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El desconocido que se enamoró de la voz al otro lado del teléfono

La primera vez que hablaron fue por equivocación. Oscar quería pedir turno con el cardiólogo y marcó mal. La voz de Estrella le pareció tan linda que pidió volver a llamarla

PARA LA NACION
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Señorita Heart
Viernes 02 de diciembre de 2016 • 00:57
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"Hoy llamó un desconocido, Oscar, una voz en la noche busca señora para compañía", escribió Estrella en su diario ese sábado de 2006. Era agosto y mientras se preparaba para ir a un baile en el Club de jubilados un llamado equivocado la sorprendió.

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Shutterstock. Foto: LA NACION

Quisiera pedir un turno con un cardiólogo -dijo él, la voz al otro lado del teléfono.

No señor, equivocado -respondió ella con tono seco.

Me dijeron que pida un turno al 433-36-64.

Claro pero esto es una casa particular, no una clínica. Usted marcó el 4-3-3-3-3-6-4. Mucha gente se confunde porque hay muchos números tres.

Y antes de cortarle -Estrella estaba apurada, se hacía la hora de salir y todavía tenía que sacarse los ruleros y pintarse los labios- Oscar deslizó al pasar: "No me ha dicho su nombre."

Cuando ella iba a contestar, se le vinieron a la cabeza las noticias de jubilados estafados con "el cuento del tío" así que decidió tomar recaudos y mentir: "Soy Élida". En realidad ese era su segundo nombre, pero todos le decían Estrella.

Qué linda voz tiene, Élida. Yo soy Oscar. ¿Puedo llamarla otro día y seguimos conversando?

Llame, total usted es el que gasta -dijo, y desnudó toda su personalidad en una respuesta.

Aunque se había mostrado seca y frontal, Estrella cortó con una sonrisa en la cara que la acompañó el resto de los años.

Los llamados siguieron durante varios meses. Hablaban de todo y de nada. Se contaban sus vidas, lo que habían hecho en el día, cómo eran sus hijos, sus nietos y sus viejos amores. Ella hablaba bajito y él estaba bastante sordo, así que los relatos se repetían una y otra vez.

El día que se conocieron.

Una tarde cualquiera de noviembre decidieron que había llegado el momento de mirarse a los ojos. Quedaron en encontrarse en Plaza Belgrano, en La Plata. Él llevaría un saco oscuro y ella un libro en la mano.

No tardaron ni un segundo en reconocerse. Después de tantas horas de hablar por teléfono sentían que se conocían de toda la vida.

Oscar tenía un cuerpo fornido, frente ancha y orejas largas. Estrella era petisa, tenía las uñas cuidadas y esmaltadas color carmesí y el pelo teñido de rubio. Él era ebanista y había enviudado hacía algunos años. Ella era modista y había enviudado tres veces. Fue un encuentro perfecto. Estrella llegó a su casa, abrió su diario y como le temblaba el pulso resumió: "Nos enamoramos".

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Shutterstock.

Al principio se encontraban en la plaza, se sentaban en un banco y miraban el horizonte. Después llegaron las presentaciones a sus familias, los juegos de cartas y las películas de a dos. Eran compañeros en el sentido más abarcativo de la palabra.

Cuando Oscar recordaba a su esposa fallecida ella se ponía celosa: "A mí se me murieron ya tres maridos y no por eso voy a andar hablando todo el tiempo de ellos". Y cuando pasaban varias horas juntos ella le recordaba que ya era hora de ir cada uno a su casa. Tenían 81 años de vida y de mañas y decidieron así compartir juntos los últimos años.

Juntos a pesar de las adversidades

Tres años duró el amor libre de preocupaciones. Con los achaques típicos de la edad, sí, pero sin grandes sobresaltos.

A los 84 años a Estrella le diagnosticaron cáncer. En ese momento quería curarse pero a los 87 ya no.

Ella, que toda su vida había sido coqueta, que se seguía diseñando y confeccionando la ropa y tiñéndose el pelo sin ayuda, no tenía más fuerzas para arreglarse. La peluca le incomodaba, se sentía fea y débil. No quería que Oscar la viera así y se lo decía. Pero él siempre la convencía de hacerle compañía.

Apenas entraba a la casa las señoras que cuidaban a Estrella se iban de la habitación y los dejaban un tiempo a solas. Él arrimaba una silla al lado de la cama, la tomaba de la mano y se quedaba a su lado. Cuando ella estaba de humor lo invitaba a acostarse. Roncaban y soñaban juntos.

Un día Estrella despertó de un sueño queriendo irse y el 10 de agosto del 2012 finalmente se fue. Lo último que le dijo -con voz cálida, dulce y clara- fue "gracias". Fue su última palabra, la última vez que él escuchó su voz. Y así recuerda Gilda la historia de amor de su abuela, la que quiso compartir, a manera de homenaje, para que no quede solo en su memoria.

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