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El epitafio de una época

PARA LA NACION
Domingo 04 de diciembre de 2016
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A los que vivimos encerrados no nos preocupa la temperatura exterior. Si prefiero el invierno es porque los árboles de la plaza delante de mi escritorio están raquíticos y me permiten ver el cartel del cine de enfrente, ese cine que fue la razón por la que nos mudamos a este departamento, y su cartel, la razón por la que dispuse mi escritorio en esa dirección. Daban Paterson, de Jim Jarmusch. Como a menudo con lo que se tiene al alcance de la mano, llegamos demasiado tarde a la función. Una chica gritó: "¡Al Odeón!" y los rezagados fuimos en procesión hacia ese lejano cine. Increíblemente logramos llegar y ver la película. Me gustó y me permitió reencontrar a la extraordinaria Golshifteh Farahani, actriz y hanguista con quien alguna vez compartí un programa de radio. La película podría ser el emblema de "los años Obama", que, como todas las eras, nunca existió: un mundo en donde el origen étnico y socioeconómico es invisible y los seres humanos dialogan sonrientes sin percibir acentos, piel, orientación sexual o diversidades supersticiosas. Un sueño pos-racial del que el neofascismo europeo, ruso, turco y norteamericano nos acaba de despertar.

El otro día escuché un sustantivo perfecto: Prenzlauerberglattemacchiatomutti, algo así como madrecita-cortado-descafeinado-palermo-viejo refiriéndose a esa gente con plata y mucho tiempo libre, sin gluten y sin contacto con el mundo real, que hace yoga, firma petitorios pro-inmigrantes, pero manda a los hijos a una escuela privada monoracial, odia a la corrupción, pero paga en negro a la chicaporhora y está convencida de que el resto de la población comparte su sentido común. Es la gente que no vio venir el Brexit ni a Trump y ahora quiere mudarse a Marte porque el Planeta de los Simios ya no le sirve.

Paterson son variaciones imperceptibles. Podría ser un opus póstumo de Morton Feldman. No hay celulares, computadoras ni tele, la gente charla y el colectivero escribe poemas (los originales son de Ron Padgett). Paterson tendría que estar dedicada, in memoriam, a esos USA (con A de amigables) que eran tal vez una ilusión cinematográfica. Es también un homenaje a la poesía, ese género que alguna vez fue la razón de ser del mundo y hoy es tan marginal como el curling o la música contemporánea. Caminando de vuelta a casa, Susi me dice que la burbuja en donde vivimos es una mezcla del Brooklyn de Jarmusch y el Berlín de Marlene Dietrich. Paterson es probablemente el epitafio de una época que nunca existió y se acaba de terminar, así como tal vez El Angel Azul fue el epitafio de la Alemania de entreguerras.

El autor es compositor

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