bloque 3, Brooklyn".

La excelencia, en tiempos de desconcierto
La excelencia, en tiempos de desconcierto.

El humor se cuelga como un velo para amenguar la visión atormentada de las tragedias. O para conjurar pesadillas sin otra entidad que la del miedo al miedo, sobre la cual el presidente Roosevelt previno al pueblo al asumir en 1933, en medio de la gran depresión. Reír para no llorar, dice el refranero popular.

Al entregar esta noche con los amigos de Banco Galicia los premios a la excelencia agropecuaria no podemos menos que pensar en las aptitudes de carácter de quienes han de recibirlos. Ingenio, templanza, tenacidad, fortaleza para superar las contingencias del oficio y del entorno. Alguno de ellos tal vez haya debido empezar de vuelta cuando lo hecho se derrumbaba ante la adversidad de una naturaleza que patentiza, al otorgar y restar, la fragilidad última de la condición humana. Apremiaron como si nada los motores de la imaginación y la originalidad para lograr lo que lograron. Y en los instantes álgidos, tanto del entorpecimiento burocrático argentino como de las barreras opuestas por gobiernos extranjeros al comercio exterior de sus productos y servicios, y hasta enfrentándose con la saña política contra la actividad agropecuaria en el orden interno, habrán aminorado el paso, no más que eso.

La lidia diaria a cielo abierto ha preparado al hombre de campo para prever en sereno alerta la dimensión de problemas que desarman a otros en pánico inmediato. Actitud de quien se basta con el "nochero" a mano, pingo que aguanta por todos en la oscuridad circundante de fundos ganaderos. Estas semanas contemplamos travestido de tsunami, agitando desde las costas norteamericanas las aguas políticas del planeta, a un fenómeno norteamericano que en rigor apenas se encuentra en sus albores. Mal sueño el de que se volviera por inspiración de una potencia rectora al modelo cerrado de mercado mercantil del que más de una vez sacamos la cabeza a duras penas de la soga.

La información correcta y a tiempo resulta esencial para cualquier actividad. Concierne a la puesta a punto del desarrollo humano. Estamos ante una gigantesca ola de interpretaciones sobre el nuevo mundo en modelación, pero con frecuencia carecemos de la reconstrucción en estado puro de los hechos que acontecen. Los viejos periodistas pasamos una vida diciendo que el oficio debía dedicarse más a interpretar y a desentrañar el sentido y derivaciones de lo que había sucedido y podía suceder. Hacíamos bien en demandar esa anticipatoria contribución, enriquecedora del conocimiento. Pero lo hacíamos a condición de precederla por el relato objetivo de los hechos que ocurrieran, con la descripción del respectivo contexto, y despojados ambos de cargas subjetivas que desnaturalizaran la materia prima de los acontecimientos en curso. De otro modo, no contarían ustedes con los elementos para evaluar por propia cuenta lo que refiere a intereses y emociones que afectan sus vidas.

Seguramente ninguno de nosotros prescindirá de las encuestas tan pronto asomen aquí en 2017 o en lugares del exterior que influyen sobre los asuntos argentinos. A pesar de los tropezones recientes, desde el Brexit y el referendo colombiano a las elecciones norteamericanas, la curiosidad y la pasión lúdica sepultarán hasta la próxima prueba los errores habidos.

Nadie debe entender que los gurúes de hoy sean más chambones que los gurúes del pasado. La realidad mundial, enteramente distinta hoy de la de ayer, impone renovar los cartabones de mensura sobre nuestros albures. En el pasado, el hombre de campo lo hacía en soliloquio y ojos clavados en el cielo. Pablo Hary enseñó que conocer es comparar y no murmurar y regañar a solas. Desde la revolución de las comunicaciones, de hace veinte años, el mundo se ha vuelto cada vez más rebelde a someterse a predicciones sobre su desenvolvimiento. La claridad se enturbia en medio de un fárrago tan desorbitado como caudaloso de informaciones que ahora abruman hasta el desconcierto.

Se detecta alguna luz promisoria: los gigantes de Internet acaban de anunciarnos que perseguirán en adelante las noticias falsas como si fueran virus. Materia de primer grado que los diarios de excelencia en papel aprendieron hace siglos y respetan dentro de los márgenes de error insalvables que precisamente les permiten ser diarios de excelencia.

El optimismo es pasaporte para estar en el plano de los mejores y no caer en el pozo de los que aflojan. Se contagia por el hilo de oro de las buenas ondas. No hay tiempo que pase sin obstáculos. Sé que esta noche no podría repetir, y me alegro de que así sea, las mismas palabras de un año atrás. Trazaba entonces, a días del 22 de noviembre, un mensaje de esperanza en que se cerrara un ciclo de flagrantes discriminaciones contra el campo.

También sé que esta noche no podría prescindir de una metáfora: si la Argentina fuera un avión, y estuviéramos a bordo, lo que hoy sentiríamos es que está carreteando, que está carreteando, que está carreteando..., pero sin despegar con la velocidad que la ansiedad colectiva reclama. Hay todavía suficiente pista por delante y perdura la confianza, aunque no todo el pasaje ha sido destinatario en estos once meses de las motivaciones de calma y atención que se ha dispensado a la mayoría de los productores agropecuarios, los más agraviados del ciclo anterior.

No sólo se trata de que el campo y las industrias a él asociadas se encuentren más animados, sino de que en los asientos traseros de la cabina imaginaria también se perciba en el horizonte inmediato una pista razonablemente despejada, ya más corta, es cierto, y de que está pronto a comenzar al fin un vuelo, un verdadero vuelo, para quienes no quieren, ni deben, quedar en el olvido.

Esta noche habrá concursantes que no cantarán victoria. Serán acreedores por igual al agradecimiento por haber realzado, al competir, una fiesta del trabajo pionero y del conocimiento de alta clase. Así como un decimal puede decidir elecciones, un leve matiz puede resolver quién pierde y quién gana en premiaciones como éstas. Son datos sugerentes de que la excelencia se nutre de la atención por los detalles. La excelencia en estas disciplinas se mide por rendimientos, por impacto social, por sustentabilidad, sobre el piso firme de hacer las cosas bien. Hasta que otros superen, como en los deportes, marcas anteriores.

Toda tarea humana es perfectible por la simple razón de que somos seres inacabados. Eso tonifica la garra por vencer insuficiencias, incluso las más inesperadas. Una reciente lectura deportiva me iluminó al respecto. Se narraba algo del historial de Mario Andretti, piloto ítalo-norteamericano, que fue en 1978 campeón mundial de Fórmula 1. Cuando al entrar en una curva, decía Andretti, observaba que tenía absolutamente todo bajo control, era porque iba lento.

Quienes conquistaron la cima de la excelencia experimentaron riesgos. Avancemos, si cabe, con más rapidez, sin violentar reglas, y menos, a la que reina por sobre todas las otras: la ley de la gravedad. Nadie nos va a congratular porque volquemos.

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