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Retrato feroz de un padre

Sobre UN BUEN HIJO, de Pascal Brückner

Domingo 27 de noviembre de 2016
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PARA LA NACION
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Frente al padre, un hijo sólo tiene tres opciones: la sumisión, la huida o la desobediencia. Las tres pueden mezclarse." La frase es del propio Pascal Brückner -narrador/protagonista sin mediaciones ni eufemismos-, promediando Un buen hijo, en una de las tantas instancias en que reinicia ese retrato feroz de un padre al que el mismo adjetivo apenas empezaría a hacerle justicia.

La sumisión, la desobediencia y la huida se van mezclando, efectivamente, pero sobre todo -en ese orden- van relevándose, dándole forma en la superficie a ese motor subterráneo en el que se ha convertido el odio para la existencia del autor. El prólogo de Un buen hijo relata, a propósito de ese resentimiento visceral, un episodio que actúa como norte de todo el relato: una paliza al hijo que termina con el rezo silencioso de éste, deseándole la muerte al progenitor. "El odio que me inculcó también me salvó", dice al final de esa breve introducción, y luego confiesa que decidió volverlo contra él, como un boomerang.

Aunque el texto no cristalice del todo esta última afirmación extrema -apenas puede hablarse aquí de novela, pero como buen narrador Brückner no desdeña ciertos efectismos-, en el retrato del padre, que también es un autorretrato, la pulsión del odio cubre todos los espacios en blanco, es el estribillo al que se vuelve hasta el cansancio con el deseo -desesperado a veces- de encontrar un resquicio que lo salve.

Lo cierto es que Brückner padre vuelve esa tarea casi imposible: misógino, racista, reaccionario en el sentido más abarcador de la palabra, colaborador entusiasta de los nazis en su rol de ingeniero de minas -luego se haría pasar por víctima del Programa de Trabajo Voluntario-, violento a más no poder, es un hombre cuya religión cotidiana se centra en empequeñecer al hijo y, sobre todo, humillar a la madre. "Tendrías que haber sido tú. Siempre se van los mejores", le escupe el hijo, en el entierro de la madre, a ese viejo ya indefenso que sin embargo en su gesto parece aspirar a la inmortalidad.

Filósofo, ensayista y narrador, discípulo de los estructuralistas -la figura tutelar es, en esencia, la de Roland Barthes-, Pascal Brückner (París, 1948) despliega en estas páginas esa lucha desigual en busca de la redención casi imposible de un recuerdo, pero asimismo la utiliza como leitmotiv para diseñar la lógica de un recorrido, el de su propia vida.

"Los libros me salvaron", dice en algún pasaje, aun cuando ese entusiasmo -claro que con otros héroes- ha sido heredado y es fundamentalmente compartido con el padre. Los libros, dice, y las mujeres, a cuya belleza, a partir de determinado momento, "ha decidido consagrar su vida".

De lo segundo se ocupa poco en el texto, pero sus pasiones intelectuales surfean a cada momento las páginas, incluso como reacción al mandato paterno, y en ocasiones se tornan protagónicas. La amistad con Alain Finkielkraut, su hermano de armas en el campo de la filosofía, ocupa un espacio medular, un núcleo al que regresa en más de una oportunidad como si necesitara reordenar sus ideas haciendo pie en un lugar seguro. Al respecto, uno de los pasajes más valiosos, y también más emotivos, es el capítulo en el que cuenta su relación con Barthes -aparecen como actores de reparto otros dioses del Olimpo intelectual francés, como Foucault y Sartre-, a quien más allá de algunos gestos de inseguridad o mezquindad rescata como alguien generoso, que "discrepaba sin humillar"; alguien que "sabía eclipsarse y dejar que el alumno recorriera por sí mismo el camino hacia la verdad".

Barthes es para Brückner ese otro padre, del que no supo despedirse. "Lo dejé partir con la arrogancia de los jóvenes hacia los viejos", dice después de un último encuentro al que faltó el amor o, al menos, la compasión. Quizá por eso ese gesto desvalido, de a ratos conmovedor, por rescatar a ese padre real, agradeciéndole, por ejemplo, la agresividad, que para el intelectual es un don preciado. Un intento descomunal por rescatarlo, al fin, y rescatar su propia vida, de la oscuridad.

UN BUEN HIJO

Por Pascal Brückner

Impedimenta

Traducción: Lluís M. Todó

217 páginas

$ 380

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