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El hombre de la bolsa con disfraz de Papá Noel

Diego Sehinkman

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PARA LA NACION@diegosehinkman
Domingo 11 de diciembre de 2016
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No hace falta ser Carlos Thays para entender la angustia botánica de Macri. De los dos germinadores -el de la economía y el peronismo- el que empezó a registrar fuerte actividad en el poroto es el segundo. Después de un año de gentil letargo, los cotiledones se abren, impiadosos, en forma de V.

La ecuación política ya la conocemos: cuanto menos marche la economía, más marcha la marchita. Como la tierra prometida tarda en llegar y la arena está caliente, algunos empiezan a extrañar Egipto y olvidan que el anterior gobierno jamás aceptó discutir ganancias. El presidente de la comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara de Diputados, Luciano Laspina, fue durísimo con la oposición: "Se quieren llevar por delante al gobierno, desfinanciando la Nación y las provincias con una reforma que no hicieron durante doce años".

En épocas de "posverdad", donde la palabra carece de valor, todos tienen licencia para usar la lengua sin pasar por la aduana moral. Un economista K dijo que había que "ofrecer oportunidades de negocio con reglas claras" y Kicillof acusó a Macri de realizar una "estafa electoral". ¿Puede el peronismo, que con Menem voló Río Tercero para tapar la venta de armas y que con el kirchnerismo estatizó Ciccone para ocultar la maniobra de Boudou, ahora criticar a Macri por extender el blanqueo a familiares?

Sí, puede. ¿Y puede objetarlo porque Macri no cumplió su promesa electoral de suprimir ganancias? Sí, puede. Porque como alguna vez dijo Rodolfo Terragno, "el peronismo es una vedette. Si se descubre algo raro de una vedette no pasa nada, porque el peronismo te vende eficacia. Pero el radicalismo vende honestidad. Si aparece mañana que una vedette estuvo con no sé quién, no te va a cambiar tu concepción de ella, pero si lo hiciera una monja, sí". Para Cambiemos la verdad es uno de sus mayores capitales simbólicos. Para el peronismo, no. La mentira no erosiona a todos de la misma manera.

Cuando en un negocio dos socios quieren separarse y discuten quién le vende a quién y a cuánto, hay un ejercicio posible: ambos anotan en un papel cuánto estarían dispuestos a pagar por la parte del otro. Luego se hace un sorteo y el que sale elegido tiene la opción de comprar o vender, pero siempre dentro del número fijado por ambos, lo que evita números disparatados. Moraleja: dos socios que se odian tienen mecanismos de resolución aceptables. Oficialismo y oposición, no.

Jamás permitió que se grave fuertemente el juego, ni la renta financiera y mucho menos las mineras por presión de los gobernadores peronistas. Hoy el kirchnerismo es Papá Noel. Como gobierno, fue el hombre de la bolsa.

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