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Mujeres que beben

LA NACION
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Verónica Dema
Miércoles 07 de diciembre de 2016 • 22:34
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Cuánto hacía que no viajábamos en colectivo juntas, le digo a mi mamá. Y le cuento la historia del borracho.

Desde que leí esta anécdota que relata María Moreno en Black out, no dejo de esperar a este hombre que sube a un ómnibus con una jaula enorme cubierta de un trapo negro. Me parece verlo en mis viajes de media distancia, en medio de la pampa gringa; en cada parada especulo con que pueda subir ese borracho de transpiración dulzona, de aliento agrio y fuerte. No desentonaría en el contexto de estos colectivos siempre retrasados y, por lo general, con asientos sucios, con restos de comida, con pasajeros parados en el pasillo.

María Moreno cuenta en su último libro -testimonial, de ensayo y crónica-, que este hombre se tambaleaba aun en las paradas, cuando el ómnibus estaba detenido mientras la gente subía; y que además hablaba: "No quiero perder esta jaula, si la pierdo me muero". Hasta que alguien le cedió el asiento y una mujer le preguntó qué llevaba en la jaula: "Una mangosta. La necesito porque soy curda, sino quién comería las víboras". Cuando la mujer le preguntó: "¿Cuáles víboras?" Entonces dijo: "Las del delirium tremens". "Pero esas no son verdaderas", le dijo la chica. Él levantó la manta y le mostró la jaula vacía: "¡Pero esta mangosta tampoco es verdadera!".

La mirada de la sociedad sobre las mujeres que beben es peyorativa
La mirada de la sociedad sobre las mujeres que beben es peyorativa. Foto: Archivo

Mi mamá escucha. Luego, recuerda a su abuelo tomando. "Era chica yo. Me acuerdo de que nos sentábamos debajo de la parra. Yo, con un plato de uvas chinche -a mí me gustaban- y él con el vino: metía el pan en el vaso y lo embebía con vino; ésa era su merienda", dice. Un tano de manos grandes, gastadas de trabajar la tierra, entonces ya cedida a sus hijos. "También me acuerdo de que le ponía vino a la sopa. De eso me acuerdo clarito". Sonríe. "¿Por qué uno se acordará de esas cosas?"

Y le pregunto por su nona. "Ella no decía que tomaba, pero le descubrimos la grapa un día: la escondía en rincones insólitos", dice. "Una vez, estábamos todos por sentarnos a comer y tu papá, que era mi novio entonces, me señala las cinco botellas llenas de vino enfiladas en la mesada -los nonos compraban vino en damajuana y después ella lo fraccionaba-. Todas las botellas de litro tenían le etiqueta de grapa". Sonríe como ante una travesura. "Antes era así: cada vez que el nono abría la heladera -incluso a la mañana- era para tomar vino con soda; cuando tenía sed, vino. En cambio, a la nona no se la veía tomar nada".

El alcoholismo, como cualquier otra adicción, aparece en mujeres y hombres. Pero no es lo mismo que se emborrache uno u otra. La psicóloga Andrea Aghazarian dice que la mirada del entorno respecto del alcoholismo en mujeres tiene una connotación peyorativa ligada a un juicio moral al que históricamente han estado expuestas las conductas de las mujeres. Dice, por ejemplo, que es común ver a un hombre en un espacio público tomando en forma desmedida; en cambio, la mujer lo reserva para el ámbito doméstico (esto sucede mayormente en mujeres adultas; a las adolescentes se las puede encontrar con más frecuencia en los espacios públicos).

María Moreno en una entrevista sobre su libro autobiográfico dice que hay un tabú con el borracho y más con la mujer que bebe (sin moderación). "Yo en un bar llamo la atención. El mozo que me mira y me dice: ¿otro?". Y todos los sobrentendidos quedan tendidos en la mesa.

En un pueblo esa mirada normativa está exacerbada, porque los marcos de regulación de lo que se debe hacer son poderosamente rígidos: una mujer sola en un bar tomando ginebra o whisky se vuelve un imposible. Quién se atrevería. Sólo una loca, una perdida, una puta, una anciana decrépita, una mala madre juzgarían las malas lenguas.

"La palabra pueblo siempre mantuvo para mí ese fondo mítico de performance, de almacén de ramos generales del sujeto. Y el pueblo bebía", se lee en Black out.

Y bebe. En mi pueblo los boliches, como se conoce a los modestos despachos de bebidas alcohólicas alejados del centro, tienen clientes que esperan a las 8 de la mañana para que les sirvan el primer vino del día, la primera cerveza fresca, el vasito de ginebra inaugural. No se ve jamás a una mujer acodada en la barra o en una mesa tomando. Y ahí se bebe hasta el aturdimiento. Contaba mi papá que un asiduo bebedor de uno de estos boliches, proclamaba: "No hay mejor muerte que morir en el boliche". Y se le cumplió el deseo: una tarde cayó redondo al pie de la barra. Da risa de tan triste.

Por su experiencia en la consulta, Aghazarian comenta que la tercera edad es un período de la vida en el que muchas mujeres, desbordadas por la angustia o la soledad, recurren al alcohol para callar sus demandas. "A los síntomas y al malestar hay que hacerlos hablar y, si algo impide darle el sentido que tiene la angustia en cada persona, es la adicción. Para el tratamiento se requiere de alguien que hable y de alguien que escuche; el alcohol enmudece las palabras y sus sentidos, generando el efecto contrario al necesario, una sensación de impotencia, aislamiento y desprecio".

Un día de semana cualquiera, me cruzo en una despensa del pueblo con una señora mayor que pide un pancito y vino en tetrabrick. Reclama una bolsa, para no llevar todo en la mano. Se ofende, como cada día al repetir esta compra, cuando la vendedora la dice que en el pueblo ya no se entregan bolsas. Entonces, parte a su rincón privado abrazada a su cajita.

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